«Es falso que mi madre rechazara el reencuentro y se lo aclaré a mi padre»

El primogénito de Josefina Arruti Viaño y Bibiano Fernández Osorio-Tafall rememora la historia familiar

José Ángel Fernández Arruti, junto a la imagen de su madre, en la exposición de A Ferrería.
José Ángel Fernández Arruti, junto a la imagen de su madre, en la exposición de A Ferrería.

pontevedra / la voz

Jose Ángel Fernández Arruti apenas puede contener la emoción al contemplar la imagen de su madre en la exposición Do gris ao violeta, en la que se le rinde homenaje. «Mi madre sufrió aquí en silencio tanto o más que mi padre en el exilio». Comparte totalmente esta frase que pronunció su hermana María del Carmen en un reportaje publicado en el 2009 en La Voz de Galicia y que hoy encabeza la semblanza de Josefina Arruti Viaño, encarcelada en 1936 por ser la mujer de Bibiano Fernández-Osorio Tafall, alcalde de Pontevedra durante la República y uno de los gallegos de mayor relevancia internacional del siglo XX. La Guerra Civil la separó de su marido, al que nunca volvió a ver, y sumió a la familia en una difícil situación que su primogénito recuerda con dolor, pero sin odio y sin rencor.

-¿Cómo está viviendo la familia este homenaje y qué sentimientos afloran?

-Estamos muy agradecidos a la corporación municipal por este homenaje, que me parece justo. Ella, como pontevedresa nacida en la misma plaza de la Peregrina, amaba profundamente a esta ciudad, y para nosotros son muchos los sentimientos y recuerdos que afloran. Esta foto que está aquí expuesta en la Herrería se la hicieron en Madrid en 1936. Entonces tenía 30 años.

-¿Cómo era Josefina Arruti?

- Mi madre era una mujer sencilla, buena, sacrificada, muy discreta y muy prudente. Todo lo que te diga de ella es poco. Para mí, una santa. Le llamaban Finita y ese nombre le hacía honor.

-¿Cómo fue la desmembración de la familia, qué recuerdos tiene de su infancia y de la forzada ausencia del padre?

-Verdaderamente, lo recuerdo con gran dolor. Nosotros en el 36 vivíamos en Madrid porque nuestro padre era subsecretario de Gobernación. Mi madre, mis hermanos y yo llegamos a Pontevedra el 12 de julio a pasar el verano, seis días antes de que empezara la Guerra Civil, y mi padre se quedó allí con idea de venir los fines de semana. Él en zona republicana y nosotros en zona nacional. Eso hizo que nos separáramos. Yo tenía seis años y no volví a verlo hasta 1953. Cuando acabé la carrera de Derecho fui a hacer el doctorado a Roma, donde ocupaba un alto cargo de la FAO. Fue nuestro primer reencuentro y luego volví a verlo muchas veces más en México y en sus visitas a España.

-Su madre, en cambio, nunca volvió a verle. ¿Cómo sufrió ella la separación y las consecuencias de la guerra?

-En silencio. ¡Imagínate!. Sin haberse metido en nada, siendo una mujer sencilla y prudente, fue encarcelada durante más de un año y después estuvo varios meses en arresto domiciliario. Mis hermanos y yo tampoco podíamos salir a la calle, ni siquiera para ir al colegio. Venía una profesora a casa. Solo mi abuela, con la que vivíamos, podía salir. Parece ser que fueron los Padres Franciscanos los que intervinieron, a través de gente buena de Pontevedra, para que nos levantaran el arresto. Desde niño siempre me pregunté quién dio la orden de encarcelar a mi madre y de arrestarnos. Pero no culpo a nadie y hago mía la frase del gran amigo Gonzalo Adrio: ?Sin odio, sin rencor, pero con el recuerdo vivo?. La vida nos ha quitado, pero también nos ha dado muchas cosas. A diferencia de otras, en nuestra familia no hubo muerte. Mi mujer era sobrina de Bóveda y mira lo que le pasó.

-¿La figura de su abuela paterna fue muy importante en ese momento?

-La madre de mi padre, Emilia Osorio, era una mujer de mucho carácter y cuando venían a registrarnos la casa se enfrentaba a los cívicos. Se consideraba responsable, ante la ausencia de su hijo, del cuidado de su nuera y de sus nietos y nos controlaba hasta el tiempo que tardábamos en llegar del instituto a casa. Mi madre sufría con la abuela por lo dura que era, pero creo que los tres hermanos fuimos muy estudiosos por ella y salimos adelante con mucho sacrificio, haciendo nuestras carreras universitarias de Derecho, Historia y Medicina, prácticamente, con becas.

-¿Cuál era el sustento de la familia? ¿Contaron con ayudas del exterior?

-Contamos con gente que siempre nos ayudó - ellos lo saben y yo también lo sé-. Ayuda del exterior se recibía esporádicamente a través de terceras personas, porque era complicado. Y en nuestra casa de Benito Corbal teníamos huéspedes importantes, que llegaron lejos en sus carreras.

- Hubo varios intentos de reunificación de la familia. ¿Qué falló?

-No se sabe qué falló. Sé que uno de esos intentos iba a ser un intercambio con un preso importante del Régimen de Franco. Pero desde Pontevedra se comunicó que la familia no quería hacer ese canje, lo cual era falso. Eso era mentira. Para nosotros hubiera sido estupendo, pero desde aquí no se permitió. Estaba previsto que nos reuniéramos en Lisboa y no pudo llevarse a efecto porque no nos dieron la autorización para salir de Pontevedra.

-¿Es verdad que su padre llegó a culpar a su madre de rechazar el reencuentro de la familia?

-Sin razón, porque era completamente falso. Yo, aprovechando mi estancia en Roma, conviví una temporada con él y le fui explicando y aclarando muchas de las dudas que él tenía al respecto. Y creo que lo comprendió perfectamente. ¡Qué más quisiera mi madre que marchar!. Hay la teoría de que mi abuela no quería que nos fuéramos, un sentimiento entendible en todo caso, pero no fue eso lo que lo impidió.

-¿Su madre les animaba a mantener el contacto con su padre, que ella no pudo tener?

-Mi madre siempre nos inculcó el amor por nuestro padre y que nos sintiéramos orgullosos de él. Sabía la relevancia que alcanzó en su vida como científico, intelectual y diplomático y se alegraba de que mantuviéramos contacto. En ese sentido yo fui un pequeño Napoleón al propiciar también su reencuentro con mis otros dos hermanos. Ellos mantenían una postura más silenciosa y distante, que conseguimos romper. Mi hermana, por ser mujer, era más cómplice del sufrimiento de mi madre.

-¿Y cuáles eran los sentimientos de su padre hacia ustedes cuando ya había rehecho su vida en México?

-En Roma y en México siempre me acogió con un gran cariño y con todos los honores, y en las ocasiones que vino a España y Galicia para recibir diversos reconocimientos siempre nos tuvo a su lado. Estaba muy orgulloso de sus hijos y nos ponía de ejemplo. Tampoco creo que él tuviera ningún sentimiento de culpa. Era un hombre de una gran cabeza y también bastante frío. Aquí no hay culpables, solo inocentes y perjudicados. Él tuvo una vida más fácil y mi madre más complicada, pero fue felicísima rodeada de sus hijos, nietos y bisnietos.

-¿Nunca pensó en regresar?

-Cuando Suárez le propuso presidir la Xunta preautonómica lo rechazó porque consideró que no tenía legitimidad para aceptar. Pero él quería venir a morir a España y la prueba es que cuando falleció en 1990 dejó dicho que llamaran a su hijo mayor para que fuera a México a buscar sus cenizas, como así hice. Están depositadas en nuestro panteón familiar y allí descansan junto a las de mi madre, que murió trece años después, en el 2003.

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