Diego Ventura triunfa donde no lo hacen ni Paquirri ni Cayetano

El rejoneador cortó tres orejas, mientras que el pequeño de los Rivera se hizo con una y Francisco se fue de vacío en su despedida


Pontevedra / La voz

Lo que tendría que haber sido una fiesta, la despedida de Francisco Rivera Ordóñez, Paquirri, de la plaza de toros de Pontevedra terminó entre pitos. Fue el colofón a una tarde aciaga para el matador madrileño, al que no le acompañó la espada -la suerte suprema-, pero tampoco los toros. Los de María Loreto Charro Santos estuvieron faltos de juego, bravío y fuerzas. Prueba de su debilidad es que apenas precisaron de estocadas mal colocadas, caídas y sin apenas penetración para doblar las rodillas y esperar al descabello.

Y eso a pesar de que Paquirri empezó fuerte con el primero de la tarde, Parasolillo, con el que se recreó y al que colocó los pares de banderillas de manera sobresaliente. Pero en Pontevedra, y en cualquier otra plaza, estas no dan premio. Aunque fue todo pundonor e, incluso, recibió un golpe en el rostro con una banderilla ya colocada, la espada, como en otras ocasiones en el pasado, le fue esquiva.

Con su segundo, Enlutado, ya empezó mal, con pitos que se intensificaron al salir los picadores. No gustó que prescindiese de colocar las banderillas y, aunque poco a poco fue ganándose al respetable, la escasa fuerza de los que muchos definieron como vaquillas disfrazadas de toros terminar por enervar al público. Pero también al propio Paquirri, que terminó la lidia muy enfadado.

En el caso de su hermano Cayetano no se cumplió eso de que a la tercera va la vencida. Tras pisar la arena como novillero hace once años y debutar como matador en la feria de A Peregrina del 2016, ayer lo puso todo para intentar, por fin, salir a hombros de la arena. Con Preferido, una astado que a las primeras de cambio se dejó un trozo de cuerno contra la madera de uno de los burladeros, se arrimó y arrancó olés y aplausos. A la hora de entrar a matar sufrió un revolcón, un percance que, en principio, no tuvo mayores consecuencias. Una oreja y una fuerte petición de la segunda serían un mero espejismo de lo que vendría luego con el último de la tarde y de nombre Quitaluna.

El termino que mejor define su segunda corrida es anodina. Apenas logró enganchar con un público que, por momentos, estaba más pendiente de la música que de los lances con la muleta y el capote. También le dio un pequeño susto al golpearle la mano y la muleta salió por los aires.

Lo cierto es que donde no triunfaron los hermanos Rivera Ordóñez sí que lo hizo el rejoneador Diego Ventura. Los toros de Los Espartales mejoraron sustancialmente a los de Charro Santos. Tanto con Utrero, al que cortó una oreja, como con Petenero, al que privó de las dos, se vio que disfrutaba derrochando ganas y garra a partes iguales. Hizo con ambos toros lo quiso, los quebró y dribló sin dejar de exponerse y sin perder, ni por un segundo, la sonrisa. Fue espectacular y abrió la puerta grande.

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