El bosque de secuoyas recibe a sus soñadores

Dana se reencontró, veinticinco años después, con la familia de Poio que la acogió durante la plantación


Poio / La voz

Con apenas 14 años, esta texana no se lo pensó dos veces y decidió sumarse a la expedición que iba a cruzar el charco con un sueño en mente a medio camino del romanticismo y del homenaje a Cristóbal Colón: hacer realidad lo que sería el mayor bosque de secuoyas rojas de Europa. Corría el año 1992, el de las Olimpiadas de Barcelona y de la Expo de Sevilla. Mientras la atención mediática se dirigía a los pies de la Torre de Hércules, donde el petrolero Mar Egeo encallaba y se hundía, un grupo de jóvenes estadounidenses era acogido por distintas familias de Poio para plantar medio millar de secuoyas en el Castrove en tributo a los quinientos años transcurridos desde la llegada de Colón al Nuevo Mundo.

Transcurrido un cuarto de siglo y gracias a la iniciativa impulsada desde el Partido Popular de Poio, Dana Leopold pudo fundirse ayer en un abrazo con la familia que durante unos días la adoptó. El monasterio fue el silencioso testigo del encuentro de Dana, que estuvo acompañada por las hijas del impulsos del bosque de Colón, el profesor John Harmon McElroy, Helen Britten y Lauren McElroy, con José Bouzas Vidal, su esposa Maricarmen Pazos Esperón y dos de sus tres hijas, Noelia y Sonia.

«Lo recuerdo con mucha lluvia y frío. Lo pasaron horrible. Subían al monte y regresaban caladas de agua, las pobres», recuerda José, quien, por entonces, quiso agasajar a la pequeña visita con unas nécoras. «Miro dentro del cesto, vio unas cosas que para ella parecían arañas y solo decía: ‘‘¡Oohh!’’. Cuando las llevé a la mesa, debió pensar que la quería matar y no las quiso».

Lo que sí parecía gustarle era el baile y así les decía que quería ir a la discoteca, a lo que este vecino de Poio no dudaba en responder dejándole claro que «soy el responsable. A la discoteca sola, no. O vamos nosotros, o no vas».

«Estábamos todo el día completamente mojados», insiste Dana, quien reconoce que su mayor sorpresa fue encontrarse con que nadie hablara inglés. «Lo que no recuerdo es lo del marisco, pero sí dormir con las dos chicas en el mismo dormitorio o comer un pan dulce», apunta instantes antes de que su familia de acogida le aclare que se trataba de rosca.

En este punto, incide en que uno de los peores momentos de aquel viaje fue ver como se fue el último de los niños a los que se designó una familia. «Veía que todos tenía una familia elegida y solo pensaba que qué me pasaba a mí», indica quien a sus 40 años trabaja en una firma tecnológica explicando el Obamacare, la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible que impulsó el presidente Obama y que trata de derogar su sucesor, Trump.

Confiesa, en todo caso, que son pocas las imágenes que guarda en su memoria de Poio, pero no así de Baiona, de la que rememora su castillo y su puerto. En todo caso, Dana reconoce tener claro que Poio es la patria de Cristóbal Colon, así como ha podido ya contemplar como han evolucionado las secuoyas «y lucen muy diferentes a entonces».

Pese al tiempo transcurrido, Dana aún atesora en su casa de Texas un hórreo de plata -«¡el castillo!, exclama- que le regaló José Bouzas durante una visita a Combarro y que le ha acompañado en sus distintas mudanzas. «Permanece siempre a mi lado», concluye.

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