Esta aldea es un tesoro... y confinados más

Manfred cuenta casi un pueblo entero para estar aislado en Trebello e Iria y Xesús tuvieron la gran suerte en Perdecanai


pontevedra / la voz

Todo se paró con el estado de alarma. Seguramente, pasarán los años y el común de los ciudadanos se seguirá acordando de lo que estaba haciendo cuando Pedro Sánchez dijo que quedaban restringidos los movimientos y que, por tanto, comenzaba el confinamiento. A algunos les pilló la noticia en su sexto piso de noventa metros cuadrados sin balcón ni ventanas exteriores. A otros en su chalé con jardín, porche y barbacoa. Y a otros más en la aldea en la que viven o en la que visitan de cuando en vez a la familia. Estos últimos, sin duda alguna, están redescubriendo el valor de vivir en la Galicia más rural; en esa que se queda vacía de niños pero que conserva intacta su esencia de verde, tranquilidad y cantos de pájaro. Hablamos con quienes pasan el confinamiento en la aldea y no se callan lo contentos que están.

Viajamos hasta Trebello, una aldea de Cotobade apenas habitada. La aldea recibe con sus casas de piedra abandonadas. Hay trece viviendas y solo en dos o tres se ven síntomas de vida. En esta aldea se hizo conocida hace años por ser una pequeña Alemania gallega, ya que solo vivían ahí dos vecinos y ambos eran germanos, ahora residen tres personas. En una casa están Luis y Carmen, que llegaron hace poco más de un año a Trebello y en otra Manfred Oehri, un alemán con larga experiencia ya en la aldea.

Manfred se ríe al preguntarle por el confinamiento: «En realidad aquí estamos aislados todo el año. Vivimos los tres solos en toda la aldea y es raro que venga más gente. Tenemos el 50 % de la aldea para cada familia», indica. Luego, cuenta que en lo único que ha cambiado en su día a día es que ahora ya no puede ir a ver los partidos de fútbol a los bares de A Lama o que ha espaciado las visitas al supermercado. Por lo demás, la vida sigue igual en la aldea de Trebello.

También tienen confinamiento de aldea Iria y Xesús. Pero sin los aires de libertad de Trebello. Eso sí, es suyo es confinamiento rural con golpe de suerte incluido. Porque ellos, en realidad, viven en Lugo capital. Y el viernes pasado, justo cuando se anunció el confinamiento, estaban de visita en casa de los padres de Iria, en Perdecanai (Barro). Conforme se supo que quedaban limitados los movimientos, lo tuvieron claro: querían quedarse en la aldea. Llamaron a sus empresas, ya que ella da clases en una asociación de inmersión lingüística en gallego y él es administrativo en una empresa de transporte, y resolvieron para teletrabajar. Así que empezaron a preparar su desembarco en Perdecanai. «Unha tía miña ten aquí unha casa, ao lado da de meus pais, e agora tíñaa pechada. Pedinlle permiso para vivir nela, deumo... e estamos na gloria. A verdade é que somos afortunados», cuenta Iria.

Iria y Xesús teletrabajan desde el primer día. A veces la conexión se ralentiza un poco, pero lo compensa el hecho de poder trabajar y luego salir un rato al jardín de la casa. «A verdade é que esta é unha boa ocasión para redescubrir o que é vivir no rural e decatarse de que aquí se está moi ben», defiende Iria.

Y esa misma sensación la deben estar sintiendo bastantes más personas en la comarca de Pontevedra. No en vano, los concellos más pequeños y rurales notan que vecinos que habitualmente solo pasan el fin de semana en la aldea y durante los días lectivos viven en Pontevedra o Vigo no se han marchado y están pasando el confinamiento en la zona rural. «Prefiren estar aquí e poder dar unha volta pola finca que teñen pegada a casa que marchar á cidade, por moito Netflix que teñan alí», señalaba ayer un panadero de Campo Lameiro, que nota estos días una mayor demanda de género.

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