Tenemos un severo problema de educación

Sobrecoge conocer que siete de cada diez alumnos gallegos de ESO hayan sufrido algún tipo de acoso escolar, tal y como reveló un informe de la Universidad


Nuestra sociedad tiene un severísimo problema con el acoso escolar. La incesante aparición de casos de bullying en la comunidad educativa no solo conmociona el ambiente para el desarrollo de la enseñanza, sino que supone una gravísima amenaza a la necesaria paz social, especialmente exigible en colegios e institutos.

Me aterra la multiplicación de casos. Resulta sobrecogedor que un estudio de la Universidad de Vigo cuyas conclusiones se acaban de presentar esta semana en Pontevedra, determine que 7 de cada 10 alumnos gallegos de Enseñanza Secundaria Obligatoria hayan sufrido algún tipo de acoso escolar.

Esa casuística se dio por igual en centros privados como en institutos públicos, lo que desmiente a quienes pudieran relacionar la existencia de esa violencia emergente entre escolares con la extracción social o la renta per cápita de los estudiantes y sus familias. Es un mal transversal. Como ocurre con la violencia de género sin desestimar que una y otra estén más íntimamente ligadas de lo que suponíamos. Y como ocurre con la violencia contra las mujeres, lo difícil es admitir el problema para poder denunciarlo.

Tipificarlo como delito

El «informe Cíes», que se divulgó en unas jornadas sobre bullying celebradas en la Facultad de Ciencias de la Educación y el Deporte de Pontevedra, concluye que los alumnos que son víctimas de acoso escolar tienen que vencer el miedo a reconocer que sufren esas vejaciones. El 40 % de las víctimas primero lo confiesan a otros compañeros de aula mientras que un 25 % se sinceran con sus familias para que acudan a denunciarlo ante el centro y los profesores.

Precisamente, uno de los aspectos que más se enfatizó en las jornadas celebradas entre quienes estudian para ser futuros profesores es la necesidad de que los docentes conozcan las herramientas necesarias para detectar y afrontar una situación de acoso escolar entre sus alumnos para conseguir actuar a tiempo.

La magnitud del problema creciente que supone el acoso escolar se puede apreciar tomando como referencia al fiscal jefe de Galicia. Fernando Suanzes acaba de reconocer, en su última comparecencia en el Parlamento autonómico para informar sobre la evolución de la delincuencia en el territorio gallego, que la mejor manera para combatir el bullying es tipificarlo como delito. Es decir: el jefe de los fiscales de la comunidad autónoma aboga por una reforma legislativa para encarar debidamente el asunto. Porque, hasta ahora, los casos de acoso escolar que llegan a los juzgados lo hacen enmascarados como supuestos delitos de amenazas o de agresión física lo que les resta su auténtica gravedad y los desarraiga de su ámbito.

Crisis de valores

Soy de los que piensa que la proliferación de casos de acoso escolar está muy conectada con la crisis de valores éticos. Con la desaparición de las normas de urbanidad y el respeto al prójimo; con la crisis de autoridad en el seno de las familias que después se contagia a otros entornos, sobre todo a la escuela; y, en suma, con la irrupción de factores externos que han viciado el sistema educativo.

Seguramente entre esos factores ajenos a las aulas, uno de los más influyentes son las nuevas tecnologías. Por sí mismas y aplicadas en los entornos adecuados, son maravillosas. Pero si se utilizan de un modo pernicioso, resultan fatales.

Los adultos hemos decidido equipar a nuestros hijos ya en edades tempranas, de teléfonos móviles que les posibilitan comunicación y seguridad, al tiempo que están conectados con las redes sociales y con Internet. Potencialmente está muy bien. Pero sin una tutela efectiva y un uso responsable, esos mismos smartphones se convierten en peligrosas armas. Lamentablemente cada vez son más habituales los episodios de agresiones y palizas entre jóvenes que se graban con los móviles. Y esos mismos aparatos sirven para difundir en las redes sociales las bromas, los insultos, las amenazas o el acoso que muchos de ellos sufren a manos de otros. Y es que para una mayoría abrumadora de nuestros adolescentes, solo existe aquello que se cuelga y se visualiza a través de Whatsapp, Instagram y otras redes sociales.

Desengancharse del móvil

Y es que el grado de dependencia del móvil llega a tal a punto que una experiencia como la que acogió alumnado de otra facultad del campus pontevedrés llegó a convertirse esta semana en noticia de ámbito nacional, repercutida en cadenas de televisión. Me refiero al experimento protagonizado por 150 alumnos de Ciencias Sociales que aceptaron vivir 24 horas sin el móvil ni otros dispositivos. Según relataron ese «desenganche» les costó, pero transcurridas unas horas, muchos admitieron que redescubrieron la charla con los amigos, con la familia y, en suma, a prestar atención a la vida real que nos rodea. Los estudiantes pontevedreses que participaron concluyeron que la dependencia del teléfono móvil les roba tiempo y termina resultando nociva.

Pues semejante experimento deberíamos pasarlo todos. Como una cura de deshabituación. ¿Cuántas veces han visto una mesa con padres e hijos sentados alrededor y todos y cada uno de ellos tecleando en sus dispositivos, en lugar de compartir una conversación?

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