Tres mil horas de comida caliente

Pilar lleva seis años ayudando en el comedor social y Rosa María, dos meses


PONTEVEDRA / LA VOZ

«A min emocionalmente compénsame, se digo ao 100 % igual non minto. Faime moi ben». Pilar Ferradas tiene en su haber un superávit de cerca de 3.500 horas. Es el resultado de multiplicar las dos horas diarias que le dedica al comedor de San Francisco seis días de cada semana desde hace seis años. Sin su trabajo, los 12.000 euros mensuales que cuesta mantener el comedor se multiplicarían. «Non me teñen que dar as grazas, tería que dalas eu -asegura-. Claro que se aprende, aprendes a valorar as cousas. Emocionalmente notas moitas cousas, e a medida que pasa o tempo, máis».

Es el mejor consejo que puede dar a quien empieza una labor como voluntaria que no siempre es fácil: «O máis duro é cando se poñen rebeldes; onte púxoseme rebelde un, e hoxe xa me sorriu, e dinlle a man e fixémonos amiguísimos», cuenta entre risas. En esas situaciones hay que aplicar la paciencia, como en tantas otras de la vida cotidiana. Pero ganan los buenos momentos por goleada, son tantos que no es capaz de quedarse con uno solo: «Hai moitos, poderíamos escribir un libro, hai moitísimos moitísimos».

Así se lo explicaron también a Rosa María Groba, moañesa de nacimiento pero pontevedresa de adopción y por derecho propio. Está a punto de cumplir dos meses ayudando en el comedor, y por encima de todo destaca «el agradecimiento de la gente». «Es gente muy agradecida; también hay gente borde, como en todos los sitios, pero la mayoría son muy agradecidos y muy educados», afirma. Porque, además, muchos de ellos son vecinos con los que hasta hace poco no imaginaban encontrarse allí: «Nótaselles a presenza, o comportamento», reconocen.

Para ninguna de las dos fue casual aterrizar en el servicio benéfico que presta la Iglesia. Pilar siempre lo tuvo claro: tan pronto sus hijos se marcharan de casa, ella empezaría a colaborar de alguna forma con los más necesitados. Aterrizó en San Francisco porque fue la primera opción altruista que se le vino a la cabeza, eso sí: «Foi o primeiro que me acordou, gustoume ao principio, e despois sénteste moi ben facéndoo».

Ahora dedica todos sus mediodías a llevar parte de su buen humor a los demás. A las dos de la tarde ha terminado sus funciones de repartir la comida y recoger y limpiar en el comedor, y empieza a preparar el almuerzo propio. Sobre todo, si viene su hijo a comer a casa.

A Rosa María le pasó algo parecido: «Tenía ganas de venir, y llevaba mucho tiempo en casa porque me habían operado, y necesitaba movimiento. Ya tenía en mente hacerlo antes de operarme venir, así que hablé con el padre Gonzalo (Diéguez, el superior de la entidad), y me dijo que podía venir cuando quisiera». Primero comenzó sirviendo las mesas, pero para cuidar su salud, y teniendo en cuenta que ya había trabajado en la cocina de forma profesional, se decidió por este último encargo. «La cocina me gusta», confiesa. Y también admite que sus mejores momentos en el comedor son aquellos en los que es testigo de la mejora de algunos de sus usuarios. «Ves gente que sale del problema que los llevó allí, y se les nota más gordita y mejor vestida, y eso te reconforta», señala.

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