Solo cuatro videoclubes alimentan a decenas de miles de socios en la comarca de Pontevedra
17 abr 2016 . Actualizado a las 05:35 h.«El otro día vino un cliente y, cuando iba a pagar para llevarse una película, le dije que no hacía falta, que todavía le quedaban fondos en el bono». Habían pasado doce años desde la última vez que aquel socio había pisado el videoclub San José, uno de los dos que todavía luchan contra la crisis, la piratería y los avances tecnológicos en la ciudad de Pontevedra. En el resto de la comarca no son muchos más. Apenas un negocio en Sanxenxo, que comparte filmes con la venta de periódicos y de chucherías, y otro pequeño en Marín que solo abre por las tardes. El grande, el de referencia, el Espi, está a punto de cerrar sus puertas tras más de treinta años prestando servicio a marinenses y foráneos.
Son más o menos los mismos que llevan Félix Yáñez y su socio al frente del más popular de la ciudad del Lérez. Llegó a tener cuatro, pero igual que llegó a haber 33 en total en el municipio. Eran otros tiempos, y lo que diferencia el proyecto de Yáñez del resto son, asegura, «hacer las las cosas bien» y el lujo de tener «la mejor clientela del mundo». Insiste en ello mientras confirma casi sin inmutarse que tiene 39.951 socios. La mitad de la población de todo el ayuntamiento. «Piensa que yo ya llevo tres generaciones, empezaron viniendo los padres, luego los hijos y ahora los que más vienen son los nietos», reconoce sin poder evitar, ahora sí, transmitir orgullo con la frase.
Algo similar, aunque lleno de pasión, es lo que fluye de las palabras de Isabel Martínez, una madrileña de 40 años que hace catorce llegó a la Boa Vila para empezar a echar en falta nada más aterrizar algo de la variedad que le daba la gran ciudad. «Estaba acostumbrada a ver películas en versión original y cine de autor, y cuando llegué a Pontevedra me di cuenta de que no había ningún sitio que lo ofertase», y empezó a pensar en montarlo ella misma. Lo hizo, hasta que una mudanza, con ampliación de local incluida, hace unos años la llevó a asociarse con una pontevedresa.
Series de 1974
No tienen empleados -San José tiene dos- porque, al menos por el momento, el videoclub no es un negocio que se abra para hacer caja. «Es por amor al cine», confiesa, y habla de su especialidad -la que ha dado, no solo viabilidad, sino la que ha conseguido «enraizar Max Video a la Boa Vila»-, el clásico, con auténtica emoción. Cuenta con 8.650 socios, pero advierte de que la cifra no es real: con tener un socio en la familia entran los demás. El modelo que han puesto en marcha estas dos emprendedoras se complementa con el que rige Félix: aquel se centra en los estrenos, que acaparan la mayor parte de sus préstamos, y estas lo hacen con auténtica historia. En su catálogo se puede encontrar una de las primeras películas de cine mudo, de 1915, El nacimiento de una nación, y cuenta sin dejar de hablar que, como entonces los negros no podían actuar, todos los papeles estaban interpretados por blancos pintados con betún. También le puede el orgullo cuando recuerda que aún hay gente que le pide, por ejemplo, El mundo en guerra, una serie de 1974.
Unos 14.000 títulos
Ambos cuentan el número de títulos que atesoran por miles. Unos 14.000, y tampoco difieren mucho en el perfil de clientes: las parejitas inundan los pasillos de sus locales los fines de semana, que son sus días fuertes. En el caso de Isabel, con edades superiores a los 38 años, que son sustituidos por gente muy joven entre semana. Este perfil se explica, sobre todo, por el modelo de negocio por el que apostó, que atrae a multitud de colegios y centros educativos de toda la provincia gracias a la cantidad de cine clásico y de autor que guarda en sus estanterías. En el de Félix, oscila permanentemente entre los 20 y los 35 años, aunque también tiene clientes de toda la vida que superan los 40 y que acuden atraídos por títulos como los de la serie Downtown Abbey.
Fuera de Pontevedra la vida parece más difícil. No solo por casos como el de Marín, sino por ejemplos como el de La Metro, en Sanxenxo, que tiene a disposición de sus clientes alrededor de mil títulos. Con otros catorce años de vida, el negocio aprovecha la llegada masiva de turistas a la villa de la Madama -que multiplican por diez su población habitual- para suplir la soledad que impera en los negocios románticos -como los llama Isabel- de lunes a jueves en invierno. Aunque no en todos los casos las épocas flojas coinciden. La propietaria de Max Vídeo Digital, por ejemplo, espera como agua de mayo los fines de semana de lluvia, la Semana Santa y los meses de diciembre y agosto. «Es cuando los niños tienen vacaciones, y llega un momento que, aunque sea verano, se cansan de estar en la playa y quieren ver películas», explica.
Piratería o Internet
Ambos están convencidos de que su clientela cada vez más lo es por una cuestión de principios más que de necesidad. Hoy en día casi todo el mundo tiene acceso a páginas web piratas o a plataformas de Internet. Con respecto a estas últimas, el empresario no tiene nada que objetar. «Contra ellas sí que podemos competir, porque si tienes que pagar por una película, puedes elegir, el problema es con los sitios virtuales de piratería, porque contra un producto gratis no puedes luchar», señala. La complementareidad de ambos negocios es tal que los títulos más alquilados de su historia tampoco coinciden: el de San José es, con diferencia, La vida de Brian, de los Monty Python; y el de Max Videeo, Scarface y Testigo de cargo.
Tampoco comparten filosofía respecto a los videojuegos. Mientras el de la plaza de Galicia apenas les da salida, el del paseo de Colón reconoce que siguen teniendo un tirón sorprendente, tanto los de las Play Station, como los de la Wii o Nintendo. «Decidí guardar los de la PS2, e hice bien, porque ahora hay muchas abuelas que heredaron las consolas de sus nietos y vienen a alquilar juegos», confiesa la madrileña, que asegura no prejuzgar nunca a clientes o ajenos porque «solo cada uno sabe las circunstancias que tiene». «Si no tienes un videoclub cerca, te la bajas, pero si lo tienes es una cuestión de valores. O, si no tiene dinero y lo está pasando mal, se puede entender. Pero si puedes permitirte dos alquileres a la semana, es inhumano e incomprensible que recurras a la piratería, porque los videoclubes son un valor para la ciudad», sentencia, poniendo todo el sentimiento de un amante.
Solo en Pontevedra llegó a haber 33 negocios de alquiler de películas. Ahora quedan solo dos