Banderas y vergüenzas

El arriado de la enseña de la Unión Europea en Pontevedra y en otros concellos gallegos por la crisis de los refugiados alimenta una nueva polémica sobre símbolos y gestos


Siento vergüenza de la decisión de la Unión Europea de deportar a los refugiados sirios que lleguen a partir de hoy a suelo continental. Siento rubor de que la pretendida cuna de la cultura occidental pacte con un dictador con máscara de demócrata como Erdogan, para arrinconarlos en Turquía. Asquean los detalles: se engrasa el convenio con 6.000 millones de euros para el gobierno otomano junto con un prometido acceso rápido a la UE. Y para colmo, la Europa de los 28 invoca un supuesto desvelo por esas miles de personas a las que en realidad pretendemos sacudirnos. ¿Dónde queda el derecho de asilo internacional para con quienes huyen en masa de un país en conflicto?

Pensé, quizás como otros ciudadanos españoles, que el presidente de nuestro país llevaba a Bruselas una posición de Estado, sólida y previamente consensuada con las fuerzas parlamentarias; una posición que teóricamente rechazaba esa expulsión camuflada que los países más civilizados del mundo pretendían imponer en aras a no se qué criterios económicos y políticos. Pero hete aquí que no. Rajoy asegura que ha cumplido con el mandato parlamentario, pero vemos que finalmente también España se avino a esta vergüenza colectiva.

Viene esta reflexión previa a cuento de la decisión del Concello de arriar la bandera azul y estrellada de la Unión Europea en el balcón consistorial de Pontevedra, lo que fue materializado antes del acuerdo de Bruselas, como pasó en otros municipios gallegos.

La iniciativa fue del BNG y contó con el apoyo de Marea. La decisión no pasó por pleno municipal y fue de la única incumbencia del alcalde y su gabinete que desoyeron voces críticas. Como la del PSOE. Por cierto, la discrepancia socialista en Pontevedra contrastó con la anuencia que cargos públicos del PSOE demostraron al arriar la enseña comunitaria en Lugo, donde gobiernan, o en Ferrol, donde co-participan.

No obstante, me pareció bastante sensata la argumentación del portavoz socialista, quien rebatió la decisión del gabinete nacionalista recordándoles que entonces deberían arriar la bandera gallega cada vez que la Xunta que preside Núñez Feijoo tome una medida que pueda pensarse que perjudica a Pontevedra. Del mismo modo deberían haber arriado la bandera española porque fue el Gobierno de la Nación quien prorrogó a Ence en Lourizán.

Puedo entender que se censure a un cargo público -que no a la persona- como se hizo en esta ciudad al declarar al actual presidente en funciones como persona non grata en un gesto que, como ya escribí, resultaba un simbolismo sin mayores efectos prácticos, como ya se comprobó, por cierto, el pasado fin de semana cuando vino a presidir el congreso provincial del PP.

Pero no comparto que se confunda y se utilice la crítica a las decisiones de los gobernantes de la Unión Europea sobre los refugiados, de las que reitero mi discrepancia, con lo que simboliza la bandera azul con estrellas amarillas. Y aún menos para alimentar posiciones antieuropeístas que deberían estar superadas a estas alturas. Tengo claro que por mucha indignación que causen no hay motivo para hacer apostasía de la condición de europeo, indisoluble de las de español y gallego.

Lecciones de solidaridad

En esta cuestión de los refugiados, la ciudadanía está yendo muy por delante de sus gobiernos. En Galicia lo seguimos comprobando semana a semana conociendo muestras de solidaridad y de ayuda para con esos miles de seres humanos que tanto están sufriendo. Aguardábamos desde hace meses la arribada de cerca de 1.200 refugiados sirios que iban a ser repartidos en diversas ciudades y municipios, pero las instituciones siguen atascando ese acogimiento. Pontevedra, O Grove, Cuntis? son solo algunos de los concellos que manifestaron su voluntad de participar en tal tarea.

Pero la inacción no se ha contagiado a la sociedad civil. Afortunadamente.

En los últimos días conocí la iniciativa de la viguesa Ángeles de Andrés, denominada Refuxiados en rede que ha construido con una tablet y un teléfono móvil que, a través de grupos de WhatsApp, presta información y auxilio a diario a decenas de refugiados cuando cruzan el Mar Egeo. Hoy mismo publicamos en estas páginas el caso de esas mujeres pontevedresas que tejen ropa de abrigo y mantas para combatir el frío en los campamentos a los que lleguen los envíos que realizan. Y a uno de esos campamentos en territorio jordano, en Azraq, uno de los más abigarrados con 75.000 sirios que han huido de la guerra en su país, acaban de llegar el jueves tres pontevedreses que llevan el ajedrez como estandarte de paz.

Son Daniel Rivera, Pablo García y Alba Piay, integrantes de la Escola de Xadrez quienes durante once días enseñan a cuantos refugiados lo deseen «el noble arte del ajedrez, más que un deporte», como lo define Álvaro Van der Brule, presidente de la oenegé Ajedrez sin Fronteras, que ampara la iniciativa de los pontevedreses a los que ha acompañado hasta tierras jordanas.

En medio del dolor, la miseria, el barro y las penalidades, estos pontevedreses llevan un mensaje de paz y concordia en forma de tableros, piezas y demás material necesario para jugar ajedrez, con la esperanza de que prenda, en cuantos más mejor, el amor por un deporte que también es arte, ciencia y pasatiempo.

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