Las camas «calientes» de Pontevedra

Son gélidas infraviviendas. Pero nunca están vacías. Un indigente tras otro las ocupan


pontevedra / la voz

Detrás de una persona que vive en una infravivienda, en un sitio horrendo en el que nadie en su sano juicio querría acabar, hay miles de historias. Muchas veces cientos de mentiras incluso. Nadie está aquí para juzgarlas, para desentrañar si son ciertas o no, sino para describir cómo son esos sitios donde viven -o malviven, según se mire- algunas personas en Pontevedra. Porque, sin buscar demasiado, puede hacerse una ruta por las que podrían llamarse camas «calientes» en alusión a que, aunque se trate de sitios desangelados, gélidos y sin los servicios de agua y luz mínimos, nunca están vacíos. Un indigente tras otro ocupa esos camastros. Hay quien tiene coches convertidos en casas al lado de Pasarón. Hay quien ocupa una vieja caseta de chapa sin agua ni luz cerca del puente de la autopista en Rosalía de Castro. Hay quien está en una casa de ocupa... Parece que existe un mercado inmobiliario de la miseria.

Empezamos siguiendo la pista a José Manuel, el hombre que hasta hace poco vivía bajo el puente de Rosalía de Castro, junto al río Gafos, un sitio que por cierto ya tuvo anteriormente otro inquilino. Su historia, tal y como ya contó este periódico, es llamativa: llegó a ganar tres mil euros al mes en la construcción y ahora está en la calle, con lo puesto. Él dejó ese puente porque provocó un incendio con graves y costosas consecuencias. De hecho, acabó detenido y siendo juzgado por este suceso. Dice él que dejó encendidas unas velas, aunque lo cierto es que, de forma continua, el olor a quemado y el humo bajo el puente eran tremendos. El caso es que, con las cuatro cosas que tiene como compañeras de vida, José Manuel buscó otro lugar donde meterse. Y lo encontró en la misma Pontevedra. Ahora vive en la caja de un camión. Ayer, calentaba caldo a la entrada de este lugar que, como su anterior morada, no tiene ni agua ni luz. «Estoy bien aquí, yo no tengo frío en ningún lado», decía. Luego, explicaba que, antes que él, antes vivía en ese mismo sitio una pareja. «Me dijo un amigo que había quedado vacío, contacté con el dueño y me vine», contaba José Manuel ayer.

No es el único que actuó así. A dos palmos del puente de la autopista, en Rosalía de Castro, hay otra instalación de chapas con alguna que otra ventana rota convertida en vivienda. Son las antiguas oficinas del depósito municipal de vehículos, ahora convertidos en una especie de vivienda sin agua ni luz pero con cocina hecha de muebles reciclados y una cama más o menos apañada.

Otra vez la construcción

Su

inquilino

no quiere fotos. Pero no tiene problemas en contar su historia. Explica que a él la construcción también lo dejó en la estacada. Llegó a trabajar por toda España, a ganarse la vida en obras como las del AVE. Pero todo se terminó. Eso, unido a una vida personal complicada, lo acabó llevando a la calle. Se dedica a aparcar coches. Dice que, si el día es muy bueno, saca «como máximo 15 euros». Con lo que junta, echa gasolina a una moto y, si reúne lo suficiente, come y duerme de pensión. Se niega a ir al comedor social de San Francisco. Dice que cuando duerme en la caseta, en la que también estuvo ya otra persona, el frío se cuela en su vida de forma descomunal: «

Non sei como non aparezo teso, quedo conxelado

», señala.

Él pone sobre la pista de más infraviviendas pontevedresas. En Mollavao vive una mujer en una casa totalmente abandonada. No suele abrir la puerta. No tiene ni luz ni agua. En Pasarón, quienes acuden a los partidos son testigos del mundo que hay dentro de dos vehículos. Desde ropa a cuadros pasando por un espejo. No es fácil dar con su o sus ocupantes. Por el día, los turismos están completamente solos.

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