La súper rojilla que defiende siempre la portería pequeña

Interrumpió su carrera profesional de fútbol sala para acabar sus estudios, y la selección vuelve a convocarla


Pontevedra / La Voz

No solo se crio entre futboleros, sino también entre futbolistas. Tal vez por eso Silvia Aguete sea la mejor portera de fútbol sala de España. Recuerda los domingos desde que los recuerda en algún campo de fútbol. A veces de Segunda, otras, de Tercera y algunas más en los de Segunda B. Eran los terrenos de juego en los que se ganaba la vida su padre, José Manuel Aguete. Aún así, Silvia reconoce que la santa de su hogar era su madre, porque era ella la que llevaba todas las semanas a sus dos hijos -a Silvia y a su hermano Nacho- a ver a su padre. Dice que, a estas alturas, ni siquiera está segura de que le guste, pero con un marido futbolistas profesional y los dos retoños camino de ello, apenas le queda escapatoria. Y no se queja. No lo hacía cuando era su esposo el que competía y no lo hace ahora que son sus retoños. Al contrario, se reparte los domingos y «aún por encima tiene que aguantar el estado de ánimo de cada uno», bromea Aguete.

Nacho acaba de colocar en un segundo lugar el fútbol. Juega de lateral y le sigue apasionando, pero la universidad le reclama, y él, de momento, se ha decantado por la Santiago. Detrás acaba de dejar su todavía breve carrera como juvenil en el Pontevedra C.F. Y, aunque se apuntan junto a torneos, nunca se enfrentan, confiesa mientras se ríe. «Menos mal que somos los dos madridistas», bromea.

Primera convocatoria

Algo parecido le ocurrió a su hermana mayor. Silvia, por aquello de ser chica, reconoce, empezó en el equipo de la Asociación Española Contra el Cáncer de fútbol sala -«la portería del fútbol 11 es muy grande», bromea-, por un amigo de su padre. En él fue creciendo como portera hasta que hace cinco años llegó a Primera División de la mano del Poio Pescamar. Ataviada de rojo, entre las rojillas, el entonces seleccionador nacional, Venancio López (sustituido ahora por Alicia Morel), puso los ojos en ella. Era buena, muy buena, y esa misma temporada le ofreció otra camiseta, también roja: la de la selección. Aquella vez fue solo a una convocatoria, pero el siguiente año fue a todas.

Su carrera profesional siguió creciendo. Era más que evidente. Pero había otra que nadie veía. Era la universitaria, la que vivía entre cuatro paredes, ya fuesen del aula o de su habitación. Y era la que más se estaba resintiendo. Sobre todo, teniendo en cuenta que la joven pontevedresa había elegido Farmacia. Con el paso de los cursos se dio cuenta de que no quiere estar detrás de un mostrador y limitarse a atender clientes. Quiere otro tipo de acción en su vida, y una cárcel se parece más a lo que ella espera de su día a día.

De modo que se puso a organizar su vida y lo primero que decidió fue dejar el fútbol sala. Al menos, profesionalmente, mientas terminaba la carrera. Se metió en un equipo de Moaña, O Pirata, para no perder el contacto y se licenció. El año pasado regreso al Poio Pescamar. Y ahora, metida de lleno en sus oposiciones a Institucións Penitenciarias -que una vez aprobadas espera dirigir hacia su campo- es más dueña de su tiempo, que se reparte como quiere.

Un año en casa

El regreso al equipo rojillo no significó su vuelta a la selección española, al menos, no la inmediata. Silvia tenía 29 años y llevaba uno fuera del circuito profesional. Lo entendía, era previsible. Lo que no esperaba es que este año volvieran a contar con ella para representar a España. Para volver a vestir de rojo de la cabeza a los pies y volver a ser la mejor portera de España, si es que alguna vez alguien pensó que por un momento había dejado de serlo. Tal vez les confundió que no llevase guantes ni estuviese delante de una portería. Lo que no sabían es que solo estaba estudiando.

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