La aventura cubana de Antonio A. Cadarso

El que fue cantante de Los Cafres en la movida viguesa vivió una historia de amor imposible en La Habana


Pontevedra / la voz

A Antonio A. ?Cadarso no hace falta formularle preguntas. Basta con dejarle hablar para descubrirle a un ritmo vertiginoso. Gesticula mucho y habla con vehemencia mientras abre en canal su vida. Le pone tanto énfasis, tanta emoción, que aunque uno esté con él sentado frente a frente una mañana de 2016 y lo que narra lo haya vivido hace más de una década, parece que le pasó ayer mismo, que todavía está embargado por la emoción. Vamos a su adolescencia y hablamos del Sánchez Cantón. Nos colamos en la movida viguesa para narrar los siguientes años de su vida. Cuenta una anécdota del día que prácticamente se vio secuestrado en un suburbio de Brasil... Y va quedando claro que hay cosas que definen su vida: la música y la aventura.

Antonio es hijo de un madrileño y una noiesa descendiente de Luis Cadarso y Rey, capitán de la Armada Española y héroe de guerra en Filipinas. Antonio se apellida Ambles Cadarso. Pero hace bastantes años que decidió prescindir de su primer apellido. Fue cuando tuvo lugar el crimen de las niñas de Alcacer, el asesinado de Miriam, Toñi y Desiré que en 1992 conmocionó España, y se supo que el presunto asesino era Antonio Anglés. Desde entonces, a cada uno que le decía que él se llamaba Antonio Ambles se quedaba con la boca abierta. «En Barajas llegó a retenerme un policía cuando vio mi carné. Todo el mundo me preguntaba, ¿eres Antonio Anglés? Así que harto de tener que decir que no, que yo era Ambles y no Anglés, y de que hubiese tanto lío empecé a decir que era Antonio A. Cadarso», explica él con detalle.

Se crio en varios lugares, entre ellos Pontevedra, donde pasó parte de la niñez y la adolescencia. Se fue a la mili y, cuando vino, en Vigo, mandaba la movida. Su alma de roquero no podía perdérsela. Así que cruzó Rande para siempre, aunque siga viniendo a trabajar a la urbe del Lérez.

Allí, en los ochenta, fundó un grupo llamado Los Cafres. Era letrista, cantante y a veces guitarrista. De su inspiración acabó saliendo una canción que luego Siniestro Total hizo suya. Recuerda aquellos años «como una maravilla, una enorme libertad por todas partes». Pero no todos los recuerdos son agradables. A la memoria le vienen también sus regresos de fin de semana a Pontevedra. «Cada vez que venía me decían que había muerto algún chaval, amigo o conocido, de sobredosis o de sida. Todo el mundo habla de ese documental del equipo de chavales que jugaban al fútbol y se murieron casi todos, en Arousa, pero con los de mi quinta pasó lo mismo», dice.

Aunque durante un tiempo vivió del arte musical que le corre por las venas, acabó estudiando la diplomatura de topografía y trabajando como técnico para la Xunta en Pontevedra, puesto que todavía conserva. En el 2004, tras un momento personal difícil por la muerte de su padre, decidió que necesitaba hacer un paréntesis en su vida. «Me tomé un año sabático para viajar», cuenta.

Quería conocer mundo. Y buscar, por ejemplo, la huella de su tío Benigno, que había emigrado a Cuba. Antonio llegó a La Habana cargado de medicamentos. «Reuní un cargamento importante de fármacos, con la solidaridad de muchas personas, con la idea de donarlos al llegar. Tuve que pasar bastantes controles y hacer papeleo para poder entrar con ellos en Cuba pero finalmente lo conseguí», explica. El caso es que iba a dárselos al principal hospital de la isla. Pero las personas con las que se hospedaba le convencieron para donarlos a un consultorio mucho más modesto y con mayores necesidades.

Y allí estaba Milagros

Cargado con los medicamentos, Antonio allá se fue al policlínico de Santiago de las Vegas, y le hizo entrega del material a la médica que lo dirigía. Ella era Milagros. Dice Antonio que empatizaron desde el principio. Tanto, que con el paso del tiempo acabaron casándose. Pero su amor lo tenía difícil. «Ella, al ser funcionaria, no podía abandonar el país. Bueno, podría hacerlo pidiendo la liberación, pero eso en Cuba te tritura. Se prolonga bastantes años y es un proceso durísimo, inasumible», explica. Y él, tratándose de un europeo, no podía permanecer en el país más de tres meses. Estuvo yendo y viniendo un tiempo considerable. Intentando burlar la burocracia. Llegó a pasar siete meses seguidos allí. Pero al final desistió. De sus idas y venidas, de sus disgustos, de esa «paciencia bíblica» que asegura que hay que tener para adaptarse al ritmo caribeño, de cómo vivió el paso de los huracanes Katrina Vilma nació Cuba a lo cubano, un libro que le sirvió para desahogarse y para poner sobre papel toda esa aventura suya de la que no se arrepiente.

El matrimonio con Milagros acabó en divorcio unos años después. Él se quedó finalmente en España. Le gustaría recorrer Asia. Quizás también con la mochila de explorador puesta. Mientras tanto, se mete también en aventuras aquí. Tuvo una tienda de música y todavía es coleccionista de vinilos. Entre sus discos no faltan los de Bob Dylan, los Rolling y los Beatles -dice que a un melómano es un insulto pedirle que elija entre uno de estos dos últimos grupos-. Suele retratar el mundo con su cámara de fotos. Y acaba de ayudar a poner en marcha una galería de arte para dar a conocer a gente emergente. ¿Alguien da más?

Colecciona vinilos, entre los que no faltan joyas de Bob Dylan, los Rolling y The Beatles.

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