«Taponear», la labor que no sabe de festivos

Quienes recogen y mandan a reciclar las tapas que ayudan a niños lo hacen, a menudo, sacrificando su ocio

Ricardo, que recoge los tapones en varios concellos, ayer, en la tienda de María Luisa.
Ricardo, que recoge los tapones en varios concellos, ayer, en la tienda de María Luisa.

pontevedra / la voz

Hubo un tiempo, un tiempo cercano, en el que se recogían tapones por todas partes para venderlos y destinar la recaudación a fines benéficos, sobre todo, a costear los tratamientos de niños con necesidades especiales. Era tan fácil ser solidario solamente juntando tapas que lo hacían desde críos de tres años en las guarderías a mayores en residencias pasando por centenares de familias enteras. El furor era tal que unas mujeres, de las que se encargaban de ordenar todos esas tapas y mandarlas a reciclar, acuñaron un término para definir su labor: hablaban de taponear. La actividad, según explican voces autorizadas en estas lides, ya no está tan en boga. No en vano, el rédito económico de los tapones es, francamente, escaso. Pero quedan románticos de las tapas. Quedan muchos. Hombres y mujeres convencidos de que, aunque sea poco, algo se saca. Son un ejército de hormigas trabajadoras. Algunos padres de niños con parálisis cerebral, otros voluntarios sin más... Y todos con un denominador común: sacrifican su ocio para recoger tapones carreteras arriba y abajo.

El último domingo, Ricardo, el padre de una niña pontevedresa con parálisis cerebral a la que en su momento ayudó el Banco de Tapóns de Baixo Miño (Banta) publicaba en las redes sociales una foto de una furgoneta hasta los topes de tapones y contaba: «Hoy domingo me fui hasta Fornelos de Montes a recoger la gran cantidad de tapones que juntaron». ¿A Fornelo de Montes un domingo, se pregunta uno? Pues sí. Ricardo trabaja. Así que saca tiempo de debajo de las piedras y le resta bastantes horas a su ocio para peinar distintos municipios, llevar las tapas hasta el almacén de su empresa -le ceden las instalaciones y el transporte para que pueda recoger- y juntar toneladas de plástico hasta que un camión de Banta acude para llevarlos a reciclar.

Desde Salceda de Caselas

Ayer mismo, a media mañana, Ricardo se acercaba a Alimentación Manolo -un diminuto ultramarinos pontevedrés que es un auténtico vergel de tapones solidarios- y a María Luisa, la tendera, no le sorprendía lo más mínimo verle en pleno día festivo.

«Xa teño aí un saco cheo, ata me trouxeron tapóns de Salceda de Caselas

», señalaba ella. Ricardo sonreía y explicaba: «María Luisa es un sol. Me manda mensajes siempre que tiene varios sacos y aunque me retrase unos días ella los guarda igual. No le importa que le ocupen espacio... De verdad que es encantadora», decía.

Ricardo quema gasolina arriba y abajo por la comarca pontevedresa o por O Salnés para recoger tapones. Ahora, la campaña no es para su hija. Pero da igual: «Si antes ayudaron a mi niña ahora hay que ayudar a otros, eso deberíamos hacer todos». A Marín habitualmente no tiene que ir. Allí, afortunadamente, hay otro grupo de hormigas trabajando. Lo comanda Rosa María Crespo, que todas las semanas busca tiempo, muchas veces en domingo o festivo, para recoger tapones. «Voy cuando puedo, hay que ayudar». A Rosa María le salió un acompañante joven. Es Víctor y tiene once años. Se subió un día a la furgoneta de recogida «y se enganchó totalmente».

El mensaje para los niños

Es imaginar a Víctor, en su pubertad, recogiendo tapones para ayudar a niños con necesidades especiales y pensar que, aunque la rentabilidad económica de taponear no sea mucha, le lección de solidaridad es inmensa. De ello habla Jesús Busto, de la fundación Amigos de Galicia, con sede en Vilagarcía:

«Realmente a recollida de tapóns, co custo que implica e os retrasos que temos no pago por parte da empresa á que os enviamos non nos é rendible, pero é importante mantela porque os nenos colaboran activamente nesta campaña, e iso é moi positivo, é enorme».

Busto cuenta que, en el caso de la fundación, es el propio personal el que se encarga de ir recogiendo los tapones para llevarlos a reciclar y poder ayudar a varios críos con necesidades especiales. Luego, habla de padres como los del niño Álex, de Vigo y con parálisis cerebral, que también dan el callo en la recogida y, en su caso, lo que hace la fundación es apartar el plástico que los progenitores juntan y, lo que se recauda con él, dedicarlo exclusivamente a Álex. «Son unha xente extraordinaria, feita dunha madeira distinta», señala.

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