María Jesús, de chica popular a mujer peleona

Muy joven, cantó en la orquesta Gran Casino. Luego, le tocó una vida de sacrificio, que encaró con arrojo

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pontevedra / la voz

«Oye, cuidado, que yo soy muy popular en Pontevedra», dice María Jesús Romero mientras esboza una sonrisa en un rostro que los años apenas arrugaron y en el que lucen unos labios suavemente pintados. Y su frase tiene un efecto imán. Uno se queda pegado a ella, a pie de calle, escuchando la historia de sus 77 años de vivencias. Ni las gotas de lluvia que empiezan a caer -momento en el que ella dice «mira la lluvia, nos quiere tanto que hasta aparece»- interrumpen la cháchara. María Jesús, pico de oro, entrañable conversadora, habla con soltura, presumiendo de memoria. Va primero a la anécdota de su popularidad. Y explica que salió en las fotos de una exposición hecha por el Concello dado que en su juventud cantó en una orquesta. «Fíjate tú, en aquellos años, y yo cantando en una orquesta y todo», recuerda. Luego, mientras sus compañeros de tertulia callejera, jubilados como ella, la escuchan con atención, abre su prodigiosa e inmensa caja de la memoria.

María Jesús nació en una familia de ocho hermanos. Como solía pasar, le tocó trabajar muy pronto. Recuerda que tenía doce años cuando entró «a asistir» en la primera casa. Es poner la mente en aquellos años y que aflore la emoción: «Me tocaron unos jefes buenísimos, y debían de quererme, porque fueron mis padrinos de boda», explica ella. Cuando tenía 18 años, un día, escuchó en Radio Pontevedra que iba a haber un homenaje a los bomberos y que se buscaban voluntarios que quisiesen cantar. Ella cantaba bien. Y se moría de ganas por actuar. Pero temía la reacción de sus padres. Al final, se atrevió a planteárselo. «Qué suerte tuve. Mi papá, al ver que se trataba de una obra de misericordia, porque era el homenaje a los bomberos, aceptó que fuese. Y ahí empecé». Luego cantó en distintas ocasiones con la orquesta Gran Casino. No fue mucho tiempo el que estuvo sobre los escenarios. Pero el paso por esa formación le cambió la vida: «Ahí conocí a mi marido, Manuel, que era el chófer de la orquesta y era de Vila de Cruces, donde también actuamos».

En plena juventud, recién casada, luego con una niña bien pequeña... todo parecía ir bien. Pero la vida, tal y como recordaba ella ayer, «a veces es muy dura». Enviudó a los 24 años, cuando su pequeña todavía no había cumplido los 24 meses. Se echa una mano a la cabeza y otra al corazón, y señala: «Lo llevo aquí y aquí. Nunca me volví a casar. Fue muy poquito tiempo el que estuvimos juntos, pero fue bonito. Era un buen hombre». María Jesús se expresa muy bien. Y gesticula mucho. Cuando le toca hablar de lo que vino después, de cómo salió adelante, se quita méritos: «No hice nada especial, trabajar y punto». Vivía con sus padres, y trabajó todo lo que pudo. Lo hizo en hoteles, en casas y lo hizo también en el pabellón de deportes. Cuenta que en este recinto pasó buena parte de su vida laboral. «Empecé como mujer de la limpieza y poco a poco me iba también ocupando de otras cosas. Si hacía falta, era conserje. Si hacía falta otra cosa, pues María Jesús iba a otra cosa». Tiene buenos recuerdos del mundo del deporte. Se le viene a la cabeza de repente Kike Domínguez, entrenador del Teucro, y señala: «Aún no le di la enhorabuena por el ascenso. Quique jugaba cuando yo estaba en el pabellón, lo conozco bien», explica con sonrisa. Uno repara en su dulzura, en la alegría con la que cuenta las cosas. Y se lo dice. Entonces, ella replica: «Bueno, tengo también mi carácter. Fíjate que cuando estaba en el pabellón me molestaba mucho que la gente entrase sin decir buenos días o buenas tardes. Yo los cogía por banda y les decía: oigan, vuelvan a entrar y saluden. Pienso que no hacía nada malo», dice. Uno comprueba luego que ella lleva a rajatabla las normas de educación y cortesía. En la calle, saluda a todo el que pasa. Y es correspondida.

Al lado de las estaciones

Mientras vivió con sus padres, lo hizo en Rosalía de Castro. Luego, cambió de residencia. Dice que siempre le gustaron las calles de Pontevedra más pegadas a las estaciones de tren y autobús. ¿Por qué? «Pues porque a mí eso de las estaciones, de la gente que va y viene y de los viajes me gusta. Fui de excursión a París y Roma, estoy muy contenta de haber ido. Me quedó pena de no visitar Madrid, fíjate, tan cerca que está y no lo conozco», explica.

Uno le dice que aún está a tiempo de plantarse en la capital. Entonces, sin perder la sonrisa, mira a la silla de ruedas eléctrica que utiliza, y dice: «Si las piernas no me fallasen, haría muchas cosas. Pero me fallaron, así que hay que conformase». No solo se conforma. Disfruta de la vida. Habla con entusiasmo de sus paseos mañaneros y sus tertulias a pie de calle. Se le ilumina el rostro al citar a «la buena hija» que tiene y las dos nietas «buenísimas estudiantes». Se ríe alegremente al contar que por las tardes va a Cruz Roja, donde asiste a distintos talleres. Se le pregunta si fue a ese obradoiro donde enseñan a los mayores a utilizar teléfonos móviles. Y contesta: «Nada, eso lo rechacé». Parece que no le gusta la tecnología,. Pero nada más lejos de la realidad. Con el desparpajo de la chica popular que fue y la sabiduría de la mujer peleona que aún es, remacha: «Un móvil sería mi ruina. Hablaría todo el día por él».

«Hacían un homenaje a los bomberos y pedían cantantes. Y así fue cómo empecé», dice

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