Los 104 inviernos del abuelo de Marín

Llegó a la villa en 1943, asistió a la apertura de la Escuela Naval y hasta los 101 años daba un paseo diario


marín / la voz

La vida de Antonio Bonaque Martínez (La Garrucha, Almería, 1915), el marinense de mayor edad en el censo, es como un libro de la historia de España. Nació cuando los campos de Europa se desangraban en la Primera Guerra Mundial y en España reinaba Alfonso XIII. De pequeño, sus padres se lo llevaron a Allvar Les Bains, cerca de Grenoble, en el sur de Francia. Allí estudió y comenzó a trabajar como inspector de seguros en la optimista Europa de Entreguerras.

En 1936 le llegó el turno de hacer la mili y la Guerra Civil lo encontró en San Fernando, en Cádiz. Su hija Cristina explica que sus superiores descubrieron pronto la meticulosidad del trabajo de Antonio y le ofrecieron un puesto de administrativo, como personal civil de la Escuela Naval, entonces afincada en Andalucía, al remate de su servicio militar. Le ofrecieron un trabajo en Intendencia para llevar la contabilidad, señala su hija. Aceptó, pero en 1939 quiso volver a reunirse con sus padres y hermanos, que todavía vivían en Francia. No pudo. «No le daban un pasaporte», explica Cristina. Con Europa otra vez en guerra, la mitad de Francia ocupada por los nazis y la otra mitad bajo el régimen de Vichy, Bonaque no volvería a ver a sus padres hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Y mientras las armas sonaban en los cielos, mares y campos de batalla de los cinco continentes, le tocó hacer su vida en una España que todavía se recuperaba de sus propias cicatrices. Antonio conoció a una joven gaditana, Isabel Belizón Durán, y se casó con ella. Tuvieron tres hijas: Cristina, Ana e Isabel. En 1943, se consumó el traslado de la Escuela Naval Militar desde San Fernando a Marín. Antonio, Isabel y sus hijas se mudaron a la localidad que desde entonces llaman su casa.

Los Bonaque pronto se adaptaron a la vida marinense. Antonio desarrolló toda su vida profesional en la Academia de la Armada, en su condición de trabajador civil, insisten desde su familia. Cristina lo describe como un hombre «muy meticuloso, muy detallista, muy responsable. Nunca querría trabajar con él por lo que era de exigente», bromea. Recalca que su padre se exigía a sí mismo lo que también esperaba de los demás. Su objetivo era la excelencia. «Le gustaban las cuentas bien cuadradas», apunta.

La madre de Cristina siempre pensó que ella también acabaría en la institución castrense. «Mi madre me decía, cuando termines el bachillerato, máquina y a la Escuela Naval», apunta. No fue así. Ella acabó trabajando como funcionaria administrativa pero en Educación. Su hermana Ana se fue a Francia, donde estudió canto y ópera y vive en Alemania, donde fue profesora de piano. Su otra hermana, Isabel, es profesora de Educación Primaria.

Fue fumador hasta los 93

Cristina recuerda que aunque su padre trabajaba en la Academia militar, no era fácil para las niñas entrar en el recinto. Eso sí, la vinculación laboral con la Armada continuaba en casa. Isabel Belizón, modista de profesión, «cosía para la Escuela Naval, todos los años le traían la felpa para que hiciese los albornoces de los alumnos». En la casa de los Bonaque también se cortaban sábanas y se hacían las palas de los uniformes, esas piezas de la ropa militar donde figura en los hombros la graduación de quien la lleva.

Antonio Bonaque se jubiló en 1980. Desde entonces y hasta los 101 años vivió una vida tranquila, con un paseo diario, su café en el Ébano, en la Praza de España y su tiempo para leer la prensa. «De siete a nueve de la tarde iba a tomar su café clarito y a leer La Voz de Galicia, que era su periódico».

Una rotura de cadera lo forzó a guardar descanso en casa. La edad ha hecho mella poco a poco y ahora apenas sale de la habitación, en una silla de ruedas, hasta la sala de estar. «Está consciente de lo que pasa a su alrededor, oye muy bien, entiende todo», relata su hija Cristina. Ella no recuerda que su padre bromease con la clave para llegar a ser centenario, pero sí recuerda una cosa curiosa de su vida diaria. «Fue un fumador empedernido». Lo fue hasta los 93 años cuando le salió una llaga en la boca. Con gran dominio propio, dejó de fumar «de un día para otro».

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