Del violonchelo clásico al rock en tres pedales

Los tres hermanos de Margarida Mariño son músicos por empeño de su madre. En Navidad tocan juntos


pontevedra / la voz

Su primer recuerdo musical es de los 5 años. Es de su segundo hermano, Borja, tocando el piano en casa. Antes que él, cuatro antes para ser exactos, ya lo hacía el mayor, Ángel, pero con la guitarra. Ángel no fue al conservatorio. Fue el único de los cuatro que aprendió por su cuenta. Tiró por el rock y ha tocado en varias bandas a lo largo de su vida, además de dar clases particulares. Vive en Vigo. Su carrera musical tiene un aire más parecido a la de su padre, que, antes de trabajar en Bayern, mucho antes, le daba a la batería en un grupo vigués de los sesenta que se llamaba Os Sirios.

Pero fue su madre, Margarita, la que más empeño puso en que todos sus descendientes, excepción del primogénito, fuesen al conservatorio. Borja hizo piano, y ahora vive en Madrid, desde donde viaja por todo el mundo participando en festivales de ópera. En Navidad viaja siempre a Estados Unidos y el resto del año, donde le lleva el género lírico por excelencia.

Mauro llegó al hogar de los Mariño ocho años después que Borja. A él le tocó el violín, que se ha convertido en su medio de vida y en transporte para llegar hasta Trento, al norte de Italia, donde da clases en dos escuelas de música y conciertos gracias a varias orquestas sinfónicas a las que pertenece.

Margarida fue la última en llegar. Se lleva dieciséis años con su hermano mayor y cuatro con el más próximo, pero con solo 26 años ya tiene la carrera de violonchelo y es la única música de España que combina este instrumentos con los pedales de efectos. Se trata de mezclar lo mejor de la música clásica con lo mejor de la moderna, añadiendo delay o distorsión, por ejemplo, a los sonidos más melódicos. Con un loop va grabando en directo los ritmos y sonidos más básicos de sus melodías y, programando que se repitan sistemáticamente, los va acumulando mientras va añadiendo complejidad a la pieza que está interpretando. Así, para cuando llegan los últimos compases de la pieza, son varios los chelos que están sonando al mismo tiempo, aún siendo solo uno. «Sigo por Internet a músicos estranxeiros que o fan, mais eu non sei de ningún en España», asegura.

La joven viguesa confiesa que está «moi contenta» de que su madre insistiera en que todos pasaran por el conservatorio y realizaran estudios de música clásica. Incluso aunque lo del instrumento no fuera cosa suya. «Como os meus irmáns xa tocaban os máis típicos, cando me tocou a min elixir un, aos 8 anos, quixo que probara cun novo, e elixiu o violonchelo», reconoce. «E acertou», asegura, apartando del lector la idea de que le gusta simplemente porque le tocó.

De la clásica al jazz

«Debeu adiviñalo polas características do timbre», matiza. El tamaño no le asusta, aunque admite que es incómodo para viajar. Prueba de ello es que hace un par de años se sumergió por cuenta propia en uno nuevo, y aun mayor. Su descubrimiento gradual del jazz la llevó primero a inscribirse en el Seminario Permanente de Jazz de Pontevedra y, a raíz de él, a encandilarse del contrabajo.

Toca con soltura estos dos instrumentos, además del piano, y le cuesta reconocer que puede defenderse con la guitarra y el violín. «Para saír do paso», dice, aunque le lleva unos segundos pensar en alguno de que no haya sostenido entre sus brazos alguna vez en su vida. En todo caso, los de viento, que son los que menos entraron en su casa y con los que menos relación ha tenido a lo largo de sus 26 años. Es posible que sea precisamente por ello por que su próximo reto es el saxofón. La razón vuelve a remontarse a sus días de jazz en la ciudad del Lérez. Tras dos años de idas y vueltas a Vigo para aprender las nociones básicas de uno de los géneros más alabados por los músicos profesionales y los amantes de la improvisación, Margarida tuvo que dejarlo en junio. Los proyectos personales se le acumulan y las clases que imparte por las tardes en la escuela de música de la parroquia olívica de san Miguel de Oia, en Vincios y en una academia de la plaza Elíptica le limitan la libertad de movimientos.

Aun así, saca tiempo para ensayar, tocar y girar con Orquestra 430; con el dúo que forma con la cantante compositora y guitarrista Su Garrido Pombo; y para su propia marca. Con Garrido logró hacerse el año pasado con el premio a la mejor banda gallega que otorgó la Consellería de Xuventude, además de haber grabado un directo para Radio 3 a través del ciclo Imaxinasons.

Por eso es difícil reunir a los hermanos. Hay que aprovechar la cita navideña para cogerlos juntos bajo el mismo techo. Margarida confiesa que es precisamente en ese momento del año en el que los cuatro se juntan por una causa común, la que los ha llevado a dedicar sus vidas a la música. Y ríe cuando recuerda que cada año, todos desde que tiene conciencia, los Mariño cogen cada su instrumento y ofrecen a su familia un concierto exclusivo en el que mezclan sus estilos y sus sonidos para fundirlos en una bossanova que agradece a su madre que los llevara a todos al conservatorio aquel primer día de la mano. Y, de paso, para alegrar a su tío, que les pide algo de «música tradicional galega». Como si en la familia Mariño la música ya de por sí no fuese una tradición.

Aprendió a tocar el contrabajo en el Seminario Permanente de Jazz de Pontevedra

Votación
3 votos
Comentarios

Del violonchelo clásico al rock en tres pedales