Las vistas de Chateaubriand


En el norte de Bretaña hace fresco aunque sea julio y el verano se dibuje en la hierba y en la copa de los árboles, los veraneantes llevan chubasqueros amarillos como si fueran marineros en busca de bacalao en el Atlántico norte, las playas son oscuras y las cervezas muy caras. Si el mundo es un lugar de borrachos, uno no se extraña de que España sea el destino favorito. También sería el mío aunque solo fuera por aquello de beber barato sin perder la compostura. El vino en tetrabrik en un parque público no es una opción. Todavía.

Los franceses no llevan mascarilla y no creen en la distancia social. Me pregunto si creen tanto en La France que todo lo anterior se hace innecesario. En ciertos sitios las aglomeraciones son importantes y el aparcamiento te cuesta lo mismo que comer raya en Bueu.

Quiso la casualidad que el hotel donde nos alojamos fue en otra vida una casa hermosa y rica y que en ella nació Chateaubriand. El vizconde se marchó de allí y anduvo por el mundo haciendo política, amando mujeres, escribiendo memorias y alojándose en castillos de amigos mientras sobrevenía la ruina, que es algo que pasa en las mejores familias. No fue tanta como para no poder elegir el lugar de su tumba. Sobre un saliente rocoso en la isla de Bé tiene la eternidad y las mejores vistas de Saint Maló. Me senté frente a la ventana al atardecer y vi cómo la luz se retiraba sobre el islote al mismo tiempo que la marea subía, de esa manera inflexible y súbita en la que se acaban los instantes perfectos.

Cuando te das cuenta ya no queda playa.

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