El «rock star» de pulgar verde que teloneó a Iggy

A Pedro Berbel, bajista de grupos como Killer Barbies, dar clase a niños en el Príncipe Felipe le cambió la vida

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pontevedra / la voz

Loba es muy tímida. Pedro María Berbel Lago, no. Frente a un café con leche y un cruasán, en una terraza de la Alameda, recuerda pensativo su llegada a Galicia. Aunque parezca que es de aquí de toda la vida, nada más lejos de la realidad. Llegó a una aldea de Budiño desde Barcelona cuando tenía 14 años, y no fue un cambio fácil. Ahora todos los pontevedreses de entre 25 y 50 años y los asiduos a la noche de Churruca lo conocen, al menos de vista. No tanto por su pelo rubio, sus características patillas y sus ojos azules, que también, sino porque es una de las caras más conocidas de la movida y el underground pontevedrés, en el sentido provincial del término.

En su currículo destaca haber sido, y seguir siendo, bajista de algunos de los grupos más famosos de la escena musical de Galicia, como los Killer Barbies, Foggy Mental Breakdown o Brandell Mosca. Es lo único que conserva de su pasado: compatibiliza sus ensayos con sus tres grupos con el curso de jardinería al que acude todas las tardes en el Príncipe Felipe.

Ya no quiere dedicarse más a la noche. «Solo quiero vivirla para tocar, tomarme un par de cervecitas e irme para casa», matiza. Normal, teniendo en cuenta que durante una década ha estado detrás de la barra de algunos de los locales de más éxito de la ciudad, como La Pegamoura (que abrió con un socio), UFO, El Pequeño o el Karma. Tiene 46 años y dice que la música «es la novia que nunca me ha abandonado».

Por eso la época laboralmente hablando más feliz de su vida fue la que pasó como bajista de Killer Barbies. Hizo varias giras con ellos por toda Europa, Japón y medio mundo. Teloneó a Iggy Pop, y fue posiblemente el momento más especial de su trayectoria como músico. Dice que no fue un tiempo demasiado loco, y uno no tiene claro si es porque la tranquilidad que desprende ahora al hablar y al recordar le hace verlo así, o porque lo que ocurre en las giras queda en las giras.

Sea por lo que sea, cuando echa la vista atrás y la mirada al frente, hacia ninguna parte en concreto, Pedro parece que está en paz con todo lo que ha hecho. Incluso cuando llegó a Galicia. Hijo de padre andaluz y madre gallega, nació en Barcelona y cree que, de no haberse mudado en la adolescencia, habría vivido toda su vida como un urbanita consumado y convencido de que era eso lo que le haría feliz. Por esto está tan agradecido de haber llegado a Budiño, un pequeño municipio situado cerca de O Porriño, tan joven. Y, cuando uno lo mira, entiende lo que quiere decir, y se lo imagina nítidamente llevando una vida moderna en el corazón de la ciudad Condal.

Aquel primer invierno en la casa de sus abuelos fue igual de lluvioso que todos los de hace veinte años. Solo que él no lo sabía, porque solo iba en verano a jugar con sus primos y disfrutar de la soleada naturaleza. Tampoco ayudó estar a quince kilómetros del núcleo de población más cercano. Ni oír cómo le llamaban «montuno» por hablar gallego. En el lugar del que venía él, hablar los dos idiomas oficiales era una cuestión natural y, en todo caso, una ventaja, no un motivo de crítica. No lo entendió.

Aún así, mantuvo sus ideas e ideales intactos hasta que, con 18 años, se matriculó en Derecho en Santiago. «Creía en la justicia social y quería ser abogado laboralista, porque entendía que los trabajadores eran personas que debían ser protegidas. Pero llegué a la USC y vi que la realidad era bien distinta», lamenta. Volvió a Vigo, donde comenzó a trabajar en Citroën, y decidió estudiar Graduado Social. Pero en el autobús de camino a la facultad se encontró a un amigo que llevaba los papeles para inscribirse en Educación Especial, en Chapela. Se bajó del bus con él, y juntos tomaron otro con destino a Redondela. Se acababa de dar cuenta de qué quería hacer.

Aquello le cambió. Poco después se mudó a Pontevedra, donde se centró en sus dos pasiones: la enseñanza y la música. Le tocó hacer la objeción de conciencia -«no creo en las armas de fuego; si hoy por la mañana nadie cogiese una, no moriría nadie por arma de fuego»- en el Príncipe Felipe, donde asegura que aprendió mucho más de lo que podrá enseñar: «Fue un año mágico, me cambió la vida. Allí vi verdaderos problemas que solo imaginamos que pasan en las películas. Era un Pedro nuevo», dice. Fue profesor de Educación Física en un centro privado. Para entonces ya había formado sus primeros grupos (Juerga General, el primero; Brandell Mosca, con el que ganaron el tercer concurso Vigo en Vivo; Tractor Troy, y otros muchos). Empezó con el punk y fue evolucionando hacia todos los estilos. «Ya que no me he hecho millonario, voy a hacer lo que quiera», ríe.

Ha colaborado en casi todos los festivales de la provincia (Cultura Quente, Portamérica, Surfing the Lérez, SonRías Baixas, y muchos más), y ha hecho de músico, runner, backliner, responsable de escenario, barra y montador. Y, tras terminar el café, coge a su perrita, Loba, y vuelve a desprender ese aura de rock star que alguien un día confundió con tosquedad sin darse cuenta de que era todo lo contario.

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