La bisabuela pastora: «O día que non poida ir coas vacas, que Deus me leve»

María Hermida
maría hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

CERDEDO-COTOBADE

Para Elena, de 83 años, el día empieza a las siete, cuando sube al monte con un nieto a cuidar el ganado. No se permite ni tan siquiera una siesta

06 mar 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Nació cuando se acabó la Guerra Civil. Y ella lleva 83 años (a punto de 84) batallando. Porque Elena Lorenzo Bugallo, que merecidamente tiene nombre de diosa, es mucha Elena. Memoria asombrosa, agilidad de veinteañera y lengua brava, recibe a pie del establo de sus vacas con su chándal, su jersey polar, su guardapolvos azul, las botas de goma y la vara en la mano. «Se che pagan por falar cunha vella, por min como se estás aquí todo o día. Aínda que eu vou seguir traballando co gando», advierte. Con su frase queda claro que en la entrevista, como en casi todo, manda Elena, apodada Elena do Agro, por ser el lugar en el que vive en la parroquia de Viascón (en Cerdedo-Cotobade). Y manda bien, aunque ella insista en que su jefe es Roberto, nieto y ojito derecho, que lleva las riendas de una explotación familiar en la que hay vacas, cabras, ovejas y caballos de distintas razas autóctonas de Galicia.

Elena, bisabuela de nueve bisnietas, abuela de cinco nietos y madre de cuatro hijos, peina, efectivamente, los 83 años. Pero se ríe a galope al preguntarle si lleva vida de jubilada: «¿Eu? Deus me librara. Se teño que ir a unha viaxe desas por aí penso que xa morro. Ademais, que nesta casa non poden estar sen min... cando lles falte dígoche eu que se han acordar ben da abuela», indica.

Se levanta a las siete de la mañana de lunes a lunes. Su nieto Roberto, que vive cerca y pasa a recogerla para ir en coche al monte, le insiste en que al menos el domingo le dé media hora de respiro y que suban algo más tarde a atender al ganado que tienen fuera. Pero ella es implacable: «Os animais non entenden de domingos», razona.

«¿E que che parece que farei?»

Elena vuelve a romper a reír cuando se le pregunta qué es lo que hace, desde las siete de la mañana, en el monte

: «¿E que che parece que farei? Traballar, non vou estar quieta. Hai que darlle o biberón aos cabritos, herba seca ás vacas... o que quere sempre ten que facer»

. Un par o tres horas más tarde, nieto y abuela vuelven a la aldea y atienden a las trece vacas del establo.

No se separan hasta media mañana, cuando Roberto sigue con las labores agrícolas y a Elena le espera lo bueno: «O meu é irme coas vacas para o prado. Alí eu son feliz, estou ao meu aire. Ás veces séntome, pero séntome pouco, e ás veces aproveito para cortar as silvas que hai nos arredores do prado. O día que non poida ir coas vacas, que Deus me leve», dice con rotundidad. Hace de pastora a diario llueva o no.

Tras un bocadillo a media mañana en el prado, Elena vuelve a casa sobre las dos y media. Ni un minuto antes, dice, porque no quiere saber nada de labores domésticas más allá de hacer su cama: «Non se pode andar polo medio, que se cadra dinche que o fas mal. Somos unha casa de moita xente». No echa la siesta ni en los días de calor porque le parece perder el tiempo. Así como tampoco va a misa porque «a igrexa é para os que non teñen que facer». Y por las tardes, vuelta al chollo: «Sobra que facer. Temos galiñas, becerros, porcos... o normal», dice con júbilo. Le da también a la huerta y a veces se empeña en hacer demostraciones de fuerza con la sacha. A las ocho de la tarde, por fin, pide papas. Cena y seguidamente va a la cama aunque sea de día.

No cree que haga nada excepcional. Dice que nació trabajando y quiere morir igual. Vino al mundo en la misma aldea en la que vive. No pasó hambre, pero tuvo que dar el callo desde que medía dos palmos; ora en la tierra ora cargando los bueyes de un padre carretero. Se casó con Amancio, «que era moi bo», y enviudó pronto. Nunca dejó de ser ganadera y agricultora. Y, cuando su hija, con la que vive, le dijo que igual se deshacían de las vacas, se lo prohibió totalmente. Dice que el día que ella se muera pueden hacer lo que quieran, pero antes no. Y advierte: «E non teño pensado morrer aínda».

Su nieto: «A abuela ata se pica se un veciño bota antes as patacas»

Roberto, nieto de Elena, es como su sombra. Aunque en su casa siempre hubo ganadería, él se especializó en razas autóctonas. Y su abuela con él. Dice que la mujer es un torbellino y que andar entre los animales le da vida, aunque él cree que debería bajar el ritmo: «Busca moitos traballos para o lombo. A abuela ata se pica se un veciño bota antes as patacas ca nós. Se ve que un planta unha pataca, ela pon dúas».

Roberto y su madre observan desde el camino cómo Elena se va yendo hacia el prado con las vacas. Le ayudan a manejar el ganado por la carretera y, una vez en el pasto, ella se queda sola. A su hija la llevan los diablos cuando llueve y la madre se mete bajo el paraguas con los perros: «Ás vacas sóbralles que comer na casa, pero ela quere vir si ou si».