El pontevedrés que hizo de guía a toda una reina

Juan Serrapio Tilve, director del parador de Cuenca, recibe, como directivo de paradores, a numerosos personajes. Hasta le prestó unos calcetines al cantante Nek


pontevedra / la voz

Se autodefine como gruñón. «Sí, a mis cuarenta y pico años tengo claro que soy gruñón en todos los ámbitos, en casa, en el trabajo... soy gruñón. Lo tengo muy asumido». Sin embargo, a medida que uno entabla conversación con Juan Serrapio Tilve, va dándose cuenta de que eso a lo que él llama un carácter gruñón quizás sea más bien perfeccionismo, ganas de que las cosas se hagan con excelencia, hasta entusiasmo en grado superlativo... La charla con él es por teléfono. Está en Cuenca, donde dirige el parador de la ciudad. Y, antes de someterse a preguntas, coge la delantera a la periodista y describe desde qué sitio habla: «Estoy sentado en mi despacho y veo las casas colgadas de Cuenca. Es un paisaje precioso, rodeado de naturaleza, la verdad es que es una auténtica postal», comienza diciendo. Desde ahí, con ese bucólico telón de fondo, Juan se deja llevar por la mente hasta Pontevedra, el sitio donde nació y vivió hasta que aprendió a volar por sí solo.

Juan se crio, como cuenta él mientras asegura que se le pone la piel de gallina, comiendo pipas sentado en el bordillo de un portal en Benito Corbal, donde su madre tenía una tienda de confección. «Entonces la vida era así. Benito Corbal estaba lleno de tiendas del comercio tradicional, tengo unos recuerdos preciosos», cuenta. Estudió primero en el Álvarez Limeses y luego en A Xunqueira. Todavía conserva a los amigos que hizo en el instituto, aunque desde hace tiempo los ve bastante menos de lo que le gustaría. Y es que su vida comenzó a volverse nómada hace unos cuantos años. Resulta que a él, en principio, le tiraba lo de la cocina. Pero sus padres le animaron a hacer antes la diplomatura de Turismo y luego, si seguía interesado, estudiar ya en la escuela de Hostelería compostelana. Juan aceptó, aunque a regañadientes. No le convencía a él lo de estudiar en Vigo y ser un universitario de los que van y vienen en tren, sin abandonar el hogar familiar. Así que terminó pronto la carrera y, entonces sí, voló a Compostela. Se ríe al recordar esos tiempos: «Fue impresionante... mira que lo pasé bien. La escuela de hostelería era dura, y teníamos control de asistencia. Pero entonces había energía para salir toda la noche y estar frescos a las ocho de la mañana para empezar las clases».

La emoción del universitario se torna en una voz solemne cuando habla de las oportunidades que le brindó la citada escuela. «Me encantó, porque, al revés de lo que me había pasado en la carrera, aquí sí había una parte práctica importantísima. Estuve en Ibiza, en Madrid... en un número importante de sitios. Enseguida me di cuenta, cuando empecé en la escuela, de que mi fuerte no era la cocina. Ya hice prácticas de dirección, y la verdad es que me apasionó totalmente», indica.

 

Señala que nunca trabajó tanto en su vida como cuando recaló por primera vez en el Hostal dos Reis Católicos, en calidad de profesional en prácticas. Dice que casi perdió el contacto con la realidad que lo rodeaba, que lo mismo servía en cafetería que hacía camas o labores administrativas. Tiempo después, volvió a desembarcar en el Hostal compostelano, ya como adjunto a dirección, un puesto en el que estuvo desde el 2003 al 2005.

Desde los Reyes a Ana Belén

Tiene decenas de anécdotas de esos años, en los que le coincidió un Xacobeo. Trató a los actuales Reyes de España y a los eméritos. Le impresionaron los ojos profundos de doña Sofía. También recibió en el parador a cantantes como Paulina o Ana Belén -cuenta que le fascinó esta artista, su elegancia y su porte- y recuerda con sonrisa la anécdota que tuvo con el italiano Nek, aquel que se cansó de buscar a Laura al ritmo de «Laura no está, Laura se fue». «Resulta que a Nek le faltaban unos calcetines negros justo para el concierto y ya era por la noche. Me fui a mi casa, que vivía cerquita, y le traje unos. Hay que dar siempre la mejor atención que se pueda», indica Juan Serrapio. También guarda un grato recuerdo de la fallecida Fabiola de Bélgica. Dice que llegó de noche al Hostal y que él mismo se encargó de hacerle de guía por todas las instalaciones. «Fue amabilísima. Una persona realmente encantadora», dice. También recibió a los presidentes del Gobierno en distintos paradores, tanto a Rajoy como a Zapatero. Y fue testigo de la actividad frenética de Fraga: «Es totalmente cierto lo que dicen de él, jamás se agotaba. Venía al Hostal por la mañana, por la tarde y por la noche, siempre con reuniones y con la agenda a tope, era totalmente incansable». También le sorprendió, por ejemplo, la sencillez y campechanía de Janet Jackson o Chayanne.

De Santiago, Juan siguió su ruta como directivo por distintos paradores. Estuvo en la apertura del de Santo Domingo de la Calzada, fue subdirector en el parador de Tui o en el de La Graja, en Segovia. Y también estuvo en el de Lerma, en Burgos. Hace cuatro años, le tocó irse a Cuenca. Está encantado. Porque le gusta la ciudad. Porque le gustan los lugareños. Porque le gusta su trabajo. Y porque con él están en Cuenca Alicia, su mujer, y sus dos hijos. De ella, a la que define «como una santa», dice que es la que mantiene a flote el núcleo de cuatro que forman. De cuando en vez, cogen el coche y aparecen en Galicia. Vienen a O Grove, donde están ahora sus padres. Es entonces cuando se da cuenta de algo: «Por muy feliz que sea allí, que lo soy, Galicia no se borra del corazón», remacha.

Estuvo de director adjunto en el Hostal dos Reis Católicos y vivió ahí un Xacobeo

Estudió Turismo y luego Hostelería en Santiago, dice que esta escuela fue clave en su carrera

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