Una genetista pontevedresa identificó los polémicos restos del rey Ricardo III

Gloria González Fortes es una prestigiosa experta en restos humanos antiguos


pontevedra / la voZ

Recién llegada a Leicester, cuando el responsable del equipo presentó a Gloria González Fortes, alguien preguntó si le iban a vendar los ojos. Al principio pensó que era una broma, pero luego se dio cuenta de la importancia del proyecto en el que estaba inmersa: estaba a punto de ver (y tocar) los huesos de Ricardo III, el último rey muerto en combate.

Cuando trabaja va ataviada con un mono, mascarilla, guantes, y casco. «Cuando la gente nos ve por el pasillo debe pensar que tratamos con algo peligroso, pero en realidad el peligro somos nosotros». Solo es cuando Gloria González Fortes se queda en ropa de calle cuando se puede ver su espléndida sonrisa y sus ojos vivos. Es morena, jovial y una de las mejores genetistas de ADN humano antiguo en Europa.

Su firma es buena prueba de ello: la acredita como la segunda responsable del equipo que identificó los huesos de Ricardo III y como autora del análisis de los huesos que pretenden demostrar el origen de la agricultura en la montaña lucense. También formó parte de la investigación que intenta averiguar si los osos pardos que vivieron en la montaña lucense durante la última glaciación pertenecen a un linaje diferente del de las poblaciones actuales del área cantábrica.

Su trayectoria profesional ha seguido precisamente este camino, aunque en orden inverso. Tuvo claro desde la universidad que lo suyo era la Genética, y en ello se especializó en sus últimos años de Biología. Si lo piensa con un poco de detenimiento llega a la conclusión de que fue gracias a su profesora de esta materia en el instituto Sánchez Cantón, Ángeles González. Fue ella la que les puso un día en clase Al filo de la duda, una película sobre el descubrimiento del virus del sida en la década de los 80 y los primeros casos en San Francisco. Aunque la idea de la maestra era enseñarles algo sobre los virus, el efecto en la joven Gloria fue otro, mucho más productivo: «La película se centraba mucho en la actividad investigadora y en cómo trabajan. Me gustaba la curiosidad y la presión con la que trabajaban» los genetistas.

Como realizó sus estudios universitarios en Lugo hizo también allí su doctorado. Después de estudiar sus opciones se decantó por la Facultad de Veterinaria por ser la que contaba con más medios y una tecnología más avanzada. Y se adentró en el mundo de la acuicultura. Pero la investigación es una profesión en la que una jornada puede durar una media de diez o doce horas al día. «Hay que ponerse un poco de freno, porque sino te come todo el tiempo», admite.

De Lugo a Leicester

Es una cuestión vocacional, a la que sus mejores expertos son capaces de dedicarle media vida si les apasiona lo suficiente el tema. No fue así con la acuicultura, y Gloria estuvo a punto de abandonar la investigación. Fue entonces cuando la llamaron para que participara en el seguimiento de las huellas del oso pardo.

Sus respectivos compañeros y jefes comenzaron a contar con ella para los proyectos que les iban saliendo, y ella empezó a descubrir, casi sin darse cuenta, que lo que realmente le apasionaba era el genoma humano. Y, profundizando aun más, el antiguo.

En el 2010 consiguió una beca Ángeles Alvariño. La idea era poder montar un laboratorio de análisis de muestras en Galicia para no tener que depender siempre del exterior. Y así, con sus materiales y su proyecto -descubrir si la agricultura llegó a la Europa prehistórica a través de contacto cultural o si fue introducida por grupos colonizadores- llegó a la universidad de York.

Hasta allí la fueron a buscar desde Leicester. Habían aparecido unos restos en un aparcamiento subterráneo y querían averiguar si eran del rey Ricardo III, el único británico que había dejado una tumbra vacía. El tema se llevaba con un secretismo y una formalidad que en España apenas se ve. Necesitaban un experto en genética humana antigua. Tenían medios, pero únicamente el jefe de su equipo, Turi King, tenía también los conocimientos. Por eso la necesitaba. La competencia feroz que existe entre los laboratorios se decide en función de la capacidad de recomponer el genoma y de sacar conclusiones en base a los datos extraídos por el secuenciador, ya que el porcentaje de ADN que puede quedar en un resto de 10.000 años de antigüedad es del 0,1 %. Lo demás es bacteriano y de otros seres humanos.

Ahora está a punto de empezar otra aventura. Le acaban de conceder una de las becas más prestigiosas del mundo, la Marie Curie, y con ella está a punto de irse a Postdam en septiembre para poder exprimir la tecnología más avanzada. Alternará su trabajo allí con el de la Universidad de Ferrara, donde trabajará mano a mano con algunos de los mayores expertos en la relación entre los genes y el lenguaje. Su objetivo: comprobar las similitudes genéticas entre los pobladores del norte de la Península Ibérica y los del resto. Mientras, apura sus primeras vacaciones en años de más de una semana en su pequeña Pontevedra natal. Y aprende a pintar.

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