La laguna musical que se resiste a morir

Está en Cuntis y tiene justificada la visita solo por escuchar el atronador coro de ranas que cantan dentro del agua


cuntis / la voz

«Cucú cantaba la rana, cucú debajo del agua» dice la canción de cuna. Quien la compuso, seguramente le cambiaría la letra si se le diese por visitar alguna vez en su vida la laguna de Zoo, en lo alto del monte Mesego, en Cuntis. Porque en ella las ranas hacen muchísimo más que cucú. La melodía que componen es tremebunda. Se oye desde metros de distancia y no cesa de la mañana a la noche. El sonido es lo primero que llama la atención de este lugar. Pero lo cierto es que la laguna de Zoo tiene mucha historia detrás. Incluso hay una leyenda de moros tras ella. Pero no vayamos tan rápido. ¿Cómo llegamos hasta Zoo? Proponemos aquí una ruta a pie desde el centro mismo de Cuntis. O al menos desde el yacimiento de Castrolandín. Así, además de hacer pierna, uno bucea en la cultura castrexa o se asoma a una cascada con poza para bañarse incluida llamada As Campaíñas.

Comenzamos en Cuntis. En pie o en coche, la primera parada es en Castrolandín, un castro coqueto donde se puede ver la diferencia entre las viviendas circulares castrexas y una rectangular de la época romana. Las excavaciones realizadas, aunque cortas en el tiempo, justifican la visita. Y también lo hace las vistas hacia el monte Xesteiras, sobre todo si la jornada está despejada. Allí, lo habitual es toparse con visitantes. Esta semana, en un día laborable, por allí andaba un matrimonio de Salvaterra. Agradecía ella los paneles, e indicaba: «É digno de coñecer o sitio».

Seguimos monte arriba, con destino al Mesego. Hay que serpentear una pista de tierra, saludar a los molinos de viento y, al fin, aparece la otrora gran laguna. Está ahora mismo cubierta de un manto florido blanco y llena de ranas. Es una laguna superviviente. ¿Por qué? Pues porque lleva sorteados un buen número de contratiempos. Una pista la atravesó y la hizo decrecer. Luego llegaron los eólicos, que casi la pisan. Y, en medio, crecieron eucaliptos por todas partes, dispuestos a chupar cuanta agua tuviese la laguna. Aún así, en inviernos como el actual, con lluvias abundantes, está hermosa, mientras que en verano desaparece. La laguna, según cuentan en Cuntis, tenía otras dos hermanas pequeñas. Una desapareció y la otra es actualmente solo un charco un poco grande. Lo mejor del lugar es el sonido de rana y la historia. Dice la leyenda que ahí habitaban los moros, de hecho el sobrenombre del sitio es A Eira dos Moros. Y también se cuenta que, si se llegase a excavar, se comprobaría que se trata de un lugar empedrado.

A la vuelta del Mesego hay otra parada obligada. No está señalizada y todavía podría ponérsele un cartel de espacio virgen. Se llama As Campaíñas, y es una sucesión de pequeñas cascadas acompañadas de pozas en las que en verano no falta quien se dé un chapuzón. Buena cuenta de ello da el trampolín hecho con un tronco que resistió el envite del invierno. En la zona han talado eucaliptos y el bosque autóctono deja ver un poco la cara. Reconforta verlo asomar la cabeza. Al igual que tranquiliza ver el río cristalino y escuchar por todo ruido el rugir del agua.

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