¿Somos racistas? «Aquí no lo notamos, pero no sabemos qué hay en el corazón de la gente»

Un grupo de africanos que residen en Marín cuentan cómo se han integrado en la sociedad gallega y analizan la tensión racial de Estados Unidos


ponteverda / la voz

«Cuando llegue a Europa viví en Grecia y la gente cambiada de acera cuando iba por la calle, no se sentaba a mi lado en el autobús y se persignaba cuando nos cruzábamos». Amos relata los episodios de racismo que vivió en la localidad del Pireo llegó hace algo menos de una veintena de años. Hoy vive en Marín y desde la terraza de una cafetería de la Alameda relata unos episodios que ya tiene olvidados, a pesar de que los acontecimientos en Estados Unidos se los haga revivir. Pero, ¿somos racistas en Galicia? Él cree que no. Llegó aquí hace 16 años después de un breve paso por Valencia y se considera un gallego más. No nota que su color de piel le haga tener un trato diferente, pero también es sincero: «Aquí no lo notamos, pero nadie sabe qué hay en el corazón de una persona».

Amos llegó de Ghana enrolado en un barco y en busca de una vida mejor. Allí tiene tres hijos, a los que procura ir a ver una vez al año y con los que habla casi a diario. Ven los ataques raciales de Estados Unidos como una realidad poco probable en Galicia, aunque la integración en la sociedad aseguran que nunca llega a ser del 100 %. Junto a él, está la familia Owsuwaley. John, el padre, ya no relata tan buenas experiencias como Amos. También lleva en Marín cerca de dos décadas en las que ha vivido del todo. Él también trabajó en barcos y ahí no todo fue tan bonito como esperaba. «Solían ser bastante malos conmigo, había insultos a bordo y un trato diferente», relata John, que antes de desembarcar en Marín estuvo en A Pobra con barcos del País Vasco. Gracias a un amigo pudo venirse para la localidad pontevedresa, donde hay una comunidad importante de ciudadanos africanos. «Esos primeros años había gente que me escupía cuando pasaba», explica, al mismo tiempo que reconoce que con los años eso ha quedado casi olvidado y se siente marinense, aunque no acabe de hablar el español con fluidez. Él resto de la mesa bromea con él.

Ven con asombro los problemas raciales que en Estados Unidos tienen con la policía, saben que es una bomba enquistada en la sociedad americana que estalla con demasiada frecuencia. Ellos no lo han notado, aunque recuerda con cierto humor que pasó una noche en el calabozo al poco tiempo de llegar. Un amigo le pidió que lo acompañase a presentar unos papeles a la Policía y cuando llegaron allí, los agentes le preguntaron también a él dónde estaban su documentación. «Yo no tenía papeles, así que me hicieron fotos y fui al calabozo una noche», recuerda. Llegó a tener la orden de expulsión en su mano. Eso sí, cuando José Luis Rodríguez Zapatero regularizó a los inmigrantes pudo demostrar con esos papeles que llevaba un año en Marín.

Caleb y Deborah Owsuwaley acaban de llegar. Apenas llevan dos años en España y aunque reconocen que la vida en Galicia es mejor que en Acra, la capital de Ghana, donde todavía vive su madre, notaron cierto racismo. «Cuando llegamos al aeropuerto de Oporto de noche y nos acercábamos a preguntarle a alguien se alejaba», explica Caleb. Él trabaja aprendiendo con unos albañiles, además de hacer mucho cursos para estar al día. No le gusta salir por la noche, aunque sí acude de vez en cuando a cafeterías a tomar algo con sus amigos de la iglesia evangélica de Marín. A la pregunta de si está integrado con la gente joven, Caleb se lo piensa, da un sorbo a su bebida y responde: «Hay menos racismo en la población mayor, te saludan y muchos se te acercan a hablar, pero con los jóvenes no es igual».

Recuerdos de sor Elvira

Los más jóvenes ya no conocieron a sor Elvira, de quien Amos y John, los veteranos, no tienen más que palabras de agradecimiento. En sus duros comienzos, cuando vivían en los pisos de Cáritas, ella les ayudaba dándoles comida y ropa hasta que pudieron salir adelante. Amos lleva casi desde el principio trabajando como jardinero a media jornada en una casa de Marín. Si algún día consigue un trabajo a jornada completa espera traer a su familia. Lo ha intentado, pero los ingresos no son suficientes para completar el trámite. «Mis hijos nunca han visto a un blanco», explica. Disfruta de su vida en Marín, es feliz y se siente integrado. Durante más de una hora de conversación no ha dejado de saludar a gente. «A veces quedamos para ver el fútbol, yo ya era del Dépor en Ghana», recuerda con humor. En su país la vida tampoco era fácil. La población mayoritaria es negra. ¿Y hay allí racismo con los blancos? Lo primero que sale de sus bocas es una carcajada. De la de todos. «Si vas a Ghana y tienes algún problema con nosotros, la policía nos machaca», advierte Amos, mientras John reconoce que «a la población blanca se le da un trato diferente, como si fuese superior».

Antes de despedirse, Amos espera que la situación en Estados Unidos se tranquilice, pero recuerda que de una u otra forma la esclavitud sigue presente con estas actitudes. Amos, John, Caleb y Deborah están felices en Marín, pero cuando se jubilen o si la situación empeoran, volverán a Ghana. Están aquí en busca de un futuro esperanzador para los que quedaron allá. 

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