Un lechón para cerrar agosto

Varios miles de personas celebraron ayer en Amil el veinticinco aniversario de la tradicional cita gastronómica degustando 105 «porquiños»

<span lang= es-es >En círculo</span>. Los fuegos para asar los lechones se encendieron de madrugada. El truco es cocinarlos en brasas de madera de roble situando las piezas a la distancia adecuada y en redondo.
En círculo. Los fuegos para asar los lechones se encendieron de madrugada. El truco es cocinarlos en brasas de madera de roble situando las piezas a la distancia adecuada y en redondo.

pontevedra / la voz

Anochecía en Moraña y en el entorno de la carballeira de Amil la gente seguía ayer disfrutando de los zancos, las carreras de sacos o del juego del pañuelo. Parecía como si todos se hubieran puesto de acuerdo para estirar al máximo el mes de agosto. Pero todo lo bueno tiene un final y la Festa do Porquiño á Brasa es como esa campana que en el ring va descontando los segundos que a uno le quedan de combate. No en vano, esta cita del calendario festivo se desarrolla en el último domingo del mes vacacional por excelencia, lo que para muchos supuso ayer el último días de sus vacaciones. Y había que apurarlo.

Y eso que fue un día muy, muy largo. Los fuegos en los que se cocinaron los 105 lechones que se repartieron en Amil se encendieron a las cuatro de la mañana. Madera de roble, a poder ser, y sobre todo mucha paciencia hasta conseguir las brasas adecuadas son los trucos indispensables para disponer de una buena zona de asado.

Quemado, pero crudo

Luego solo hay que tener la precaución de situar las piezas a la distancia adecuada formando un círculo, «que xa faría as delicias aos de Podemos», tiró de retranca un vecino de Moraña. Ni muy lejos para que se resequen y no se cocinen bien, ni tan cerca como para que el interior quede crudo y el exterior quemado. «É toda unha ciencia», apuntó un pontevedrés, mientras apuraba el primer vino de la jornada y con la mano libre atinaba a inmortalizar la escena con un teléfono móvil.

«É de casa -refieriéndose al vino, no al porquiño-, de confianza. Non hai problema», le respondía inmediatamente a la invisible pregunta que le dirigía con una desaprobadora mirada su mujer. Durante unas diez horas, los cocineros tuvieron que lidiar con un sol abrasador, pero también con la altas temperaturas que procedían de las ascuas que servían para, poco a poco, cocinar los lechones. «Fixo moitísima calor. Foi un día espectacular», destacaron desde la organización ya con la fresca de la tarde.

Y la gente respondió. Pese a que era un día de esos que se dice de sombrilla, toalla y playa, se estima que más de dos mil personas decidieron detenerse en Amil para comer el porquiño en el veinticinco aniversario de esta cita gastronómica. Las cuentas salen por un doble vía. Por un lado, porque cada pieza esá previsto que «alimente» a una veintena de comensales -y si se devoraron más de un centenar, la multiplicación es sencilla- y, por otro, porque la carpa oficial, donde se llevó a cabo el xantar popular, tiene una capacidad para unas 1.200 personas, cifra a la que suma las más de ochocientas que se dejaron caer por los bares y locales de hostelería del entorno que, año tras año, se suman a la fiesta.

Por cierto, los que acuden al xantar de la carballeira no degustan únicamente porquiño. Ni mucho menos.

El lote, además de una pieza de entre catorce y dieciséis kilos de peso, comprende, asimismo, una empanada de zorza y otra de bacalao con pasas, que se acompañaran de media docena de botellas de agua y el doble de vino tinto Barrantes.

En Amil nada se deja a la improvisación e, incluso, está previsto el postre -en esta ocasión dos bicas- y el café, eso sí, de pota y con unas gotitas de aguardiente de caña, de las que puede prescindir todo aquel al que no le tienten o gusten los licores de la tierra. Claro está, todo esto luego hay que bajarlo. De ahí, que la jornada concluya con juegos populares.

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