De darle pánico los animales a ser su salvador

De pequeño le asustaban los perros y gatos. En la adolescencia, empezó a luchar para protegerlos


pontevedra / la voz

La vida está hecha de paradojas y contradicciones. La de todos. También la de Carlos Ferrer. Resulta que a él, que es pontevedrés de la zona del río de los Gafos y ahora peina los 21 años, no le gustaban nada los animales. «De pequeño me daban pánico, la verdad. Cuando íbamos a casa de amigos de mis padres o de familiares que tenían perros o gatos me asustaba un montón», recuerda . El caso es que a su hermana mayor, María, le ocurría todo lo contrario. A ella le encantaban los canes y felinos. Incluso soñaba con ser veterinaria. Así que Carlos, por ella y con ella, fue intentando acercarse a las mascotas. «Siempre lo digo, que me gustan los animales por mi hermana, porque ella me inculcó el amor por ellos», explica. Habría que preguntarle a María qué opina, si se pasó de frenada o no... Porque la realidad es que a Carlos pasaron de no gustarle los animales a desvivirse por ellos, a convertirse en su salvador. La suya es la historia de una pasión desmedida, con lo bueno y lo malo, como él cuenta.

Todo empezó cuando Carlos tenía unos doce años. Superado ya el miedo a los animales, él y su hermana empezaron a hacer sus pinitos como voluntarios de la protectora Os Palleiros. Limpiaban caniles, atendían a los perros, los desparasitaban... eran unos chicos para todo, como todos los que colaboran con esta asociación. Empezaron ellos también a predicar con el ejemplo. Y a casa de sus padres fue a parar un perro, Críspulo, al que habían rescatado de un contenedor. «Mi hermana logró sacarlo adelante con biberones. La verdad es que fue tremendo, porque venía mal. Tiene una parálisis cerebral, se le nota al caminar o también cuando le dan temblores», explica. Carlos y María incluso se fueron más allá de Pontevedra para ayudar con los animales. Colaboraron también con el refugio de Cambados. Pero llegó un momento que decidieron volar por ellos mismos. Primero montaron una especie de plataforma y luego una asociación. Ese fue el nacimiento de un movimiento llamado Difusión Felina, que el año pasado rescató de la calle a nada menos que 220 gatos.

Esterilización de colonias

«Empezamos mi hermana, una amiga y yo esterilizando colonias de gatos en nuestra zona, en la del río de los Gafos. Lo hacíamos con nuestro dinero, con el que nos daba nuestra familia y con el que nos donaba alguna gente», cuenta. Ese granito de arena que aportaban para evitar que proliferasen los gatos callejeros fue convirtiéndose en montaña. Poco a poco fueron buscando financiación en mercadillos o a través de las redes sociales, poco a poco pasaron de únicamente esterilizar felinos a encargarse de animales abandonados, buscándoles casas de acogida y adopción. Su hogar familiar, por supuesto, se convirtió en uno de esos sitios a los que habitualmente van a parar gatos que aparecen en muy malas condiciones. «Llegamos a tener hasta siete gatos alimentados a biberón en nuestra casa. No es lo normal, porque nosotros solo nos llevamos los que están muy mal, pero sí nos pasó alguna vez», cuenta. ¿Cómo lo llevan sus padres? Carlos reconoce que «bastante regular». «No les importa tanto lo de tener los animales como todo el tiempo que me roba este tema», señala.

Y es que Carlos reconoce que los gatos son «su vida». Con lo bueno y con lo malo. Porque cuando le llaman para ir a buscar un animal atropellado -reciben llamadas de particulares o también de la policía- y él tiene que irse a clases -estudia un ciclo superior de Administración en el Luis Seoane- a veces deja sus obligaciones académicas y se va tras el animal. «Intento no faltar y arreglar lo del gato igual... pero si no se puede...».

El caso es que Carlos se ve, en el futuro, trabajando con animales. Dice que le gustaría mucho estudiar un ciclo para ser auxiliar veterinario. Le apetece, concretamente, una formación que no se imparte en Pontevedra, sino lejos de la ciudad. Y ahí está el problema: «Sé que, si me voy, el tema de la asociación, de Difusión Felina, va a ir a menos. Porque mi hermana ahora está fuera de Pontevedra estudiando y, aunque tenemos unas diez casas de acogida es mucho el trabajo que hay que hacer», cuenta.

Hasta ese momento, aunque llevaba puesta una bufanda que apenas deja verle la cara, Carlos sonríe. Pero, al hablar de lo complicado que es intentar salvar a tantos gatos, se le frunce el ceño. «Lo peor es aguantar a gente que te exige cosas increíbles. Yo siempre lo digo que a nosotros no nos pueden exigir nada porque no cobramos, somos unos voluntarios sin más que decidimos ayudar a los gatos. Pero si no queremos ir a recoger uno, no tenemos la obligación de hacerlo. Las exigencias tienen que planteárselas a los ayuntamientos, que son los que deben tener un protocolo de actuación», señala. Luego, aunque uno intenta bucear en sus aficiones, en lo que le gusta y no le gusta hacer, Carlos insiste en que él, más allá de ir a tomar algo con los amigos, se dedica por entero a los gatos. «Les di mis mejores años, mi juventud», suelta. ¿Cómo le ibas a dar tus mejores años si solo tienes 21, le corrige uno? Entonces, mira como el niño grande que es, sonríe y reconoce: «Es verdad».

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