La guarnicionera que antes salvaba pueblos

Llegó a Ponte Caldelas tras recorrer España viviendo en comunas que restauraban aldeas en ruinas


pontevedra / la voz

Todo ocurrió en León cuando Marta Bueno Bouha tenía 16 años. Sus padres, un minero que logró volver a andar tras un gravísimo accidente que le había dejado tetrapléjico y su madre, feriante, al fin acariciaban un sueño. Se veían cerca de comprar un piso y dejar a un lado los tiempos difíciles que habían pasado cuando los cuatro hijos eran pequeños y la familia no dejaba de ir de un lado a otro para sobrevivir.

Marta acababa de salir de la escuela de oficios, donde había estudiado guarnicionería y tapicería, y había una empresa que la reclamaba. Entonces, dio la sorpresa: «Les dije a mis padres que me marchaba con el Raibow, un movimiento que se conoce por su conexión con la naturaleza... vamos, para que se entienda, que me iba de hippy a una comuna a mil metros de altura, con la nieve dando por la rodilla y sin lavadora». Dice que la entendieron. A lo sumo, su madre le dijo que, si se iba a vivir como en tiempos pretéritos, no viniese luego el fin de semana con el petate de la ropa sucia. Se marchó. Y ahí empezó la vibrante historia de su vida, que ahora sigue como artesana en Ponte Caldelas.

Marta se convirtió entonces en una de las hippies que llegaron a un pueblo llamado Matavenero, actualmente una de las ecoaldeas más famosas de España. Convirtieron aquel lugar en ruinas en su comunidad. «Vivíamos en armonía con la naturaleza», cuenta, mientras recuerda que de las pocas fotos que guarda de aquella época están unas que les hicieron para Interviú. Luego se marchó a reconstruir otro pueblo y otro y otro más... Habla de aldeas de Navarra, de Extremadura, de los Pirineos... Cuenta cómo intentaban bucear en las tradiciones de las aldeas por las que iban pasando. «En un pueblo de Ponferrada encontramos un libro antiguo con las normas básicas de convivencia que tenían antiguamente...», explica.

En muchos momentos su vida fue más nómada todavía, viviendo en camiones y yendo de feria en feria. Leía las cartas del tarot en ferias medievales o hacía espectáculos con fuegos y cadenas. Cuando había necesidad, se marchaba a distintos países a trabajar, a recoger manzanas o fresas. Estuvo en Alemania, Francia o Italia durante algunas temporadas.

Llegada a Galicia

Un día, volvió a la tierra de su padre, a Galicia. Estuvo en Ourense y se dejó caer de cuando en vez por una guarnicionería de Arzúa donde le enseñaron a arreglar sillas de montar. Comenzó entonces a recordar todo lo que había aprendido en la escuela de oficios sobre tapicería y demás. La vida la acabó trayendo a Ponte Caldelas, donde llegó a tener un taller al que los anticuarios llevaban piezas para que las arreglase. La enfermedad de su padre le hizo cerrarlo y centrarse en su cuidado. Tras fallecer su progenitor, se asentó ya en el municipio caldelano. Y, buscando un lugar donde poder estar en contacto con el rural, encontró calor de hogar en Rebordelo, una aldea en la que está encantada: «Aquí la gente vive como antiguamente, todo el mundo es abierto y nadie cierra sus puertas. Los niños juegan en la calle, es una maravilla...», explica Marta con sonrisa.

Hace tres años se le ocurrió que podía poner en valor lo que sabía hacer con la guarnicionería. Y empezó a reparar sillas de montar a caballo. Dice que no le faltan clientes. De hecho, incluso ahora está reparando una calesa. Pero no se trata de un negocio al uso. Ni mucho menos. Es al estilo de Marta: «Muchas veces hago trueque. Por ejemplo, le arreglo sillas a una hípica y ellos le dan clases a mi hija, es una forma de colaborar que me gusta», cuenta.

Llegados a ese punto, explica que tuvo una hija, ahora ya adolescente, y que eso le hizo asentarse más en un lugar. Aún así, le gustaría que su hija conociese el mundo del que ella viene y con el que sigue en contacto, ya que comulga totalmente con los principios del movimiento Rainbow. Trabaja como limpiadora y vive fiel a sus principios. Señala que es naturópata, que ella misma se hace el jabón, el gel o la lejía. Está orgullosa de su trabajo como guarnicionera porque dice que el oficio está en vías de extinción y, de hecho, le llegan sillas de montar de distintos puntos de Galicia «porque casi no hay sitios donde arreglarlas y ahora está muy de moda lo de hacer rutas a caballo». Empezó trabajando en casa y ahora convirtió en taller un pequeño garaje. El próximo reto es que una calesa llegada de Vigo salga de ahí reluciente. «Es un trabajo duro y meticuloso», advierte la guarnicionera.

Se crio entre Asturias y León y a los 16 años se marchó a vivir a comunas hippies

Aprendió el oficio de guarnicionera en León y ahora arregla sillas de montar y calesas

Hubo una época en la que iba por las ferias haciendo espectáculos con cadenas y fuego

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