Esculturas de madera capaces de hacer llorar

Las tallas que hace Santi Castro aprovechando tocones de árboles tienen historias humanas detrás


pontevedra / la voz

Ni la rasta que se adivina bajo el anorak, ni los aros plateados de las orejas ni tampoco la barba rubia logran ser el rasgo más característico de Santi Castro -Marín, 1972- . Empieza a hablar, gesticula y sus manos acaparan toda la atención. Tiene unas manos fuertes, llenas de callos y grietas en las que se aprecia esa huella amarilla que suele dejar el tabaco. No parecen manos de artista. Parecen manos de obrero de andamio. Pero Santi fue y es ambas cosas. Como también fue hippy. Y como también es padre de dos adolescentes. De todo ello habla mientras el sol del mediodía calienta los bancos de los jardines de Bellas Artes. Precisamente, es en este espacio donde Santi hizo una de sus últimas intervenciones artísticas, cuando convirtió el viejo tocón de un cedro en un duende de madera con el que centenares de personas se sacan ahora coloridas fotografías.

No vayamos tan rápido. Santi Castro es natural de Marín. A los 16 años estaba ya trabajando de carpintero y poco después viviendo fuera de casa. Trabajó primero en una fábrica de Vilaboa, luego en una carpintería... y más tarde se fue directamente al andamio. No en vano, fue encofrador durante más de una década, hasta que la crisis le obligó a dejar atrás del mundo del ladrillo. Pero su vida no fue lineal. Mira de medio lado, sonríe y abre un poco la caja de recuerdos: «Siempre trabajé, eso es cierto. Pero también anduve bastante con el movimiento okupa. Estuve dos años viviendo en una aldea de A Lama. Arreglamos tres casas, teníamos un huerto... allí estuve de hippy. Luego se acabó eso, ya tuve a los críos y empecé a tener una vida más estable. Conste que, pese a andar por ahí, siempre seguí trabajando».

Ya ahí, mientras vivía entre consignas de paz y amor en A Lama, dio muestras de que le tiraba la artesanía. Así, confeccionaba zuecos. Luego volvió a Marín para ser encofrador y en esas estaba cuando el sector del ladrillo decidió ponerse patas arriba y a él le tocó salir corriendo. «Me puse de autónomo como carpintero porque el trabajo en la construcción ya empezó a flojear y no me quedaba otra», indica. Empezó haciendo muebles, estanterías... lo que le iban pidiendo y también lo que a él le apasionaba, como el tallado de calabazas. Hasta que un día la Fundación Xoán XXIII, que tiene un acuerdo con el Concello de Marín, le pidió algo distinto. «Me propusieron que hiciera una talla de madera con un tocón de un árbol, para tratar de aprovecharlo. Y me puse manos a la obra. Al final convertí el tocón en una lechuza, tal y como puede verse en el parque de Briz de Marín», indica.

El encargo no pudo venirle mejor. Santi Castro descubrió entonces que esas manos llenas de callos eran también manos de artista y la lechuza fue solo la primera de las esculturas en maderas que hace. Luego vino una ardilla, el duende que saluda desde los jardines de Bellas Artes, un jabalí de dimensiones considerables que luce en el monte de Salcedo... Todas las tallas están hechas, amén de con la imaginación y la experiencia de carpintero de Santi, con motosierra, trenchas y gubias. Dice que todas las piezas que hizo son singulares. Pero el duende de Bellas Artes le gusta especialmente. ¿Por qué? «Porque mucha gente se hace fotos con él, es algo increíble. Veo en las redes sociales fotos de familias con el trasno y me emociono», cuenta Santi.

En un principio, el artista se queda ahí. Dice que le gusta el duende porque muchas personas se fotografían con él y punto. Hay que insistirle para que cuente la cara b. «Lo cierto es que en esta escultura la gente ve un duende. Yo veo al duende pero veo también a mi amigo Gerardo sonriendo. Cada escultura que hago le pongo el nombre de alguien querido que falleció, porque como son árboles que aún tienen vida es como si ellos siguiesen vivos también. Y este duende es Gerardo, que murió demasiado joven».

El duende es Gerardo. Y la lechuza que hizo para la granja de Briz de Marín es Pastora, su cuñada, que también se marchó demasiado pronto. Allí, en ese parque, está también la ardilla hecha por él. Se llama Sandra. Y su historia emociona hasta las lágrimas al creador: «Sandra era una niña que conocí en Briz. Estaba enferma y se murió. Me alegra que la ardilla la recuerde. Su familia quedó agradecida», dice.

El recuerdo de Sandra despide la entrevista y Santi se queda pensativo, cabizbajo. Se levanta del banco y mira al duende Gerardo, que le sonríe. Entonces, se marcha más contento.

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