La ceniza aniquila al verde en Chaín

Los torrentes bajan sin control por el monte y agravan la erosión del bosque calcinado

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La ceniza aniquila el verde en Chaín Los torrentes bajan sin control por el monte y agravan la erosión del bosque calcinado

ponte caldelas / la voz

Dice el refrán que la realidad siempre supera a la ficción y, en el caso de los fuegos que asolaron Ponte Caldelas en octubre, el dicho ratifica la sabiduría popular. Desplazarse hasta los montes de este municipio impresiona. La ceniza lo ocupa todo, lo sume todo y extiende su manto sobre los árboles, el suelo y hasta las piedras de los muros de cierre de las fincas. Chaín, en plena zona cero de los incendios, es un ejemplo, sin duda triste, de la violencia del fuego que arrasó sus montes. Hoy, a cien días de la catástrofe ambiental, el desastre, si cabe, aún se ha agravado más.

Entre Ponte Caldelas y Chaín hay kilómetros de sinuosas carreteras por un área de pinos y eucaliptos calcinados. Al llegar, Chaín es como un oasis en el desierto. Las huertas aún están verdes, al lado, el bosque está negro, con un luto profundo del que tardará décadas en despojarse. El presidente de los comuneros, José Manuel Cal, pone cifras al desastre. «Temos 196 hectáreas de monte e arderon 190», relata. En otras comunidades no quedó nada. Cal conoce bien este entorno y guía a los periodistas por la zona cero, a un lugar que parece sacado de un fotograma de Terminator o de La Guerra de los Mundos.

En el Regato das Vidundas, por ejemplo, enseña una poza que llegó a tener unos 80 centímetros de altura de almacenamiento de agua antes de aquel fatídico 15 de octubre. Ahora el agua se les escapa a la fosa. La ceniza, un pastoso manto de tierra chamuscada, ha ido cubriendo el depósito arrastrado por los torrentes. El agua corre libre, sin ninguna contención, ladera abajo. Al hacerlo, se lleva también el sedimento vital para nutrir a la vegetación si se quiere recuperar este monte. Cal explica que el mulching, echar heno en el monte para frenar el arrastre de tierra, funciona, pero que la superficie quemada es tan grande, que es imposible hacerlo más allá de unos pocos lugares escogidos.

Caminar por este monte quemado llama la atención. Los pies se hunden en el fango creado por la ceniza de miles de árboles. No hay nada que sujete el suelo y el agua descubre las raíces de los troncos aún en pie.

Junto a dos robles centenarios -uno desgarrado por la caída de una rama destrozada por el fuego-, Cal reflexiona. «Agora vese algo de verde, algo de herba. Antes mirabas e só vías unha negrura que víñanche as bágoas». Recuerda que en verano estos bosques eran idóneos para pasear, ahora la fauna se ha quedado sin cobijo. Ante uno de esos robles, el líder comunero indica: «En primavera a ver se brotan, pero ¿e se non brotan?». Prefiere no pensarlo. Encoge los hombros y busca, esperanzado, alguna señal, algún tímido brote que le devuelva la ilusión, cruelmente robada por las llamas.

El «ángel» que llegó tras el fuego y reformó un hogar en Parada

maría hermida

Una voluntaria está pagando el arreglo de la vivienda de Ángel y Antonia, afectados por el fuego de Ponte Caldelas

La historia de José Ángel, Antonia y sus tres hijos, afectados por los incendios de Ponte Caldeas, no puede empezar a contarse desde el día del incendio. Es necesario mirar más atrás. Esta familia del lugar de Parada (Ponte Caldelas) vivía en un hogar con condiciones muy precarias -ni siquiera tenían plaqueta o algo similar en el suelo-, ubicado casi al lado del de los padres de José Ángel. Suena fuerte, pero la descripción de su vida la daban en Parada el día después del fuego: «Eles xa eran pobres antes do lume», se oía decir. José Ángel había tenido un golpe de suerte un poco antes del incendio, ya que le habían contratado de forma temporal en el Concello. Pero, aún así, las necesidades que tenían eran abundantes. Ellos contaban con un alpendre casi pegado a su casa con gallinas y maquinaria para cortar leña, ya que él a veces trabajaba en ello. El galpón, con la aves incluidas, quedó arrasado por el fuego. Lo contaba José Ángel el día después con los ojos enrojecidos de haber estado toda la noche intentando, sin éxito, sofocar las llamas. ¿Qué pasó a partir de ahí? Pasó, como decía ayer Antonia, que «un ángel se cruzó en nuestra vida».

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