Los dorsales que nacieron en una piscina

Cristina Barral Diéguez
cristina barral PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA CIUDAD

RAMÓN LEIRO

Fran Pérez-Mirás graba a mano las más de mil identificaciones de los participantes en la Pontevedrada

15 dic 2016 . Actualizado a las 07:58 h.

La Pontevedrada tiene sus ideólogos y sus guardianes. Los primeros son Míchel Martínez y Raúl Álvarez, quienes en el año 2011 crearon esta marcha solidaria a pie entre Pontevedra y Santiago que cada año busca fomentar la donación de sangre, órganos y tejidos. Entre los guardianes están sanitarios, osteópatas y el coche escoba. Y entre los colaboradores que aportan su grano de arena casi desde el principio está Francisco Pérez-Mirás, Fran. Sus granos de arena son, en realidad, los dorsales redondos que llevan los participantes colgados del cuello.

Unos dorsales de madera hechos a mano que tienen su propia historia detrás. Para muchos todavía desconocida tras seis ediciones de la Pontevedrada. Fran, vestido con la bata blanca que usa cuando trabaja en el local-taller que la asociación Asampo tiene en la Casa Azul, cuenta cómo empezó todo. Este trabajador de la construcción no conocía de nada a Míchel y a Raúl y se incorporó en el 2012 a la organización.

«Cuando surgió esto el capital era cero, no había un duro. Y se me ocurrió echar una mano con los dorsales, hacer algo diferente a los habituales de tela o papel», relata. Una operación de hernia discal llevó a Fran a la piscina. Nadar era lo mejor para su recuperación. «Cuando estaba en la piscina me relajaba tanto que me olvidaba de contar cuántos largos hacía». Así que ideó unos cuentavueltas artesanales. Lo hizo con ramas de avellano cortadas «en toros». «Les hice un agujero en el centro y les metí un cordel. En la piscina donde nadaba tuvieron mucho éxito y como había cortado muchos propuse usarlos como dorsal en la Pontevedrada», apunta.

¿Y por qué madera de avellano? Expone que es la ideal porque es «dura, ligera y flexible». Este arbusto está en la orilla de los ríos, aunque hay que cortar en una época determinada para evitar que se agriete después. Al principio solo llevaban el número y el año, después la inicial del nombre y el nombre completo. Más tarde se incorporó el logo de la marcha, los dos caminantes. Todo eso, sumado al crecimiento de la Pontevedrada, incrementó el trabajo. Pero Fran tiene claro que aunque el esfuerzo sea mayor los dorsales no van a cambiar.

El proceso es largo y se inicia en octubre. «Hay que cortar la madera con una luna concreta. Este año pelamos las ramas para que el secado sea más rápido. Ahora están en el trastero de mi casa», señala. Un miembro de la asociación, José Paz, que es ebanista, se encarga de cortar las ramas, que pueden alcanzar 1,20 metros, en pequeñas piezas. En enero pasarán por la sierra. Después, lija y grabado. El 2017 llegará con una innovación que desvela Fran. Un participante, Amado Tilve García, aportó un cuño en hierro con el logo de la Pontevedrada. «Este año vino al taller un día antes de la marcha y ya no dio tiempo. Estuve haciendo pruebas en casa y cada calentón del cuño da para unos seis dorsales», asegura.

Ese cuño permitirá a Fran y las tres o cuatro personas que colaboran con él en el proceso ganar tiempo. «Con el pirograbador, que es lo que usamos, cada dorsal lleva unos diez minutos. El sello se usará solo para el logo, pero habrá que grabar igualmente el número, el año y el nombre». Para el 2017 todavía no está abierta la inscripción, pero este año fueron 2.065 las personas anotadas, aunque después muchas de ellas no recogieron el dorsal.

La pregunta es obligada. ¿No le coge manía a los dorsales de madera después de grabar tantos? «Que va, no me planteo dejarlo. No le coges manía, le coges cariño y eso que el último mes me lo paso comiendo bocadillos en la cantina del trabajo para adelantar. Piensa que todo este fuerzo es por una buena causa. Aunque siempre le digo a los compañeros que uno no va a vivir siempre...», ironiza Fran. Este hombre es muy importante en todo lo que significa la Pontevedrada. Él es quien cierra la marcha con el bordón Jacobus, una vara de avellano que fue perdiendo altura después de tantos kilómetros.