210 años de la batalla de Ponte Sampaio

La derrota del mariscal Ney ante un ejército de indisciplinados selló la liberación de Galicia


Hace 210 años, Galicia expulsó a los ejércitos de Napoleón. La victoria en la batalla de Ponte Sampaio, entre el 7 y el 9 de junio de 1809, supuso la liberación del territorio de las fuerzas de ocupación dirigidas por los mariscales Soult y Ney, apenas seis meses después de su llegada. A orillas del río Verdugo se decidió el destino de la historia.

 Michel Ney estaba decidido a aplastar la rebelión en la provincia de Tui y recuperar la plaza de Vigo, reconquistada en marzo. Para ello, reunió en Santiago un ejército de ocho mil soldados y 1.200 jinetes. Y arengó así a sus tropas: «La existencia de los habitantes de esta turbia provincia es incompatible con las miras del gran Emperador y con la tranquilidad de España, y el ejemplar castigo a que se hicieron acreedores contendrá en su justo deber a las demás provincias de la península española». Pero sus planes, que incluían arrasar Vigo, fueron frustrados en Ponte Sampaio.

Esta posición parecía inexpugnable. El militar Pablo Morillo ordenó derribar cuatro arcos del puente. Y el vadeo del Verdugo solo era posible con marea baja y en condiciones penosas. Río arriba apenas había opciones para cruzar, salvo en Ponte Caldelas, donde inmediatamente se destacó un grupo de fusileros, auxiliados por artillería.

Además, se destacó una fuerza naval que defendiese la posición del ejército gallego, integrado en su mayor parte por los que habían liberado Vigo meses antes. El capitán escocés McKinley envió a la zona varios buques. Acuden también la lancha cañonera Cadmus, el bergantín portugués O Curioso y el español El Tigre. Estas unidades, haciendo uso de sus cañones, serán cruciales en el desarrollo de la batalla.

El mariscal Ney llega a Pontevedra el 6 de junio. Aunque su idea inicial es quemar la ciudad, la tradición cuenta que, contemplando los verdes prados y la iglesia de Santa María sobre el río Lérez, el militar queda asombrado y desiste de sus intenciones, exclamando: «¡Ah, Pontevedra, tu belleza me desarma!» Es indudable la hermosura de la boa vila, pero conociendo la crueldad de Ney, la anécdota es poco creíble.

Pasadas las nueve de la mañana del día 7 de junio, aparecen los franceses en la zona de la batalla. El mariscal envía algunos oficiales, auxiliados por 40 soldados, para que inspeccionen el puente. Todos son barridos por el fuego de fusilería desde la parte gallega. Rotas las hostilidades, a partir de las once de la mañana la batalla es total, con intenso fuego de cañón en ambas orillas del río, que ocasiona numerosas bajas en los dos bandos. Mientras los exploradores franceses buscan sin éxito pasos por los que atravesar, Ney dispara sus cañones contra la orilla del enemigo, sin conseguir ninguna ventaja. La jornada del día 7 finaliza con muchas bajas en ambos bandos, pero sin que las posiciones se muevan.

Esa noche, Ney fue informado de que, en la bajamar, se formaba sobre el río Verdugo un estrecho paso. Así que, en el amanecer de 8 de junio, envió numerosas unidades que fueron barridas por los fusileros gallegos y por el bombardeo de las lanchas cañoneras.

El capitán Mackinley, del buque Lively, describiría esta acción: «Se presentó el enemigo sobre la orilla derecha del río, y rompió un vivo fuego de cañón y de fusil: seguidamente fueron destruidas sus baterías por las lanchas cañoneras españolas. Intentaron dos veces pasar el río, y en ambas fueron rechazados con mucha pérdida. Por la tarde hicieron una tercera tentativa con la misma mala suerte. Finalmente, desbaratados todos sus proyectos por el admirable valor de las tropas españolas, se retiraron a Pontevedra».

En un último intento, Ney envió una columna dirigida por el general Loison hasta Ponte Caldelas para hacer una envolvente. Pero también fueron derrotados allí. El 9 de junio amanece con un extraño silencio a orillas del Verdugo. De noche, los franceses se han retirado, al ver imposible la victoria en Ponte Sampaio y tras padecer numerosas bajas. Ney, duque de Elchingen, uno de los mariscales favoritos de Napoleón, asumía su derrota. Aquel junio de 1809, los ejércitos galos abandonaban Galicia para no regresar durante el resto de la contienda. La batalla de Ponte Sampaio completó un éxito que se inició con la Reconquista de Vigo y todavía hoy es difícil de explicar. Así lo describió con asombro Adolphe Thiers en su Historia del Imperio: «Parece mentira que un cuerpo de ejército tan numeroso y aguerrido como el que mandaba Ney, a pesar de la habilidad y energía de tan famoso general, no pudiera hacer frente a los indisciplinados gallegos».

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