La costura que apareció para sanar a Eva

Cuando las fuerzas parecían fallarle, sacó la valiente que lleva dentro y se lio a diseñar moda. Es imparable


pontevedra / la voz

Esta es la historia de Eva Diz, un puro nervio. Tan nerviosa es que a su joven corazón le tuvieron que poner un marcapasos para que la vigile de cerca. O, como ella le explica a sus sobrinas, un pequeño reloj dentro de la piel. Bromas aparte, Eva Diz es un derroche de adrenalina, una mujer que se apasiona con cada cosa que hace. Y eso se nota al minuto de conocerla. Pide el comodín de traer a una amiga consigo para sentirse más segura ante la entrevista. En realidad, no le haría falta. Porque Eva, aunque nerviosa como un flan, sabe contar maravillosamente bien lo que hace. ¿A qué se dedica? Diseña moda. Y no lo hace exclusivamente por ganar dinero, que también, lógicamente. Ni porque le apasione la moda, que también. Lo hizo, sobre todo al principio, porque la costura y el diseño fueron su terapia, su herramienta sanadora.

Empecemos en Vilanova, el lugar de donde es natural Eva pese a que ahora reside en Moraña. Se crio con sus abuelos, tíos y primos, que se acabaron convirtiendo en hermanos. Su tía Mari Carmen era costurera, así que resultaba bastante habitual que Eva acabase jugando entre hilos y dedales. Conforme fue creciendo, a veces echaba una mano. Recuerda ese momento y su mirada se emociona: «Acabo de recordar alguna noche que la pasamos entera cosiendo, igual porque había un encargo para una boda y se necesitaba terminar. Yo me sentía súper mayor y súper importante por ayudar. Y recuerdo a mi abuela viniendo, cada dos o tres horas, con galletas o cualquier cosa para hacer más llevadero el trabajo». Que la abuela Carmen, que fue quien crio a Eva, se cuele en la conversación provoca todo un torrente de emociones. «Era tan especial, le debo tanto», insiste.

El caso fue que Eva creció y, pese a su gusto por la costura, encaminó sus pasos laborales por otro lado. Trabajó como dependienta en distintas tiendas, fue empleada de una firma de telefonía... y un día le ofrecieron algo que le gustaba sobremanera: «Empecé a customizar prendas para una conocida firma. Estaba en el almacén y modificaba ciertas cosas». Le gustaba el trabajo. Le iba bien. Pero se sentía cansada, muy cansada sin razones aparentes para estarlo. Hasta que un día se llevó un susto. Su corazón tuvo un traspiés y se enteró de que tenía una dolencia cardíaca de la que hasta entonces nada sabía. La recuperación, tras ponerle un marcapasos, no fue fácil. Le dieron una incapacidad. Y aprendió que sí o sí le toca cuidar mucho esa cajita que le late dentro. Pero Eva, que se harta de decir que debe todo a quienes le rodean, sea su familia, su pareja o sus amigos, debe ser alguien muy especial para que nunca le dejen caer. Las fuerzas le flaqueaban y no tenía ganas de nada. Pero su prima de sangre y hermana del alma Bibi la cogió de la mano y le dijo que iban a comprar camisetas, tunearlas a su gusto y colgarlas en las redes sociales a ver si a ver si tenían éxito. Así empezó un proyecto llamado Entre Dos que ahora mismo se llama With Love Entre Dos.

Las camisetas gustaron. Vaya si gustaron. Y la costura y el diseño fueron sanando a Eva, animándola a superarse cada día mientras daba puntadas y urdía nuevos modelos. Han pasado unos años desde entonces. Y Eva conserva intacta esa cara de sorpresa descomunal que se le quedó cuando vendió las primeras camisetas personalizadas. Porque, en realidad, no acaba de creerse todo lo que le está pasando.

Unas 500 piezas por colección

No es de extrañar. De montar una web y probar suerte, ha pasado a vender en unas treinta tiendas de toda España, a hacer colección tras colección de vestidos o trajes de chaqueta con entre 300 y 500 piezas por temporada, a tener que contar con una patronista, cuatro costureras y un taller de mano... «No dejan de pasarme cosas buenas. Me llaman bastante para vender aquí y allí lo que diseño, no me lo creo», dice.

 

Reconoce que no ha estudiado diseño y tampoco le inspira «lo que está de moda». Se sienta a diseñar, dice ella, y mira hacia atrás: «La familia, la infancia... para mí todo eso es muy importante. Así que busco inspiración ahí. Fíjate, hubo una colección a la que le puse de nombre, en francés, algo así como la hija pequeña del molinero, porque mi abuela era hija del molinero».

Se reconoce afortunada por el hecho de que haya comerciales llamando a su puerta. Insiste en que no se lo cree. Al igual que se queda atónita cuando comprueba que una presentadora de Divinity lleva un vestido suyo y empiezan a pedírselo. Sonríe al contarlo. Mira a su amiga, y le dice: «Y todo por gente como ella, que es la imagen de la marca». Así es Eva, siempre agradeciendo. Quizás por eso le va tan bien.

Eva empezó customizando camisetas y su ropa se vende ahora en unas treinta tiendas

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