El carpintero que se subió a las tablas

Tras perder su trabajo de toda la vida, Gonzalo decidió tirar por los monólogos y retomar los estudios


Pontevedra / La Voz

En apenas cinco años, Gonzalo Gastañaduy (Marín, 1981) se ha subido 170 veces a un escenario con la intención de hacer reír al público presente. El monólogo es uno de los géneros del humor por excelencia y uno de los más duros. Habitualmente, si uno hace un chiste y nadie se ríe abandona amablemente el lugar, pero Gonzalo debe ganarse al respetable aunque tropiece con las palabras. No es fácil.

«Me quedé sin trabajo tras 12 años currando en una carpintería», confiesa Gonzalo. «Buscaba pero no encontraba nada, así que decidí apostar por lo que a mí me gustaba, que era escribir estas historias y contarlas en los bares». Además de esto, Gonzalo estudia Integración Social en Vigo, y ayuda a drogodependientes, personas en la tercera edad y paralíticos cerebrales.

Ahora, más cerca de los cuarenta que de los treinta, el marinense trata de ser feliz y convertir su pasión en su trabajo. El sueño más ansiado del hombre moderno.

«No veo a ningún otro monologuista», comenta. «Ni en la tele, ni en el ordenador, ni en nada. No quiero influenciarme o robar números inconscientemente. El humor es algo muy complejo que va desde Will Smith a Los Simpson y la originalidad lo es todo».

Su primer monólogo lo dio hace cinco años en el Tronco, el clásico bar de Pontemuíños, entre Marín y Pontevedra. Vivía allí y era un habitual. «Fui siempre un payasete. Mi madre decía que la culpa no era mía, sino de quien me reía las gracias. Tenía razón», bromea. «Un día le dije a Miguel [el dueño del bar] que tenía que hacer un monólogo. Al día siguiente me lo recordó y ya no había vuelta atrás. Fue un texto muy localista, hablando de cotilleos de la zona, de gente de Marín... Fueron 25 minutos y gustó. Me sentí cómodo y cayó otro, otro más y así hasta hoy».

Cuando perdió el trabajo se metió de pleno al asunto. Tenía tiempo y debía aprovecharlo. «En ese momento tenía que haber probado suerte en Madrid, haber grabado para la Paramount quizás, por probar. Nunca es tarde y quizás tampoco aquel fuera mi momento». Reconoce que de todo se aprende y que como cualquier disciplina, uno va mejorando a medida que practica.

Gas es el nombre que utiliza como monologuista y dice haber bastante de Gonzalo en él, y viceversa. «Hay que distinguirlos, pero muchas historias son reales. Algunas son exageraciones, otras son medio verdades, otras les pasaron a conocidos...».

Define su humor como canalla. El sexo, el noctambulismo y la fiesta son su punta de lanza a la hora de hacer reír. «Me gusta la temática de calle. En el humor suele haber tres temas universales: el sexo, la religión y la política. Yo de lo que más tiro es de lo primero. Si en un monólogo no vas bien, tira del sexo. La gente siempre se va a reír porque se siente identificada con esas anécdotas. ¿La política? Siempre está bien hacer algo de crítica. ¿La religión? Ya está muy aburrida».

Vuelve a salir el tema de la originalidad y el trabajo del escritor. «Si tú vas a una villa pequeña como puede ser Bueu, gustas y te llaman para volver al mes siguiente, no puedes regresar con el mismo monólogo, no es lícito ni está bien». Defiende la diferenciación entre otros espectáculos, como la música, donde la gente sí quiere aprenderse las canciones y cantarlas con el grupo, pero el monologuista se ve inmerso en una espiral de innovación, de tratar de contar algo novedoso.

«El humor tiene caducidad. ¿Quién se ríe ahora del rey que mata elefantes o de la duquesa de Alba o Carmen de Mairena?», continúa Gonzalo. Dice escribir por la noche, acostarse con un cuaderno cercano por si acaso se despierta, le viene la musa y lo anota. «No puedes permitirte perder esos momentos de inspiración».

Como Gas, las anécdotas que le han sucedido van desde lo habitual hasta lo incontable. Muchas se centran en la confusión de la gente al interpretar a su personaje como algo real, como si Gonzalo fuera ese canalla que relata en sus historias. «Alargan el personaje hasta tal punto que piensan que todas las historias son reales. Que si cuentas que fuiste a un club de alterne pues que ya pueden invitarte a irte con ellos al que está al lado del bar donde has hecho el monólogo», recuerda riendo el marinense. «En Poio me pasó algo así. Hasta medio se enfadaron cuando rechacé la invitación».

A Gonzalo le gusta hablar de todo. Dice haber perdido cualquier tipo de complejo y que no le importa ser el centro de atención. Ahora bien, dice conocer perfectamente al enemigo número uno de los monologuistas: el borracho. «Los que llevan unas copas de más y tratan de interrumpirte constantemente. Aprendes a lidiar con ellos, no te queda otra, pero... ¡qué pesados!».

«El humor es algo que tiene caducidad. ¿Quién se ríe ahora del rey que mata elefantes, de la duquesa de Alba o de Carmen de Mairena?»

Ha hecho más de 150 monólogos en apenas cinco años. La experiencia es un grado y afirma haber perdido ya cualquier miedo o complejo, no le importa ser el centro de atención cuando le toca.

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