El sueño americano del profesor Quinín

Natural de Caldas, su vida viaja en una maleta. Este curso da clases de infantil en una escuela de Illinois


pontevedra / la voz

El profesor Joaquín, Quinín, Freire García vive viajando. Él viaja siempre. A veces, incluso sin moverse del sitio. Así lo hizo cada día que dio clase en la unitaria de Carracedo, en Caldas, donde, aprovechando que la escuela está metida en el Camino Portugués, decidió viajar a diario a través de las historias de los peregrinos, a los que invitaba a entrar en la clase y a compartir sus experiencias con él y con los niños. Tuvo allí a mujeres orientales explicando cómo era su vida, a un científico de la NASA, a personas sordomudas que enseñaron a los niños lenguaje de signos... vaya si viajó el maestro pese a no moverse de la minúscula escuela rural. A finales del pasado curso, Quinín, como ya había hecho otras veces en su vida, decidió que quería volver a viajar de verdad; irse lejos. Y así fue. Este curso da clases en una escuela publica del estado norteamericano de Illinois. Enseña en español e inglés. Está feliz. Él mismo, al inicio de una conversación telefónica desde su casa de la ciudad de Schaumburg, próxima a Chicago, pone el titular de su reportaje: «Esto esá siendo mi sueño americano, no hay duda».

La condición de viajero le viene de lejos. Aunque natural de Caldas, su infancia y juventud estuvieron ya metidas en una maleta. Hijo de militar, recorrió con sus padres y con sus cinco hermanos todo el mapa nacional. Vivió en Pontevedra, Algeciras, Valencia, Madrid, Vigo, Lérida, A Coruña... Tiene recuerdos divertidos de ir de acá para allá, siempre haciendo nuevos amigos. Quizás fue ahí donde descubrió que lo suyo no era echar el ancla en ningún sitio. Aunque, al principio, parecía que sí iba a hacerlo. Y es que Quinín estudió Magisterio en A Coruña y con 22 años ya tenía las oposiciones de maestro bajo el brazo. «Pensé entonces a qué sitio me podía ir, y fíjate que se me ocurrió que lo mejor era volver a los orígenes, a Caldas, a mi pueblo. Podría no haberme movido de ahí nunca más, pero no...», explica.

A Dublín como psicólogo

Comenzó su vida como docente en la escuela unitaria de Saiar. Dice que fue un desembarco entrañable en la enseñanza. Pero pronto quiso volver a volar. Resulta que estudió también Psicología y, ya con la carrera rematada, le apareció la oportunidad de trabajar como orientador escolar en un colegio en Dublín. Por supuesto, allá se fue. Luego regresó a Caldas, donde tuvo como destino la escuela unitaria de Carracedo. Formó una familia, pasaron algunos años y, de nuevo, la necesidad de tomar aire fresco. «Me planteé marcharme con uno de esos programas en el extranjero para profesores, pero teníamos un bebé y esperamos un poco», cuenta. Inquieto por naturaleza, mientras vivió en Caldas, se embarcó en proyectos culturales y sociales variopintos, como un club de cata de vinos o el ateneo. «En Caldas hay que hacer cosas, si no te acabas aburriendo», cuenta con sonrisa desde Estados Unidos.

 

Finalmente, en el 2005 hizo las maletas con su familia hacia Houston, donde estuvo tres años como profesor. Luego estuvo dando clases también en Luisiana. En el medio, un divorcio y luego una «enorme experiencia» solo con sus dos hijos en Luisiana. Y al final, cuando el visado tocó a su fin, vuelta a Carracedo.

Cuando regresó a la escuela caldense, descubrió la magia de viajar gracias al proyecto de los peregrinos. Cuenta además, sin titubeos y sin escatimar romanticismo, que gracias al Camino Portugués tuvo «el mayor golpe de suerte» de su vida. Todo ocurrió una mañana en el que, como cada día, invitó a pasar a la escuela a unas peregrinas que pasaban hacia Santiago. Eran dos mujeres de Letonia. Una de ellas, Linda, se acabaría convirtiendo en su amiga primero, en su novia después y ahora mismo en su mujer.

La gran boda en Riga

Dice Quinín que tuvo una boda en Riga preciosa. Y que la felicidad se completó el año pasado cuando nació el pequeño Hugo. Entonces, él todavía daba clases en Carracedo. Pero el gusanillo americano estaba a punto de volver a despertar de su letargo. Habló con Linda y decidieron que adelante, que irían a Estados Unidos. Y ahí están. Dice Quinín que le costó mucho despedirse de sus alumnos de Carracedo, que lloró al decir adiós a su proyecto del Camino. Y que, por supuesto, echa mucho de menos a sus dos hijos mayores. Pero no concibe una vida que no implique viajar. «Es abrirte al mundo, ver cosas nuevas, aprender... Creo que todavía soy joven para hacer muchas cosas nuevas», confiesa a sus 55 años. De América le apasiona casi todo. Habla de una escuela pública donde «puedes pedir el material que quieras, que te lo traen, aún me asombro cuando pido tabletas y viene una azafata con un carrito lleno de Ipad y se los reparte a los niños, que tienen cinco años» y cuenta que sus alumnos son casi todos latinos y hablan español. Es consciente de que, por cuestiones del visado, como mucho podrá estar ahí tres años. No le preocupa. Porque él, al que el Camino le cambió la vida, sabe que la vida es siempre eso, camino.

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