El marinense con caracolas de los siete mares

Elías García, marinero desde los 12 años, mantiene su vínculo marítimo con una colección única


marín / la voz

Todo empezó con unas caracolas cubanas que el tío de Elías García, Francisco Pais, regaló a su padres en una de sus visitas a Galicia a mediados del siglo pasado. Las conchas impresionaron a un Elías que todavía era un niño y que aún ahora lamenta que se perdiesen con el paso del tiempo y no formen parte de su colección particular. En sus recuerdos, todavía las puede ver allí, en la cómoda de la habitación, dos caracolas enormes con las que jugaba cuando era pequeño.

Unos años después, no muchos, empezó a trabajar en el mar como marinero. «Con nove anos fun por primeira vez nun barco e despois dos doce xa empecei a traballar seguido», relata. La experiencia que ganó en el barco familiar le valió para descubrir una de sus pasiones, el mar, e incidentalmente, para reforzar esa afición por las caracolas.

En su casa de Marín, figura prominente en un cartel a la entrada la fecha de 1966. Ese fue el año en el que, cansado de ver cómo se tiraban por la borda las conchas y otros objetos raros que se enganchaban en los aparejos, Elías García empezó a recoger lo que le llamaba la atención. Marinero de vocación, este marinense no tiene una preparación universitaria en biología, pero tiene un buen instinto para elegir las mejores piezas y su criterio ha logrado dejar con la boca abierta a muchos que solo conocen estos ejemplares por las fotos de los libros de texto. Hace 50 años estaba trabajando para Pescanova en Sudáfrica. Así que los primeros integrantes del museo proceden del sur de ese continente.

A lo largo de la dilatada vida profesional de este marinero, posteriormente contramaestre, los numerosos caladeros en los que trabajó le dieron opción a seguir engrosando la colección hasta cerca de la fecha de jubilación. Marruecos, Argentina, Gran Sol, Canadá, junto con las aguas del litoral gallego, son algunos de esos caladeros donde las aguas, generosas, le proveyeron de abundantes ejemplares. No solo conchas. Hay también restos de corales, dos costillas de un cetáceo, un barómetro de hace más de cien años, piezas de barcos, y un largo etcétera.

Sobre las estanterías hay piezas incluso del otro extremo del mundo, de Australia, recogidas por vecinos de Marín que sabían de su afición. Y es que amigos, conocidos e incluso el intercambio con otros coleccionistas le dieron pie a recibir caracolas y otros objetos de lugares que nunca vio. Por ejemplo, del Caribe. «Eu nunca estiven en Haití, pero houbo un home que me trouxo unha caracola de alí. Tamén de Ghana, en África».

La colección nunca ha sido clasificada, aunque más de un experto la ha visto y varias piezas han ido a parar a instituciones de lugares tan lejanos como Estados Unidos. En este último caso, este marinense precisa que tenía un amigo de Lugo, catedrático, al que le llamaron la atención unas conchas grandes, no especialmente vistosas, que aparecieron en los aparejos en Canadá. Un intercambio de piezas, como si fuesen aquellos cromos de los futbolistas de la niñez, pero de un interés mucho más permanente, nutrió a un museo americano desde Marín. A cambio a él le mandaron otras caracolas que no tenía.

En las estanterías hay de todos los colores, tamaños y procedencias. «Eu collo todo, porque para min todas son bonitas, doulles a todas o mesmo aprecio», recalca.

Elías señala que en la actualidad sería muy difícil conseguir reunir una colección así. «Agora a xente xa non trae, en moitos sitios está prohibido levalas. Eu, xa antes de xubilarme había tempo que non collía», explica.

En los primeros años, cuando el número de conchas no era grande, las guardaba en bolsas y en cajas. Como el número de adquisiciones no paraba de crecer, al final se decidió por habilitar dos salas para exponer las piezas. Ahora, ya jubilado, deja ver su museo a aquel que se lo pide: amigos, vecinos y centros escolares como el IES Mestre Landín o asociaciones. Esta es la única forma de ver la colección. Nunca ha salido de su casa, pero las puertas están abiertas para todos.

Conchas de todos los océanos del mundo abarrotan las estanterías del museo que este marinense tiene en su casa y que cuida con esmero desde hace décadas.

La colección es el trabajo de toda una vida. Empezó recogiendo las caracolas que se venían en el aparejo y que se tiraban al mar. Sus amigos contribuyeron regalándole más. Ahora suman miles de piezas.

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