Las notas que el frío trajo de San Petersburgo

Elena, Dmitry y Anatoliy se fueron de Rusia cuando la crisis redujo el sueldo de los músicos a 100 euros


pontevedra / la voz

El jueves dejaron su hueco libre en la plaza da Peregrina. En Pontevedra no es como en Santiago de Compostela, su lugar favorito. Aquí no tienen que pedir permiso ni ceñirse a un solo sitio en las fechas autorizadas para desenfundar sus instrumentos. Pueden decidir en cada momento dónde quieren ponerse y desde cuándo hasta cuándo. Normalmente eligen el espacio reservado para el santuario de la patrona, por donde suele circular casi toda la población pontevedresa, y las tardes. Como a veces vienen desde Vigo, suelen colocarse hacia las seis y media de la tarde y se retiran hacia las nueve y media de la noche. Lo que los mantuvo alejados del corazón de la Boa Vila el otro día no fue el frío. A eso están más que acostumbrados.

Elena Galetskaya, Dmitry Tamboutseu y Anatoliy Kalashnikov salieron de San Petersburgo en el 2009. Fue tras vivir los restos de la Unión Soviética. «Llegó la crisis», explica Elena medio en portugués, medio en español, y a veces echando mano de algo de inglés. Ninguno de los tres habla un castellano fluido. Tampoco luso. Pero Anatoliy sí que se expresa bien en alemán, y Elena se defiende en el idioma anglosajón. Finalmente, la manera más fiable de comunicarse parece un traductor en línea español-ruso. Ellos asienten cuando leen las expresiones, confirmando que la pregunta tiene sentido. Y responden con gestos, mezclando idiomas e intentando llamar a una amiga común que vive en Padrón, donde se casó y tiene dos hijos. Ella sí que habla español.

Y, mientras, van recogiendo sus instrumentos. Llama la atención el conjunto completo: ella, pos sus rasgos, y sus herramientas. Una balalaika contrabajo, una balalaika prima (pequeña) y un bahiano (un acordeón). Salieron con todo ello de la ciudad museo que el zar Pedro el Grande mandó construir en 1703, decían, cuando el modelo soviético se desmoronó y, con él, sus sueldos.

Los tres son licenciados por la Escuela Superior de Música de San Petersburgo. Tan pronto se graduó, Dmitry obtuvo un concurso internacional, el Baltika-Garmonica. Corría el año 1996 y los músicos estaban bien pagados. Los estudios artísticos tienen en Rusia una importancia y una solemnidad que en el sur de Europa parece que cuesta más asimilar. O tenían, porque la crisis se llevó ambas cosas por delante, y los músicos profesionales pasaron a cobrar (hacen cuentas)... cien euros. Al mes.

Fue ese el detonante que llevó a los tres profesionales a tomar la decisión de dejar su madre patria. Los tres se conocían desde hacía décadas. Tocaban juntos en una de las orquestas más grandes y conocidas de San Petersburgo, la Andreyev State Russian Orchestra. «Sempre xuntos», confirma Elena. Nunca habían salido de su ciudad hasta que la dejaron tan atrás como al resto de Rusia.

Lo hicieron para emprender una peregrinación que los llevó por diferentes países de toda Europa. Recalaron en Alemania -donde Dmitry aprendió el idioma-, Holanda, Francia, , Bélgica, Suiza y Noruega, entre otros. Hay más, dicen, pero en ese momento no recuerdan. En cada uno de ellos fueron buscando un lugar en el que quedarse, un nuevo hogar que intentara suplir el que acababan de abandonar. Y lo encontraron donde menos lo esperaban.

«Portugal é como Rusia cando nós eramos pequeniños», confiesa Elena, «igual, igual». Aunque reconocen los tres que no fue eso lo que más les gustó de su nuevo país de adopción cuando, hace seis años, decidieron instalarse definitivamente -o no- en él. «É muito quente, muito sol» , dice, y sonríe. Y asegura, sin ningún atisbo de duda, que aquí «a vida é máis fácil». Sus compañeros asienten. También sin dudas. A pesar de vivir de lo que ganan en actuaciones privadas para bautizos y «casamentos», y de tocar en la calle. Se conocen las principales ciudades gallegas, y les gusta especialmente la capital porque, cuando se ponen cerca de la catedral sacan más dinero que en otros municipios.

Dicen que tocan todo tipo de repertorio. Música rusa, por supuesto, tanto popular como clásica, pero también tangos, advierten, y bandas sonoras de cine. «Y Albéniz y Canarias», añaden. «Sen jazz», remarca Dmitry, queriendo dejar claro que es el único estilo que no les hace especial ilusión. No lo dice con tono de pena, sino casi de reafirmación.

Los tres vuelven a casa todos los años, aunque para quedarse apenas dos o tres semanas. No más. Son las que aprovechan para ver a sus dos hijos, a los que dejaron allí. La mayor tocaba la percusión cuando era más pequeña. Cuando llegó el momento de entrar en la universidad y decidir su vida profesional, se decantó por la Medicina. Por la especialidad de Patología para ser exactos.

Ahora el pequeño ha tomado el testigo, y quiere entrar en la Escuela de Música. Allí quiere seguir los pasos de sus padres. Los dos.

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