Casi 500 años juntos en un solo banco

La mayor, Lulú, una mítica centenaria, peina los 106 y la más joven, «Chelo, la niña», ya cumplió los 89

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pontevedra / la voz

Aunque sea a pleno chorro de sol, en A Ferrería hay un banco donde no falta nunca la conversación. No es un banco cualquiera. En él, Chelo, de 89 años, es «la niña». ¿Por qué? Resulta que, pese a su longevidad, sus compañeras de charla mañanera tienen todas más años que ella. Las cinco chicas de platino son, además de Chelo, un dúo de Matildes -de 96 y 93 años-, Lulú, que tiene 106, y Corusa, que le queda un suspiro para ser centenaria. Entre las cinco, suman 483 años. Se ríen a carcajadas cuando se les dice la cifra conjunta que arrojan sus edades. «Dios mío, casi 500 años... qué barbaridad, qué mayores somos», decía Matilde, que no pasa desapercibida gracias a la sombrilla azul con la que se tapa del sol. Recibían ayer todas ellas con sonrisa y ánimo. Casi con júbilo. Y justificaban tanta algarabía: «Estamos muy contentas, ganó nuestro Rajoy», señalaban al unísono.

Antes de meterse en harina política, como cada mañana, se ponen al día en cuanto a achaques. Lulú, que en realidad se llama Luisa, se queja del susto que le dio la salud este invierno. «Estuve en el hospital y todo. Y quedé mal», señala. Sus amigas le riñen. «No quedó mal, está muy bien... Sigue haciendo de todo y vive prácticamente sola. No quiere ni tener compañía por las noches», matizan. Y Lulú lo admite: «Eso es verdad. Cocino, salgo... Hago lo que quiero», dice. El resto también se quejan de algún dolor aquí o allá, pero concluyen rápido: «Estamos todas bastante bien, no nos quejemos». Aparentemente, las más achacosas, son Corusa y una de las Matildes, que van en silla de ruedas.

Están ellas hablando de la salud, de que Corusa a veces está muy cansada y dormida, cuando se acerca un padre y una hija a saludarlas. Son turistas, y dicen: «Estábamos deseando llegar a Pontevedra y ver cómo estaban. Estuvimos hablando con ellas el año pasado y decían que no iban a aguantar el invierno, y ya veo que al final no fue así. ¡Qué alegría más grande!». Todas sonríen y Lulú insiste con lo suyo: «Bueno, yo estuve malita, que conste. Pero aquí estoy, ya bien».

Por las tardes, en casa

Cuentan ellas que por la mañana son fijas en A Ferrería. Pero por las tardes prefieren estar en sus casas. Eso, cuando no quedan para tomar café. «Es verdad, dos veces a la semana sí que quedamos en un hotel, en la cafetería», señala Chelo. Vuelven a analizar los resultados electorales. Y hablan luego de la Guerra Civil, de lo dura que fue. Lulú recuerda que dos de sus hermanos se fueron al frente en Teruel. Y que «al final volvieron, pero fue horrible, tremendísimo». Lulú, a sus 106, se acuerda bien de cómo se enteró de que empezara la Guerra: «Estábamos en la iglesia de San Bartolomé, y nos vino a buscar mi padre. Fue terrible». Una de las Matildes estaba en Andalucía y fue enfermera durante la contienda: «Allí llegaba gente destrozada. Me acuerdo de un hombre que tenía solo mitad de la cara porque una bomba se lo llevara por delante. Todo aquello era terrible», insiste. Chelo también quiere contar su anécdota de la Guerra, pero las compañeras le advierten, «tú eras una niña, no creo que te acuerdes mucho». Ella replica: «Nos cogió de vacaciones en Portugal, íbamos para un mes y no pudimos volver a Pontevedra hasta noviembre».

El reloj da la una y media y, aunque la charla es animada, empiezan a tomar vuelo. Hoy, cita de nuevo en el banco, por supuesto.

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