2006: Brenntag tiñe el Umia de color azul turquesa

El espectacular incendio originado por un accidente durante la descarga de un camión en el recinto de la multinacional alemana en Caldas provocó una tragedia ambiental que contaminó siete kilómetros del río


Caldas / La Voz

Viernes, 1 de septiembre del 2006, poco antes de las dos de la tarde. Una tremenda explosión hace temblar las casas y naves empresariales del lugar de Veigas de Almorzar, en Caldas de Reis. Las personas que salen de sus casas y miran al horizonte en seguida se dan cuenta de que no era un terremoto. Una espesa columna de humo negro se eleva sobre un cielo azul sin nubes —llegó a alcanzar los treinta metros de altura—. Son los primeros momentos de una catástrofe ambiental, el incendio de Brenntag, que puso patas arriba el día a día de los vecinos de Caldas y de todos los municipios de O Salnés hasta la desembocadura del Umia en la ría de Arousa. Un accidente del que exactamente hoy se cumplen catorce años y en el que afortunadamente no se produjeron heridos ni fallecidos, aunque sus repercusiones ambientales iban a tener en vilo a la comarca durante meses.

Al principio no se sabía muy bien qué estaba ocurriendo aquel fatídico día. Más adelante se supo que el fuego lo provocó un accidente durante la descarga de un camión cisterna de tolueno. Vecinos y trabajadores de las naves próximas quedaron desconcertados ante la rápida sucesión de acontecimientos. La Guardia Civil cortó la carretera N-640 y desalojó las viviendas próximas. Los servicios contra incendios combatieron el fuego con todo lo que tenían a mano. La nube, espesísima hasta cubrir el cielo, asustaba por sí sola, mientras los caldenses cerraban las ventanas de sus casas por precaución. Al final, no llegó a haber nube tóxica sobre Caldas, pero la tragedia ambiental no se pudo evitar.

El fuego se apagó. El humo se dispersó. En unas horas el riesgo provocado por las llamas estaba bajo control, aunque la retirada de los productos del recinto todavía ocupó un tiempo. Si esa fue la prioridad número uno, pronto otra faceta del accidente adquirió una importancia ineludible. No hubo tregua.

Gabinete de crisis

Los bomberos se vieron forzados a utilizar una enorme cantidad de agua para controlar las llamas. Ese agua acabó en el Umia, próximo al recinto del siniestro. El río, una vez más, volvió a ser protagonista sin quererlo. Los productos químicos que se almacenaban en la propia fábrica, a los que había que sumar todo lo que se empleó en la extinción de las llamas, tiñeron el Umia de un extraño color azul turquesa. Era raro mirarlo. El río parecía mármol, espeso, como algo sólido. Sus aguas se volvieron mortíferas. No quedó nada vivo al paso del vertido químico.

Urgían medidas extremas. Sobre el terreno, se formó un gabinete de crisis. A Caldas se desplazó el conselleiro de Medio Ambiente, Manuel Vázquez; el alcalde, José María Tobío; técnicos de la Xunta, de la empresa y de la Universidad. Durante semanas hubo un estrecho contacto con los gobiernos locales aguas abajo del vertido. Esta colaboración entre instituciones fue vital.

El delegado provincial de Medio Ambiente, Juan Francisco Froján, recordó años después que frenar el vertido en el río, cuanto más arriba de su curso mejor, se volvió una prioridad urgentísima. El Umia abastece de agua a cien mil personas de la comarca de O Salnés. Ya solo eso daba razones para estresar a cualquiera que tuviese que tomar una decisión; pero aún había más «Cuando tuvimos una relación de los productos, la preocupación fue también hacia el estado del banco marisquero, porque el río termina en el mar, y en un espacio protegido, zona Zepa, Red Natura, el complejo Umia-O Grove. Había que ver la forma de protegerlo», rememoró Froján en La Voz de Galicia hace siete años.

Barreras de carbono activo

En el Umia se hicieron trabajos para encauzarlo desde aguas arriba de Brenntag, con una canalización de 17 kilómetros desde Caldas a Ponte Baión. Se instaló un sistema de contención del vertido y depuración con barreras de carbono activo, que permitió el milagro. El vertido contaminó siete kilómetros del Umia, pero no llegó al mar. La ría se salvó y con ella miles de puestos de trabajo de los mariscadores y bateeiros arousanos. No fue así para los trabajadores del recinto siniestrado a los que se les aplicó un ERE.

En marzo se celebró el juicio por el incendio. Se sentaron en el banquillo tres empleados en calidad de acusados, por una presunta falta de diligencia durante la fatídica descarga de tolueno. Los tres fueron absueltos.

Por su parte, la aseguradora de la multinacional alemana y la Xunta llegaron a un acuerdo extrajudicial, que permitió una indemnización a la Administración autonómica de cinco millones y medio de euros de los 9,6 millones que Santiago reclamó inicialmente. Hoy, catorce años después, un solar vacío es todo lo que queda del día en que el Umia cambió el azul cielo por el turquesa.

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