El fraile que multiplica los panes y los peces

Coordina el comedor social pontevedrés, y lo hace con un lema: «Dar todo lo que tenemos y punto»

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PONTEVEDRA / LA VOZ

Una fila de mujeres, turistas y andaluzas para más señas, pasaban ayer sobre las once de la mañana por los alrededores del convento pontevedrés de San Francisco y observaban cómo, pegadas a una de las puertas del edificio, esperaban una decena de personas. «¿Qué hará esa gente ahí, será que se entra por ahí para visitar la iglesia?», comentó una en voz alta. Finalmente, se atrevieron a preguntar. Y la respuesta que recibieron, seguramente, las dejó perplejas: «Esperamos para comer, señora», le espetó una mujer. Ese es el día a día en San Francisco, en el comedor social que hay entre los muros conventuales. Quien mejor conoce esa realidad es el padre Gonzalo Diéguez. Él es el coordinador del comedor. Recibe sin cita. No esquiva preguntas. Y no anda con prisas. Empezamos hablando, precisamente, de que a media mañana ya haya gente esperando para comer: «Pasa siempre, yo les digo si no se cansan... Pero siguen ahí. Hay mucha necesidad, mucha más de la que a veces vemos. Hay pobreza material y pobreza mental», señala.

A Gonzalo Diéguez, que viste sin hábito, no le cuesta empezar una animada conversación. Lo hace en una sala del convento llena de sillas, en la que constantemente está entrando gente. «Son los voluntarios del comedor, que vienen para empezar a prepararlo todo», informa. Todos le saludan con cariño. Mientras, él empieza a desgranar su vida. Es natural del municipio pontevedrés de Agolada. Nació en Ventosa, en la casa de O Manco, donde sigue su familia. Es sincero en cuanto a la vocación religiosa: «En mi familia, menos un pariente cura, no había otros religiosos. Yo fui a estudiar al seminario, en Herbón, porque me mandaron mis padres y punto». Luego vino todo lo demás. Nunca se arrepintió del camino elegido, el de la orden franciscana: «Si no me gustase me hubiese ido en cualquier momento, incluso ahora, pero siempre estuve feliz», señala con tranquilidad.

«Me gusta el Papa Francisco»

Después Herbón, estudió Filosofía y Teología en Santiago. Y acabó marchándose a Roma, donde estuvo varios años. Allí, además de seguir estudiando, ejercía la enseñanza. Daba clases de Liturgia. Tiene un recuerdo agridulce de la vida en Italia: «La ciudad es preciosa para ver... Pero muy bulliciosa para vivir, demasiado ruido y demasiados coches.». ¿Y en cuanto a la Iglesia, en cuanto a la Roma religiosa? «Me gusta el Papa Francisco y me gusta lo que está haciendo. Yo creo que en el Vaticano hacía falta un buen revuelo como el que hay ahora mismo», confiesa. Dejó Roma hace ya tiempo. La vocación, tras el paso por Italia, le trajo a Salamanca, donde estuvo nueve años. Tantos, como los que ahora lleva en el convento de Pontevedra.

Llegó a la capital del Lérez y le gustó lo que veía en el convento. Le gustó por muchas razones pero, sobre todo, por el comedor social. «Es una gran obra, se ayuda a muchísima gente», dice. Luego, cuenta cómo hace para que cada día se multipliquen los panes y los peces. «La verdad es que todo sale de los cepillos de la Iglesia. Esto sin la solidaridad que hay en la ciudad no sería posible, pero aquí sí lo es. También tenemos muchas donaciones, algunas importantes, de supermercados y otras muy bonitas». Cuenta que hay quien les lleva fiambre que no alcanza nada más que para un bocadillo. «Pero da igual, lo importante es que vengan y donen», dice.

Lo más difícil, según explica, no es conseguir recursos. Ni siquiera en los peores tiempos de la crisis. Lo más duro es enfrentarse cada día con la pobreza. «Conoces las historias, ves muchos dramas... Te interesas por las personas, y claro, tú no tienes solución para sus problemas», señala. Y la voz del fraile se hace casi un susurro cuando cuenta: «La verdad es que no sé de nadie que viniese a comer aquí al que finalmente le fuese bien... Los que dejan de venir es porque se mueren o porque los meten en la cárcel, que también pasa... Esto es muy duro».

Sin preguntas

Sabe las historias, los dramas, las tragedias de quienes acuden a comer. Pero no suele hacer preguntas. Su lema es bien fácil de entender: «Aquí damos lo que tenemos y punto. No preguntamos nada, el que viene come... A veces hay quien te dice que tal o cual tiene dinero y viene aquí... Ni lo sé ni lo pregunto. Al que viene, se le da de comer, que es la función que tiene el comedor».

Se acerca la hora de la comida y, como cada día, el padre Gonzalo se mete de lleno en el zafarrancho. Pone mesas, sirve pan... Lo que haga falta. A veces, lo que hace falta es poner paz. Y lo hace a su estilo; sin gritos, sin aspavientos. «Tengo que recordar de cuando en vez que aquí no se viene a discutir, que se viene a comer», dice. Nadie le rechista. Y el comedor, con sus más y sus menos, coge calor de hogar.

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