«El órgano nunca es tuyo»

Carlos Gándara recibió hace tres años un trasplante de riñón de su hermano Javier. Su vida es otra

Carlos Gándara, ayer en la plaza de A Peregrina, donde la asociación Alcer instaló una mesa informativa en el Día del Riñón.
Carlos Gándara, ayer en la plaza de A Peregrina, donde la asociación Alcer instaló una mesa informativa en el Día del Riñón.

pontevedra / la voz

En julio del 2012 Carlos Gándara Fernández iba a recibir un trasplante de riñón. Había llegado al hospital a las ocho de la mañana y a las seis, cuando lo iban a bajar a quirófano, recibía una mala noticia. Le habían detectado una mancha en un pulmón -por una sarcoidosis- que impedía el trasplante. «Aquella fue una mala experiencia, casi traumática», recordó ayer en Pontevedra. Pero para este caldense que hoy tiene 48 años y es secretario de la asociación Alcer Pontevedra hubo otra oportunidad. Fue la que le brindó su hermano Javier al donarle uno de sus riñones. Ese trasplante, que se materializó el 22 de enero del 2013 en el Chuac, supuso una nueva vida lejos de la diálisis con la que combatía su enfermedad renal crónica.

En el caso de Carlos esa dolencia se inició por unas deficiencias congénitas en un riñón que se fueron agravando y acabaron por afectar, por reflejo, al otro riñón. «Mi familia siempre me hablaba de un donante vivo, pero hasta que se truncó el primer trasplante no nos pusimos a ello. La documentación y el papeleo es bastante lioso al tratarse de un donante vivo, hay que pasar consultas de psicólogos», explica. Aunque la compatibilidad está ligada al grupo sanguíneo, Carlos recibió el órgano de su hermano Javier, que tiene otro tipo. «Mis tres hermanos, dos hombres y una mujer, son A positivo, y yo 0 negativo, la oveja negra de la familia», bromea.

Al final un tratamiento pionero que «abrió el abanico de las donaciones» hizo posible el trasplante a pesar de no compartir grupo sanguíneo. ¿Y por qué Javier y no otro de sus hermanos? «Todos estaban dispuestos, pero nos dijeron que la mejor opción era el más próximo a mí en edad. Yo tenía 45 años, y él 44».

El riñón de Javier funcionó perfectamente en el cuerpo de Carlos al día siguiente del trasplante. «Fue todo muy bien, porque hay casos en que tarda veinte días en enganchar», remacha. La vida de Carlos, que había trabajado durante 23 años en Precon y hoy es pensionista por invalidez, cambió por completo. «Estuve tres años y medio en hemodiálisis y la máquina, además de las secuelas, te condiciona la vida. Iba tres días a la semana cuatro horas, además de lo que yo llamo los portes, por los viajes».

En principio, la vida de un riñón trasplantado está en unos diez años. Los cuidados son fundamentales. Y Carlos lo sabe. No piensa en ese horizonte, sino en el día a día. «Tengo que ir a revisión al nefrólogo cada tres meses y tomar las plastillas antirechazo de por vida, aunque estoy en el nivel mínimo. El órgano nunca es tuyo y hay que tenerlo presente», matiza. Come sin sal, camina y anda en bici. La exposición al sol está prohibida. Este aficionado al fútbol y autodidacta de la informática dice que nunca se cansará de agradecer el gesto de su hermano: «Siempre nos llevamos bien, pero ahora estamos más concienciados y unidos que nunca».

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