La emperatriz de Pontevedra deja un halo de leyenda

Viajera infatigable, fue una ávida lectora de prensa y amante de los crucigramas


Pontevedra / La voz

Era uno de las últimas imágenes icónicas de la ciudad de Pontevedra. María del Carmen Romero Veiga no dejaba indiferente a nadie. Sus vestidos que, en ocasiones, parecían más propios de una dama de Luisiana de mediados del siglo XIX o de una noble europea de principios del XX conjugaban con unas maneras ciertamente aristocráticas. A fin de cuentas, se consideraba emperatriz con innumerables títulos nobiliarios, tantos que, de ser ciertos, harían palidecer a la mismísima reina de Inglaterra.

Pero así era ella. Siendo niña perdió a su madre y, años después, a su padre, quien era jefe de Correos y le legó un ingente patrimonio. Se crío con una tía y con el paso del tiempo se licenció y doctoró. Algunos dicen que fue con una tesis sobre la moda del siglo XVIII, si bien su buen amigo Rafael Pintos, quien le visitó en numerosas ocasiones en estos últimos años, sostiene que fue con un trabajo sobre las fiestas religiosas y profanas de Pontevedra.

Fuera una o fuera la otra, lo cierto es que durante su vida recorrió medio mundo atesorando recuerdos y suvenires que guardó en su casa en un espacio que bautizó como «Mi museo». Fue de las primeras pontevedresas que se puso al volante de un coche, un Seat 600 de tonos claros. «Fue una adelantada a su época y siempre estuvo muy relacionada con los artistas de Galicia», rememoró Pintos.

Este fin de semana, la emperatriz de Pontevedra falleció en la residencia de Ribadumia. Desde ayer, los restos de María del Carmen, Carmiña, descansan en el panteón familiar del cementerio de San Mauro.

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