De vivir la guerra de Ruanda a levantar la primera escuela para los pigmeos

El padre Pablo Paniagua reside en la actualidad en el monasterio de Poio, institución que administró en los 70


Poio / La voz

Reconoce que lo suyo es de vocación tardía. A sus 80 años, el padre Pablo Paniagua es historia viva de la orden mercedaria. Natural de Carballiño, reconoce que su vida, a caballo siempre de África y del monasterio de Poio donde reside ahora, «es una aventura».

Tras completar sus primeros años para ser religioso en Salamanca, recaló en la década de los setenta como administrador de este monasterio coincidiendo con el nacimiento de su hospedería. Solo permaneció cinco años, ya que sus inquietudes le llevaron en 1980 a solicitar permiso para ir de misiones a África.

Su primer destino, Burundi, donde estuvo seis años hasta que todos los extranjeros fueron expulsados «por un jefecillo que se había hecho presidente». No tardó en regresar al continente negro, a Ruanda, «que tenía el mismo problema étnico que Burundi entre los tutsi y los hutu».

De hecho, Pablo Paniagua fue testigo de excepción de la barbarie que se desató en 1994 cuando los hutus con el apoyo del gobierno, que era de esta etnia, se levantó en armas exterminando al 75 % de la población tutsi. Se estima que fueron asesinadas un mínimo de ochocientas mil personas, un genocidio por el que ya han sido condenadas más de setecientas personas por el Tribunal Penal Internacional. «Tuvimos que salir. Fuimos repatriados».

Ya en España y sin haber transcurrido apenas tiempo, Cáritas contacto con el padre Paniagua proponiéndole regresar a lo que entonces era el Zaire, hoy la República Democrática del Congo, para asistir a cuatro campos que albergaban unos 65.000 refugiados. Allí permaneció hasta que los hutus llevaron su ofensiva hasta estos campos, lo que provocó, de nuevo, su repatriación.

Cáritas le volvió a reclamar para auxiliar a los refugiados, pero realizando una labor administrativa desde las oficinas que esta oenegé mantenía en Bukavu. «Como suele ocurrir lo que iba a ser algo de unos pocos meses se convirtieron en casi ocho años».

Esta labor la concluyó a principios del 2003, lo que le llevó a regresar a España. Por entonces una enfermera con la que había coincidido en los campos de refugiados le habló del hospital de campaña de Ngovayang, en Camerún. Ni se lo pensó, aunque «yo de medicina, absolutamente nada, pero de administrar, sí», apunta sin perder la sonrisa.

En Ngovayang se encontró con unas instalaciones pequeñas, viejas y situadas en la selva. No se arredró. A la hora de financiarlas, llamaba a todas las puertas. «Fue la primera vez que un ministerio le daba un dinero a un blanco».

Pablo Paniagua conoció entonces la existencia de los pigmeos, una etnia que los cameruneses tenían como «poco más que unos animales» y que vivían prácticamente al margen de la civilización y no existía escolarización.

Desde el monasterio de Poio, donde reside, recuerda cómo impulsó la construcción de unos barracones que sirvieron de residencia y colegio para niñas pigmeas que ni francés sabían, solo su dialecto. «Les costó coger el ritmo, pero en unos meses llegaron a ser las primeras de clase».

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