A César lo que es de César

El arquitecto Portela, tan reconocido y premiado fuera de las fronteras gallegas, aún tropieza cada cierto tiempo con insólitos episodios de incomprensión en su propia tierra

César Portela ha recogido numerosos premios a lo largo de su trayectoria profesional.
César Portela ha recogido numerosos premios a lo largo de su trayectoria profesional.

Ser profeta en tierra propia entraña una dificultad extraordinaria. ¡Que se lo digan a César Portela! Uno de los mejores y más celebrados arquitectos españoles contemporáneos, pontevedrés que reside y trabaja en esta ciudad. Aquí, en la capital, se le han discutido determinadas obras, algo que también le ha ocurrido con otros proyectos por Galicia.

En otros países, tendríamos a gala ser conciudadanos de un profesional tan galardonado. Es Premio Nacional de Arquitectura, y cuenta con numerosos reconocimientos internacionales. Alguien por cierto a quien han venido a contratar para dirigir innumerables proyectos por el mundo adelante.

Sin embargo, en su propia tierra -incluso en Pontevedra- somos tan puñeteros que repudiamos y lapidamos algunas de sus realizaciones, a veces con una visceralidad furibunda y cainita que roza lo cetrino.

César Portela vivió en sus propias carnes críticas muy duras que -vistas ahora con la perspectiva que da el tiempo transcurrido- resultaron tremendamente injustas. Fue cuando en Pontevedra dirigió las restauraciones del santuario de la Peregrina, del cuartel de San Fernando (actual facultad de Bellas Artes) o de la basílica de Santa María. Se le crujió por determinados aspectos de las actuaciones que dirigió. Recuerdo el caso de la Peregrina. En este caso, se puso el grito en el cielo por reponer la pintura blanca en lienzos de las paredes exteriores del santuario. Menos bonito de cara, se le llamó de todo. Han pasado los suficientes años para que aquella actuación haya sido entendida, aceptada y respetada.

Algo similar a lo que terminará pasando cuando transcurran los suficientes meses, probablemente años, para que los vecinos de Fisterra entiendan que pintar de azul aguamarina arcos y bóvedas de la iglesia de Santa María das Areas no fue un capricho de artista extravagante. En realidad, fue «una actuación fundamentada en un informe de casi 300 folios que recuerda que desde el siglo XII, cuando fue construido, este templo ha tenido partes de su interior y estructura con diversas pinturas, como evidencian las diferentes capas que se han superpuesto».

Explicaciones

El entrecomillado pertenece a las explicaciones de Portela, que fueron suscritas por Manuel Chaín, el alto cargo de Patrimonio de la Xunta que le acompañó en la tumultuosa reunión celebrada con vecinos fisterráns, a la que ambos acudieron con voluntad de explicar el sentido de la actuación. Un arquitecto caprichoso y endiosado -de los que sobran ejemplos- no se habría molestado en ir para medirse a un público tan beligerante. El pontevedrés fue, intentó hablar, hubo quien le quiso escuchar y, en todo caso, aguantó con estoicismo el chaparrón.

Acabo de escuchar sus declaraciones a Isidoro Valerio en Voces de Galicia. Con 78 años, y sin nada que demostrar a estas alturas, me asombra y agrada la humildad que demuestra su esfuerzo por intentar hacerse entender y la paciencia con la que asume, otra vez, la incomprensión de su propia gente.

Ricardo Aguilar, un señor

La acción política termina siendo para la mayoría de los que se dedican profesionalmente a ella, un barrizal en el que acaban irremediablemente enlodados. Pocos son los que escapan de sucumbir a sus bajezas. Menos aún los que pueden presumir de seguir teniendo una respetable consideración social, después de pasar por la escena pública.

El viernes dejó este mundo Ricardo Aguilar Argenti. Después de los ocho años que dedicó a participar en la res pública como concejal, podría jactarse de seguir siendo considerado «un señor» tanto por compañeros como por rivales.

Siempre me pregunté por qué personas con el recorrido profesional de Ricardo Aguilar (arquitecto de larga y prolija carrera en el sector privado) dan el paso un buen día y se meten en política, a pesar de la pestilencia que tantas veces desprende.

Supongo que sentirán «la llamada del servicio público» que tantas veces se invoca, pero que en pocas ocasiones resulta creíble. En el caso de Ricardo Aguilar, su aparición en el 2007, en aquella primera candidatura que capitaneó Telmo Martín, nos permitió descubrir y conocer a un hombre, aparentemente adusto, sin embargo dotado de exquisitos modales y de fina ironía que hizo de la reivindicación de un nuevo Plan General de Urbanismo para Pontevedra, la causa en la que se abanderó.

Las tensiones surgidas en el grupo municipal del PP después del 2011, tras la espantá de Telmo a Madrid y con el difícil aterrizaje de Jacobo Moreira en el liderazgo local de ese partido, puso a Ricardo Aguilar en una situación de conflicto que sin embargo cicatrizó. De hecho, mientras otros dejaron el grupo municipal, Aguilar completó la legislatura. Y hasta Moreira le reclutó en mayo pasado en su lista pero se quedó a tres puestos de volver a la corporación.

Por medio dio una lección de normalidad al hacer público en junio del 2014 que padecía un cáncer y que estaba a tratamiento con quimioterapia. Tristemente, terminó derrotado en su lucha contra esa puñetera enfermedad pero nos deja el recuerdo de un buen tipo, de exquisitos modales que, seguramente, se equivocó metiéndose en política.

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