Tecnefón, la máquina parlante

Hace un siglo y medio, el inventor gallego Severino Pérez sorprendía con un aparato pionero de la síntesis de voz


Vigo

La voz artificial es hoy tan común que incluso resulta molesta. Abusan de ella por teléfono los servicios de atención al cliente. Nos acompaña de viaje cuando activamos el GPS. Y hasta es la forma de comunicarse que tiene el científico Stephen Hawking. Pero, hace un siglo y medio, un sintetizador de voz era un sueño inalcanzable. Sin embargo, consiguió crearlo un gallego de Cotobade, Severino Pérez Vázquez, que patentó el Tecnefón, una especie de piano de pared que, por un sistema de teclas y fuelles, hablaba. No hilaba grandes frases, pero funcionaba. Presentado entre aplausos en Madrid, solo la burocracia impidió el triunfo de tan original invento.

Severino Pérez nació en Cotobade en 1840 y a lo largo de su vida fue músico, ingeniero acústico, inventor, profesor, periodista y político. Licenciado en Letras por la Universidad de Santiago, ya asombró en 1858, con sólo 18 años, al presentar su primera creación en la Exposición Agrícola, Industrial y Artística de Galicia. Se trataba del malvis, un piano harmónico.

Pronto decide desplazarse a Madrid, donde se emplea como colaborador de La Gaceta y profesor en el colegio de Carabanchel Alto. Y es en la capital donde presenta su gran invento: el Tecnefón. Severino Pérez nos describe su creación en una memoria escrita en 1865 y presentada ante el Ministerio de Fomento, con objeto de pedir una subvención para sus investigaciones. La máquina era una caja de madera con forma de piano de pared. Un teclado permitía transmitir al Tecnefón el texto a pronunciar. En el interior de la caja, se situaba el llamado nexo oral, un sistema de fuelles y tubos con membranas que reproducían los fonemas, junto con un aparato llamado modulador, que facilitaba la entonación, con tres variantes: enunciativa, exclamativa e interrogativa.

La investigadora Elena Battaner, de la Universidad Rey Juan Carlos, publicó una extensa monografía sobre el Tecnefón, en la que concluye que la máquina fue «la primera incursión española en la síntesis de voz, aunque pueda parecer temprana tal denominación». Con su propio ingenio, Severino Pérez buscó la fórmula para que el aparato pronunciase palabras, siguiendo así la línea que en Europa se inició en el siglo XVIII con la laringe artificial de Wolfgang von Kempelen (1734-1804). La originalidad del creador gallego es que no intenta reproducir los órganos humanos para el habla, sino que imita la voz a través de membranas y fuelles.

Sin embargo, el Tecnefón nunca pasó de la fase de desarrollo. Cuando Pérez hizo sus primeras demostraciones, conseguía reproducir tres vocales y un puñado de consonantes. En su estreno en el Ateneo y en la Sociedad Económica Matritense, el aparato pronunció frases como «Safo amaba», «amasaba pan» y «amaba su fama». Como vemos, le faltaba variedad. Aunque ya podía generar entonaciones, lo que demostró con la frase «¿Safo usaba sofá?».

Habituados hoy a las voces sintéticas, el repertorio no es para entusiasmarse. Pero sí logró convencer a los ciudadanos de su época, apareciendo reportajes en los principales periódicos y revistas, mientras el Colegio de Sordomudos de Madrid publicaba textos laudatorios, viendo en el Tecnefón una oportunidad para comunicarse.

«El tecnefón pronuncia con muchísima claridad gran número de palabras y habla en sentido interrogativo, afirmativo y admirativo, lo que constituye el mayor elogio que pudiéramos hacer del Señor Pérez», escribe esta asociación.

Pero Severino Pérez no tendrá el mismo éxito con la administración y la comunidad científica. El Ministerio de Fomento prestó escasa atención al Tecnefón, aunque se le concedió una subvención para desarrollarlo. Sin embargo, el verdadero obstáculo llegó con la Real Academia de Ciencias, que hizo un informe demoledor sobre el aparato, no juzgando su funcionamiento, sino criticando a Pérez por no tener estudios de anatomía y de fisiología comparadas, lo que en la opinión de los académicos es imprescindible para crear una máquina que reproduzca la voz humana. La investigadora Elena Battaner censura este dictamen, que considera «corporativista». Parecía que los académicos despreciaban un invento no por su propia bondad intrínseca sino porque el inventor no venía del mundo científico convencional.

Perdonándole la vida a Severino Pérez, el informe académico concluye con estas despectivas frases: «Creen algunos que en las ciencias físicas se han podido hacer descubrimientos importantes debidos a la casualidad y al empirismo, y que tal vez el tecnofón de Severino Pérez sea un ejemplo patente de tal aserto. Pero si algunas veces la Sabiduría Suprema concede al hombre cierto tino con que llega a vis-lumbrar los efectos de causas que no conoce, y a ejecutar ciertas operaciones para realizar el fin que se ha propuesto, también es indudable que el hombre empírico sin las luces y auxilios de la ciencia no puede traspasar estrechos límites».

Es interesante comprobar que la Real Academia no se molesta ni en llamar por su nombre al invento. Y el propio Pérez les recuerda en un carta posterior que lo ha bautizado Tecnefón y no Tecnofón.

Decepcionado por el escaso apoyo, el inventor gallego llegará a escribir: «Si con todos estos datos hay alguien que quiera construir el Tecnefón, le cedo gustosísimo mi puesto, y aun el banco de la paciencia en la que verifico mis proyectos». Como afirma Elena Battaner, esta «posee todas las características de lo que significa la investigación en España: burocracia, incomprensión académica y falta de presupuesto. Por supuesto, estas fueron las circunstancias que marcaron el devenir de esta máquina parlante y de su entusiasta inventor».

Severino Pérez regresaría a Galicia para afincarse en la ciudad de Pontevedra, donde falleció en el año 1915. Aun tendría tiempo de presentar otro invento, la «vocalina», un instrumento musical mixto entre flauta y ocarina y accionado por un fuelle. En el Museo de Pontevedra se conserva un ejemplar de esta postrera creación del pionero gallego de la voz sintética.

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