El año que cambió la vida de 132 familias

Residentes en los pisos sociales de Valdecorvos cuentan lo que les supuso recibir ese hogar


pontevedra / la voz

Los pisos sociales de la urbanización de Valdecorvos que la Xunta entregó el año pasado tienen el aluminio de puertas y ventanas en color azul. Le pegaría más un tono verde, que encarnase la esperanza. Porque con esa sensación, la de la esperanza de una vida mejor, fue con la que seguramente llegaron todas o muchas de las 132 familias a las que la Xunta les dio las llaves de estos inmuebles, a unas para vivir en régimen de alquiler -la gran mayoría- y a otros como propietarias. Ha pasado un año desde entonces. Y, si uno va puerta a puerta captando sensaciones, hay que decir que esa esperanza inicial se ha transformado en felicidad en algunos casos. Pero también en frustración en otros.

En uno de los portales, en los que ayer sonaba alto el reguetón -la música no venía de ninguna casa, la ponía un operario que trabajaba entre cables en el portal- vive Agripina. Tiene ella 72 años y es natural de Bora. Vivía de alquiler con un hijo al que la crisis de la construcción dejó en el paro. Fueron sus hijas las que la animaron a solicitar un piso social. Dice que no se lo podía creer cuando se lo dieron. Ella lo compró, calcula que por unos 40.000 euros. Señala que aún no se cree que sea la propietaria «dunha casa tan bonita». Está encantada, y no lo esconde: «Se non fora nestas condicións eu nunca podería comprar un piso, seguiría pagando un aluguer. E agora estou aquí na miña casiña, non o creo. Teño dúas habitacións, un salón, unha cociña... está todo moi ben».

Agripina está tan emocionada que no se queja de nada. Cuenta que la convivencia para ella es «boísima». Y habla de las encantadoras hijas de su vecina, que le piden sal y le recuerdan a cuando estaba en la aldea y todos los vecinos eran una piña. Solo se le frunce el ceño si uno le pregunta por algo de lo que, puerta a puerta, se quejan todos los residentes: los gastos de la comunidad. «Si, si, iso é moi caro. Non entendemos moi ben por que», señala.

 

Esa misma frase, un poco más cargada de enfado, sale de la boca de la vecina de otro portal. Se llama Ana Belén Filgueira, vive en régimen de alquiler y fue una de las que más peleó para mejorar las condiciones que les otorgó la Xunta. «Mi cara estuvo en todos los periódicos, pero es que tuvimos que protestar muchísimo, porque las cosas no se hicieron nada bien, y no siguen bien en algunos casos», explica.

Las cuentas que no salen

Sus quejas, como las de otros residente, se centran, sobre todo, en lo que pagan por la comunidad. A Ana Belén no le parece de recibo que a familias que les entregan un piso social con un alquiler de 96 euros, como es su caso, luego les impongan una comunidad de 65 euros. «Porque es que entonces el ahorro es muy pequeño. Date cuenta de que aquí también pagamos IBI, luz, agua caliente y calefacción y el recibo habitual del agua, es decir, cinco recibos seguros. A mí no me dan las cuentas», insiste. Tiene dos hijos y está en el paro, antes también vivía de alquiler. Señala que, realmente, la renta que tiene ahora es más baja, pero que sus problemas económicos continúan y que cree que, como mínimo, deberían pagar menos de comunidad. Su casa, que recibe al visitante con un alegre vinilo azul en forma de árbol, se ha convertido en un coqueto hogar. Ella reconoce que le gusta el piso. Pero no tiene claro su futuro en Valdecorvos: «Habrá que ver qué pasa, pero las cuentas no me acaban de salir aquí».

En otro portal, un vecino que no quiere dar su nombre, insiste en el tema de la comunidad. Y habla también de algunos roces en la convivencia en algún inmueble concreto. Él, particulamente, está «muy feliz aquí».

 

 

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