Más de media vida con la pancarta a cuestas

Se hizo sindicalista nada más terminar la dictadura y, ya jubilado, continúa envuelto en batallas obreras


pontevedra / la voz

A José Manuel Moreira Hermida le suena el teléfono nada más empezar la conversación. Y la melodía que se oye es una marcha militar. Uno piensa entonces que se confundió de entrevistado, que José Manuel no es el sindicalista histórico prometido. Pero el hombre esboza una media sonrisa y aclara: «Gustoume a marcha esta porque se escoita moi ben cando te chaman, e por iso lle dixen á filla que ma puxera no teléfono... ademais eu no meu sempre fun moi dereito, moi disciplinado coma os militares». José Manuel, al que durante muchos años le llamaron Moreira y otros muchos le llamaron Hermida, lleva más de media vida pancarta en mano. Hoy es un día importante para él, aunque no sabe si podrá manifestarse por un problema de salud de su mujer. Si puede, lo hará. ¿Por qué? «Porque hai que reclamar os dereitos dos traballadores», dice.

José Manuel, dice él, peina ahora el número erótico. Ha cumplido los 69 y ya lleva nueve sin trabajar, primero como prejubilado y después ya como pensionista. Pero sigue envuelto en las luchas obreras; en esas mismas que comenzó nada más terminada la dictadura. Nació él en Campañó, aunque el amor hizo que se acabase asentando en Campo Lameiro, en Fragas. De chaval hizo un ciclo de Formación Profesional de tornero y no le faltó empleo. Salvo algún paréntesis, prácticamente se pasó toda la vida en la misma empresa, como obrero del sector del metal. Reconoce él que durante la dictadura ni se le pasó por la cabeza meterse en revueltas obreras: «Sei que na clandestinidade se facían cousas pero eu non andaba no medio». Pero en 1976, en plena transición, entendió que era hora de acercarse a un sindicato. Eligió UGT y cree él que eligió bien. A partir de ahí, no dejó de luchar. Lo hizo en huelgas generales, en las movilizaciones tremebundas del metal durante la reconversión naval de los ochenta, en asambleas... «Perdín a conta das manifestacións ás que iría, foron moitas, moitas... En Vigo, en Madrid, en Pontevedra...». Se le pregunta por alguna especial. E insiste en una cuestión: «Eu, se vexo que hai xente xa me parece unha mobilización especial». La mejor prueba de que lleva media vida pancarta en mano es que incluso ha ideado un sistema para no tener que portarla: «Tiven que facer aí un estribillo, que ato ao cinto, e que me permite non ter que andar con ela na man, así levo a pancarta igual pero non a cargo», dice con sonrisa.

Ni llevó palos ni fue detenido, pero indica: «En Vigo vin queimar rodas, vin moitas cousas... as mobilizacións do metal foron duras. Tiñan que selo, eran cousas moi complicadas, foron moitos días de folga seguidos en moitas ocasións». Se le pregunta cómo llevaba eso de estar dos meses o más sin salario, él que tiene una familia de cuatro hijos, e indica: «A sorte é que vivimos no rural e que de comer nunca falta, pero pasar pasábase duro», indica. Lo que más le enorgullece es haber conseguido mejoras salariales y que los empresarios aceptasen «que os obreiros tiñamos que defender os dereitos».

Participó en muchos piquetes y es experto en pegada de carteles. Se acuerda de una huelga general en tiempos de Felipe González y dice: «Era difícil sacar á xente das empresas. Tivemos unha anécdota curiosa. Fomos de noite pedirlle aos do bingo que cerrasen e uns clientes faláronnos algo mal. E cando xa estaban na rúa dixémoslle: ‘moitos cartiños ides aforrar grazas a nós, que se seguides dentro igual perdedes máis da conta’». Reconoce que siempre fue de los que rehuyó de los grandes enfrentamientos verbales, que lo suyo era hablar bajo pero de forma contundente.

Y sonríe cuando piensa que su prejubilación sirvió para que un chaval entrase en la plantilla. Dice que ve a la juventud desanimada con la lucha obrera y su cara se entristece. Uno le pregunta si tienen la culpa los jóvenes o los sindicatos. Y dice: «Os mozos non deben atopar traballo e están desanimados... e os sindicatos, os seus fallos tamén tiveron».

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