Érase una vez el inventor del «Ferrari» del aire

Empezó volando con parapentes y luego se sacó de la manga aparatos curiosos para surcar el cielo

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Érase una vez el inventor del «Ferrari» del aire Empezó volando con parapentes y luego se sacó de la manga curiosos aparatos para surcar el cielo

pontevedra / la voz

A Fernando le gusta volar; sobre todo volar por sus propios medios. Entendámonos: no es una suerte de Superman de capa roja, sino que lo que le gusta es fabricar aparatos bien curiosos para tomar vuelo. Cuando se le pregunta por qué le gusta tanto levantar los pies del suelo a bordo de esos objetos voladores de cosecha propia, contesta citando a un clásico: «Pues supongo que me gusta ser un poco como Leonardo Da Vinci, es decir, hacer siempre cosas nuevas, probar a hacer cosas muy distintas por mí mismo». Luego, concreta algo más lo que significa para él surcar los aires: «Me hace sentir bien, me hace olvidarme de todos los problemas».

¿Tiene muchas cosas de las que olvidarse? Realmente, su vida, tanto personal como laboral, ha dado un giro de 180 grados desde hace algún tiempo. Pero Fernando sonríe, y dice: «Me encuentro bien, mejor que nunca. Son etapas y cosas que pasan. Y punto». A partir de ahí, Fernando enfila la mirada hacia un aparatejo de color rojo pasión. Lo mira con emoción, como si fuese su pequeña criatura, y explica: «Esto es un trike, un aparato con motor de un ultraligero y hecho de fibra de carbono que va agarrado a un parapente y en el que pueden volar dos personas juntas cómodamente sentadas. Incluso voy a cubrirlo para que en invierno se pueda ir sin pasar frío». El aparato en cuestión, salido de las manos de Fernando, tiene ya treinta horas de vuelo. Y él le llama «el Ferrari del aire», de ahí que lo haya pintado de encarnado. Mirando al trike empieza a contar su historial de Ícaro pontevedrés y, de paso, su currículo vital y profesional.

Fernando es de Lérez, aunque llegó a la parroquia pontevedresa con ocho años, porque él realmente nació en la emigración, concretamente en Vitoria. Dice que con menos de diez años ya metía la mano en toda cuanta máquina podía. «Siempre fui manitas, sobre todo siempre tuve habilidad para programar máquinas y cosas así. Yo creo que soy ingeniero autodidacta, me encanta inventar cosas», dice. Un día, en plena juventud, se subió a un parapente. Y casi no quiso bajarse más. A partir de ahí, empezó a darle vueltas a la cabeza sobre cómo podía hacer aparatos de motor que, enganchados a los parapentes, permitiesen volar durante varias horas. Logró sacar de su mente y de sus manos unos paramotores. La cosa acabó en negocio. Montó una empresa, Airfer, que fabricaba estos cachivaches voladores. Y según explica, tuvieron éxito en el mercado. «Los exportábamos a varios países», asegura. Según indica, acabó vendiendo a la empresa a una persona de Ciudad Real, que actualmente sigue con ella.

Hace dos años, cuando hacía parapente a motor en Corrubedo, pensó que aquello «ni era disfrutar ni era nada, porque chupabas un frío increíble». Y empezó a darle a la cabeza para inventar un aparato que permitiese hacer lo mismo, surcar los cielos, pero sin tiritar de frío. Así fue cómo nació su Ferrari volador. Ya lo probó varias veces, sobre todo en la playa de Lourido, y dice que la experiencia fue buena. Aún así, indica que está buscando la fórmula de cubrirlo por arriba para que la sensación de calor de hogar aún sea mayor. «Le falta la parte de arriba, que le pondré para no pasar ningún frío y poder volar durante cuatro o cinco horas, que es la autonomía que tiene». El bicho volador va a gasolina y tiene un motor de un ultraligero de 600 centímetros cúbicos. Dice Fernando que para volar en él no hace falta ni licencia ni pedir permiso. Solo subirse con ganas de sentirse libre. O de ser Leonardo Da Vinci.

EL DÍA QUE RESISTIÓ NOVENTA MINUTOS COLGADO de LA RAMA DE UN ÁRBOL

El 25 de septiembre de 1995, tal y como recogió La Voz de Galicia, Fernando Ortigueira protagonizó en Marín un suceso que puedo acabar con graves consecuencias. Él, que entonces tenía 23 años, estaba practicando parapente. Pero, quizás por el viento o por la velocidad, se rompió el cable que unía su aparato con la lancha que lo remolcaba. Y el joven acabó colgado de la rama de un eucalipto altísimo. Los bomberos intentaron rescatarle, pero no hubo manera: no tenían ninguna escalera que llegase hasta donde estaba. Tuvo que venir un helicóptero desde Ourense para sacarlo de allí. Según recogió La Voz, y como ayer Fernando recordaba, le fueron dando instrucciones y él mismo se puso el arnés para luego izarlo hasta el helicóptero.

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