El cantero que puso orden tras la II Guerra Mundial

En su paso por la emigración, trabajó recuperando el patrimonio destruido en la contienda en Luxemburgo

El cantero que puso orden tras la Segunda Guerra Mundial Belarmino Villanueva mantiene el latín que hablaban hace décadas

pontevedra / la voz

A Belarmino Villanueva podrían hacérsele varias entrevistas. El hombre es una especie de caleidoscopio; dependiendo de lo que uno le vaya preguntando cuenta cosas dispares de su historia, ora narra las anécdotas de su vida como cantero ora como coleccionista de herramientas antiguas ora sobre su última afición, la música. Empezamos por el final, por la música. Porque a su lado, en su casa del lugar de Ceraxe, en Cotobade, está su nieto, que quiere contar sí o sí que su abuelo toca el bombo, él el tambor y su hermana de cinco años la pandereta. Belarmino lo mira, sonríe y señala: «Iso é certo, hai catro anos que me metín no mundo da música, tocando a percusión e fíxeno coa idea de meter aos netos neste mundo. E agora, mira ti por onde, estou en dous grupos distintos, nos Afoutes e no Catro Ventos». Belarmino peina los 71 años. Y el afán por la música, más allá de algún intento con la harmónica de pequeño y de su paso por la banda militar en Figueirido, le llegó tras la jubilación. Antes tuvo una vida de piedra. Tal cual. Fue y es cantero, aunque ahora ya solo esculpa piezas por afición. Repasa las vueltas que fue dando su existencia al lado de su nieto, mientras enseña su viejo taller en una casa donde la piedra del país manda, desde los hórreos hasta el fregadero.

Belarmino, en realidad, no es de Cotobade. Nació en Meis, en Armenteira. Y fue ahí donde aprendió el oficio de cantero. Se lo enseñó su padre. Ya con algunas tablas, se casó y se fue a vivir a Cotobade. Pero pronto se marchó. «No ano 1972 marchei para Francia, para París, e ía cun contrato de albanel e encofrador, pero pronto viron que o meu era a canteiría». A la empresa le gustó su trabajo, e incluso le pagaron clases de francés. Pero Belarmino acabó marchándose. El siguiente destino fue Luxemburgo. Allí, hizo un trabajo singular. No en vano, ayudó a curar las heridas que había dejado la II Guerra Mundial en la capital del país: «Na guerra quedara moito patrimonio danado, muros de igrexas, pontes... moitas cousas. E eu traballei reconstruíndo todo iso», indica Belarmino.

Reconoce que ahí se ganaba bien el jornal. Pero la morriña le mataba. «Tiña 26 anos e estaba separado da miña muller e do meu fillo, que quedaran en Cotobade... non quería seguir así», recuerda mirando de reojo a su nieto, que aprovechando que el abuelo está entretenido ha agarrado una cabra con una correa y la pasea por el jardín de la casa de Belarmino. Cuenta este cantero que cuando volvió a Galicia decidió que tenía que autoemplearse. Montó su propia empresa de cantería y tiró hacia adelante. Levantó casas con sus manos, hizo nacer edificios como el que alberga el Banco Pastor de Ponte Caldelas, se bregó esculpiendo imágenes de santos -recuerda que de su taller salieron trece imágenes de la Virgen del Carmen- o restauró el altar mayor del monasterio de Armenteira.

Reconoce que lleva el oficio en las venas. Pero señala que la formación es importante. Por eso no dudó en acudir a la escuela de canteros de la Diputación, donde aprendió sobre todo a esculpir. También se buscó la vida para formarse en planimetría y delineación. El caso es que entre las clases y su larguísima experiencia al final le acabaron llamando para que ejerciese de profesor. Estuvo en distintas escuelas taller, en Marín o en Carballedo, enseñando todo lo que sabe sobre el trabajo en la piedra.

El verbo de los canteros

Al fin, un día, le llegó la hora de jubilarse. Y lo hizo. Pero teniendo claro desde el primer momento que no iba a estar quieto. «S

e teño que parar prefiro entregarme xa e morrer»

, dice con retranca. Así que empezó a coleccionar aficiones. Es su nieto el que descubre la primera de ellas: «¿No sabéis que mi abuelo hizo un museo?», pregunta el chaval. Y el abuelo responde:

«Non é un museo, non chega a tanto, simplemente fun coleccionando ferramentas antigas, é algo que me gusta moito. Teño útiles de ferreiro e de canteiro que posiblemente teñan máis de 400 anos»,

cuenta mientras enseña lo que guarda en una vieja cuadra reconvertida en sala de museo. Luego habla de su vida de músico. El nieto se emociona con él. Y es en ese momento cuando Belarmino cuenta su secreto. Resulta que domina bien el latín o verbo de los canteros. Así que su despedida es cantando:

«Esta lúa no escanio, vai haber o verbo xido»,

se oye. ¿Qué significa? No lo dice. Secreto de cantero.

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