Las arpas sin música que salvan la vida a las abejas de Campañó

María Hermida
maría hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

MARÍN

MARÍA HERMIDA

Todos los apicultores de esta zona, así como muchos de Marín, se abonan a este método para luchar contra la avispa velutina

18 oct 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

José María Domínguez, presidente de los comuneros de Campañó y apicultor, habla de abejas y parece que recita poesía. Se para a contar cómo las obreras entran y salen con esfuerzo de la colmena, cómo los zánganos no son «uns vagos que só serven para fecundar, como moitos cren», sino que se ocupan de mantener el calor del hogar, cuenta cómo las nodrizas miman a la reina... «A colmea é un órgano vivo, hai que entendelo como tal. E as abellas son moi intelixentes», dice. Escuchándolo hablar, se entiende a la perfección que su disgusto por los estragos que hace la avispa velutina va bastante más allá de lo económico. «Levo trinta anos coas abellas, quérolles ben», confiesa él mismo. Y por eso él, así como casi todos los apicultores de Campañó, no dudó en invertir en un curioso invento que recomienda la Asociación Galega de Apicultura para intentar que la avispa asiática deje de matar a sus queridas abejas. Se trata de arpas.

Al llegar junto a las colmenas de José María, queda claro por qué se llaman arpas. El invento en cuestión recuerda al instrumento, pero en vez de música da calambrazos prácticamente inofensivos para el ser humano pero mortales para la velutina. No hace falta esperar muchos minutos para ver la trampa, que se sitúa delante de las colmenas, en acción. Una velutina despistada se mete en medio de los alambres del arpa y prácticamente queda fuera de juego: «Se non as mata déixaas moi tocadas, xa non poden voar e acaban morrendo», dice Domínguez. Tampoco hay que demorar mucho para comprobar cómo ese artefacto que deja frita a la avispa asiática no es mortal para las abejas. Una de las habitantes de la colmena se mete también entre los alambres pero, oh sorpresa, a ella no le pasa nada. Se cuela perfectamente por el hueco y sigue su vuelo perfectamente. «Isto está pensado, precisamente, para que as abellas poidan pasar pero a velutina, como é máis grande, non colle e queda aí amarrada ou leva un golpe grande», explica José María Domínguez.

Treinta euros por arpa

El arpa, por lo que parece, es más que efectiva. En el caso de Domínguez considera que eliminó un 80 % de las avispas asiáticas que rondaban sus colmenas. Pero hay un problema: «

Isto supón unha inversión elevada

», cuenta el apicultor. Aunque se limitó a comprar el material y las confeccionó él mismo, cada arpa le salió por unos treinta euros. Para defender sus quince colmenas acabó gastando alrededor de 500 euros. Y a ese dinero hay que sumarle la corriente eléctrica que gastan las arpas, aunque parece que es un consumo mínimo.