Un manitas que conquista castillos por el aire

José Carbia aprendió a manejar drones y no deja de grabar; su vídeo de una fortaleza vallisoletana tuvo miles de visitas


pontevedra / la voz

Si José Carbia hubiese nacido unos cuantos años antes, habría un adjetivo perfecto para definirle: manitas. Lo es en toda regla. Pero, él, a sus 21 años, no se reconoce demasiado en esta palabreja. Se ríe y dice con cierta timidez: «A min o que me gusta é arranxar ou cambiar cousas, sobre todo de tecnoloxía. Ese mundo encántame». Cuenta luego anécdotas por doquier, de pantallas de móviles destrozadas que cambió por unas nuevas o de pequeños inventos domésticos que va haciendo ayudado por la impresora 3D que en su día compró. Luego, cita la palabra que hoy por hoy representa su pasión: dron. Pero no vayamos tan rápido que, pese a su juventud, tiene historia detrás.

José Carbia, como el Balbino de Neira Vilas, es «un rapaz de aldea». Nació en Moraña, concretamente en As Teixugueiras, no muy lejos del famoso santuario de Amil. De pequeño le gustaba construir y su mayor cómplice era un cajón lleno de arena del que acababan saliendo, tras el necesario maridaje con agua o incluso cemento, casas, túneles y lo que hiciese falta. En aquellos tiempos también iba para bailarín, gaiteiro o guitarrista, hacindo sus pinitos en el grupo folclórico morañés Seixebra.

En Moraña siguió hasta terminar bachiller, que fue cuando se marchó a A Coruña con la idea de sacarse el grado de Náutica. Pero pronto vio que no era lo suyo. Así que cambió su rumbo académico. Se anotó a un ciclo de Telecomunicaciones y Sistemas Informáticos y, ahí sí, se sintió como pez en el agua. Vio el cielo abierto en las primeras prácticas que hizo: «Estiven nun sitio onde se arranxaban móbiles, tabletas e ordenadores e encantoume». Para entonces, ya fascinado con la tecnología, se había comprado una impresora 3D con la que hacía las más variopintas piezas. Por ejemplo, de su imaginación primero y de la citada máquina después salió un artilugio para que cuando se está acabando la pasta de dientes se pueda aprovechar al máximo el contenido y este no quede dentro del tubo. También hizo piezas para tunear la propia impresora. O soportes para las consolas. Algo de todo, vamos.

El primero, de 50 euros

Experimentando con el ordenador y la impresora, llegó finalmente al mundo de los drones. Y se le pasó por la cabeza comprarse uno. No quiso arriesgar y se compró uno básico, de 50 euros, que por cierto no pudo ni siquiera despegar en el primer intento. Pero siguió tirando del dron. Y vio que lo de hacer volar el aparato le gustaba. Así que fue mejorando la técnica, cambiando de dron... hasta que decidió hacerse piloto y ponerse en serio con este asunto, darle rienda suelta a su pasión. Con la complicidad de las redes sociales -donde se llama Jdrone- empezó a mover algunas de sus grabaciones. Se inició haciendo vídeos de su tierra, de iglesias o paisajes. Y se lanzó luego con algunas citas conocidas, como la Medio Maratón Gran Bahía Vig-Bay o la Festa do Carneiro ao Espeto de Moraña. Curiosamente, su vídeo más visto no lo hizo en Galicia. En un viaje por Valladolid, se dedicó a conquistar castillos por el aire, es decir, a filmarlos y retratarlos con su dron. Lo hizo, por ejemplo, con la fortaleza de Peñafiel. El caso es que los técnicos turísticos de Valladolid vieron en las redes su trabajo y lo difundieron, así que el trabajo de Carbia acabó teniendo miles de visitas.

José tiene claro que quiere seguir por la misma senda de los drones, profesionalizando su actividad. Pensó que uno de los nichos de mercado puede ser la agricultura: «Gustaríame dedicarme a gravar cultivos e, coas aplicacións necesarias, axudar a detectar pragas, a mirar que zonas son as máis húmidas ou as máis secas... Penso que nese campo se poden facer moitas cousas aínda», indica con entusiasmo desde Vigo, el lugar donde reside los días laborables.

¿Qué hace en la ciudad olívica? Dado que lo de los drones todavía es un plan de futuro, actualmente trabaja como operador para una compañía telefónica. Aunque tira de prudencia, cuenta que a veces no es fácil bregar con este oficio. Sonríe e indica: «Chama moita xente a ás veces... digamos que se enfada bastante con nós. E hai que aguantar e seguir», indica. Se imagina el futuro entre tecnología, «oxalá que rodeado de drons», indica con soltura. Algo más tímido responde cuando se le pregunta por el futuro con la chica con la que sale en la foto de perfil de WhatsApp. Pero acaba diciendo: «A foto é antiga, que levamos xa moitos anos xuntos». Casi nada, con 21 años.

Con su impresora 3D como cómplice, inventa artilugios de todo tipo y de uso doméstico

Hizo un ciclo de Telecomunicaciones y no hay avería

en un móvil que se resista a sus manos

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