Más «ciudades 30»

Vilagarcía acaba de incorporar las medidas que Pontevedra preconiza desde el 2010 con el respaldo de la Dirección General de Tráfico y numerosos reconocimientos


Vilagarcía de Arousa, la tercera urbe de la provincia en importancia política, rango demográfico y parque móvil, ya es «Ciudad 30». De este modo se incorpora al elenco de ayuntamientos que han asumido la recomendación de la Dirección General de Tráfico (DGT) para que las ciudades establezcan 30 kilómetros por hora como velocidad máxima para circular por los cascos urbanos.

Es evidente que por proximidad geográfica, relación institucional y por la condición precursora de la capital de la provincia, Pontevedra sigue en Vilagarcía su catequesis entre otros municipios de Galicia. Además al tratarse del primer ayuntamiento que declaró en el 2010, la ciudad entera «Zona 30», es evidente que nuestro ejemplo ha adquirido una notoriedad singular.

La labor de apostolado en la que el propio Concello se empeñó desde que empezó a consolidarse el llamado «modelo de cidade», la relevancia mediática alcanzada y algunos padrinazgos tan esenciales como influyentes (desde Francesco Tonucci hasta Pere Navarro), han revestido a Pontevedra de esa condición de precursora. Si bien: el auténtico triunfo del modelo es que los propios ciudadanos hayamos asumido que cuando somos conductores o peatones, existen unas prioridades que debemos respetar y que, por otra parte, nos enorgullezca la ciudad tan habitable en la que vivimos.

Ejemplaridad

Acaba de ocurrir en Vilagarcía. La ciudad de Pontevedra es «el ejemplo a seguir», como admite el gobierno municipal que preside Alberto Varela, regidor vilagarcíano que milita en el PSOE y suspiraba por exportar la «zona 30» que la capital provincial abandera desde hace años.

Finalmente desde el pasado jueves 8, operarios de Ravella han iniciado los trabajos de señalización tanto horizontal como vertical. La primera señal estrenada con foto oficial para la posteridad ha sido en la intersección de las calles Gumersindo Nartallo y Juan Carlos I. Se ha elegido, como otros que seguirán, por tratarse de puntos sensibles al confluir calles peatonalizadas con otras que no lo son, lo que comporta siempre mayor riesgo para los demás usuarios de la vía frente a los vehículos.

La aplicación de la medida no está exenta de ciertas discrepancias políticas y vecinales, como ya nos pasó también en Pontevedra. Pero mantener -por ejemplo desde la oposición- un discurso crítico contra este tipo de medidas resulta prácticamente insostenible.

¿Quién puede criticar a unos gobernantes que preconizan que la prioridad es salvar vidas y humanizar las ciudades? Es una argumentación inatacable. Esa lección ya la aprendió el PP pontevedrés hace años y ahora deberán asumirlo Tomás Fole y los suyos en Vilagarcía. La clave residirá en que la población asuma que esas medidas garantizan seguridad vial y por tanto una ciudad más vivible y amable.

Conciencia y disciplina

En Pontevedra ya nos ocurrió, como acreditan los números y las sensaciones. Las estadísticas son rotundas en cuanto a la aminoración conseguida en accidentes y víctimas de tráfico en el casco urbano y zonas perimetrales donde se implantó la «velocidad 30». También cada vez es menor el número de conductores sancionados por exceso de velocidad circulando por la ciudad, dato que refleja una extraordinaria sensibilización, ya que contamos con más de 40.000 vehículos censados, es decir, que hay un coche por cada dos pontevedreses.

Ninguna política de reforma urbana y de calmado de la circulación funcionaría si no contase con la adhesión mayoritaria por parte de la ciudadanía a la que van destinadas. El conductor pontevedrés «xa está afeito» a lo que tenemos por aquí. Muchos foráneos cuando llegan a Pontevedra, ya como peatones, ya como conductores, perciben que existe un respeto por los pasos de cebra o por la prioridad del peatón sobre el vehículo que les resulta inusual frente a lo que están acostumbrados a ver en sus lugares de procedencia. Tampoco podemos abandonarnos al «buenismo» de pensar que vivimos en la Arcadia feliz. Para que la política de pacificación del tráfico funcione, también ha sido necesario cierto grado de disciplina. No podemos olvidar a la hora de evaluar el bajísimo número de infractores, la cuantía económica de las multas y del enganche de la grúa. La incorporación del multamóvil también fue indicativa de esa apuesta.

Lombos en O Campiño

Un ejemplo claro de que no todo se logra con la toma de conciencia que hace falta en materia de tráfico para cambiar hábitos, es el fenómeno de las carreras ilegales en los viales del Parque Empresarial de O Campiño. Tras años y años de denuncias vecinales y de los empresarios allí asentados que apenas surtían efecto salvo algún control policial, se ha determinado que la solución serán los lombos. El Concello de Pontevedra acaba de anunciar que se gastará casi 200.000 euros en instalarlos en las diferentes calles del polígono industrial.

De modo que los mismos badenes que han ayudado a aminorar la velocidad del tráfico en calles y avenidas; los mismos repechos cuya instalación se discute en las llamadas vías sanitarias por la circulación de ambulancias y otros vehículos de servicio público, serán los instrumentos para acabar con una moda que desde hace diez años reúne en fines de semana a cientos de personas y constituye una práctica ilegal. ¡Sin tiempo no era!

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