Denuncian que furtivos nocturnos llenan sus coches en playas de la ría

Las mariscadoras sopesan patrullar de noche ante un problema que las desborda

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pontevedra / la voz

«Todos los días nos llaman de que los furtivos están cargando coches enteros con almeja. Está en peligro nuestro medio de trabajo». Así expresaba su gran preocupación por el futuro del marisqueo a pie en la costa de Poio la presidenta de la agrupación de mariscadores de a pie de San Telmo, Ángela García Torres. Al valorar la situación en la que se enfrentan, aseguró que se sentían «desbordados». Ni siquiera la ampliación del número de vigilantes de la cofradía pontevedresa, que pasó de cuatro a seis, ha sido suficiente para parar la sangría. «Si los vigilantes están en una playa, los furtivos están en otra y mientras llegan ya se llevaron coches llenos de sacos». Una mayor incidencia de la Guardia Civil y la Policía Local en el entorno tampoco han conseguido frenar la debacle.

El furtivismo es un problema endémico en las Rías Baixas. Todos los años, en verano, cuando los precios de la almeja apuntan altos por la demanda turística, hay personas que trabajan sin permiso en las playas. No se trata del marisqueo de bañador, que aunque también lo hay tiene un impacto menor en esta ría. Se trata de personas, en muchos casos marginales, que recurren al dinero fácil del marisqueo furtivo. ¿Qué hace de este verano algo diferente al de otros? Su atrevimiento, por un lado, y la llegada de furtivos de afuera que incrementan de forma exponencial la presión sobre los bancos de A Seca, Combarro y Lourido. «Nos vemos impotentes», confiesa la portavoz de las mariscadoras poienses.

García Torres añade que, además, los vigilantes se encuentran con que esta «lacra» la forman «más personas y más violentos». No se ha llegado al punto de la quema de los coches de los vigilantes como hace varios veranos, pero sí que hay amenazas lo suficientemente graves como para que haya temor entre el colectivo profesional de mariscadoras.

La agrupación de a pie está estudiando la posibilidad de montar dispositivos de vigilancia de mariscadores en las playas de noche. Sin embargo, Ángela García admite su miedo a que se pudiesen producir altercados con los furtivos que pudiesen acabar en agresiones por parte de los amigos del marisco ajeno. «Tenemos miedo a que haya un altercado con los furtivos, que podamos poner en peligro la integridad física de los mariscadores».

Por si fuese poco el estropicio que crean en los bancos, donde estos ladrones roban todo tamaño de almeja, sin importar si dan la talla reglamentaria o no, existen dos problemas adicionales como consecuencia.

Producto sin control sanitario

Por una parte, está la aparición en el mercado de grandes cantidades de almeja, tanto japónica como fina, que no ha pasado los controles sanitarios correspondientes y, por lo tanto, pueden dañar la imagen del producto entre los consumidores en caso de intoxicación. Por otra parte, se encuentra el hecho de que esta mercancía furtiva no pasa por lonja, no paga impuestos y, al ofrecerse más barata en sus destinos finales, provoca la caída de los precios en el marisco legal. Y menor cotización del producto supone también menos ingresos para las cofradías.

Las mariscadoras no tienen poder para retener a los furtivos que identifiquen. Los vigilantes se ven obligados a recurrir a la Guardia Civil o a la Policía Local. El buen tiempo de este principio de septiembre agrava la crisis, en un sector vital para la comarca.

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